ADOLPHE JULIEN FOUÉRÉ. (1842-1910) EL ERMITAÑO QUE ESCULPÍA ACANTALIDOS.



Adolphe-Julien Fouéré nació en Saint Thal (Francia) en el año 1839. De su juventud no hay nada que sea de destacar. En 1863, con veinticuatro años, fue ordenado sacerdote y asignado a Rothéneuf, situado entre Mont-Saint-Michel y el estuario de Rance, en la Bretaña francesa.
En 1870 sufrió un accidente cerebral que le dejó sordo y mudo, y por tanto incapaz de seguir ejerciendo su ministerio sacerdotal. Aceptando lo que consideró un designio divino se retiró como ermitaño a la Costa Esmeralda, a unos cinco kilómetros de la localidad de Saint-Malo.
Gran aficionado a la historia, se empapó durante años de la historia local, en la que abundaban los mitos relacionados con piratas, contrabandistas y nobles sanguinarios, muchos de ellos relacionados directamente con la familia Rothéneuf, conocida en toda la región desde final del siglo XVI y que incluso le ha dado nombre a la zona. El clan Rothéneuf fue conocido mucho más allá de la Bretaña por sus hazañas y fechorías. Contrabandistas, ladrones y traficantes sin escrúpulos que durante muchísimas décadas fueron dueños y señores de toda la cosa entre Mont-Saint-Michel y Saint-Malo, hasta que fueron exterminados por las tropas revolucionarias. Incluso existe una leyenda que cuenta que el jefe del clan murió luchando contra un monstruo surgido de las olas.

Así, enamorado de la historia del lugar y tras casi veinte años viviendo como ermitaño, Adolphe-Julien Fouéré decidió un día, cincel y maza en mano, esculpir las rocas que le rodeaban y plasmar en ellas a todos los personajes y seres que había conocido sobre la historia de Rothéneuf.
El Ex rector dedicó los últimos veinte años de su vida, hasta su muerte en 1910, a culminar su monumental obra, que lo llevó a esculpir sobre las rocas y los acantilados más de trescientas figuras, entre personajes de aspecto grotesco y criaturas fantásticas.
Además de las figuras esculpidas en bajorrelieve en la roca, originalmente pintadas de vivos colores, Fouéré también talló una serie de esculturas de madera, entre ellas un dragón, varios tótems, figuras de santos y mascarones de proa; no obstante, las figuras de madera desaparecieron misteriosamente en 1940.

El “jardín de piedra” del Ermitaño se extiende a lo largo de más de medio kilómetro sobre los acantilados de la costa, e incluye desde figuras monumentales a conjuntos escultóricos de pequeño tamaño. Casi todas las figuras están realizadas sobre la base de los contornos naturales de la propia piedra, cuyas formas, relieves y recovecos aprovechó para tallar los relieves, en algunas ocasiones trasladó hasta su ubicación actual aquellas piedras que por su forma convenían a sus propósitos.
Aunque el lugar estuvo abandonado durante unos años, ahora está rehabilitado y acondicionado para las visitas. Para llegar hay que recorrer unos cinco kilómetros por carretera desde Rothéneuf y allí buscar las indicaciones hacia la playa.

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