EL UNIVERSO DE EINSTEIN, PARTE 2. MICHELSON, DE VAGABUNDO A PREMIO NOBEL.


Antes de seguir con el desdichado Planck, nos desviamos un momento en dirección a Cleveland, Ohio, USA. Allí un físico madurito, llamado ALBERT MICHELSON, junto a su amigo químico EDWARD MORLEY, obtuvieron unos resultados perturbadores en unos experimentos que estaban realizando: socavaron una vieja creencia en algo llamado “Éter lumifero”, un medio estable, invisible, ingrávido, sin fricción y por desgracia, totalmente imaginario, que se creía impregnaba el universo entero.

Concebido por Descartes, aceptado por Newton y venerado por casi todos los demás, ocupo una posición de importancia para explicar cómo viajaba la luz a través del vacío, ya que consideraban que la luz y el electromagnetismo eran ondas, y estas han de producirse en algo.

Michelson nació en la frontera germano-polaca en 1852, en una familia de judíos pobres. De pequeño llegaría al país de las oportunidades, criándose en un campamento minero en California. Demasiado pobre para pagar sus estudios, se echo a la calle como vagabundo en Washington, esperando horas y días frente a la casa blanca para poder entrevistarse con el presidente (en aquel entonces Ulisses Grant). Este llego a congraciarse con el joven vagabundo y le consiguió una plaza en la academia naval. Fue allí donde aprendió física.

Diez años más tarde, siendo profesor de física en Cleveland, se intereso por medir una movida llamada “desviación del éter”, una especie de viento de proa que producían las cosas al desplazarse por el espacio. Pero el bueno de Williamson no pudo demostrar que la luz se desviase como consecuencia del éter, sino que mantenía la misma velocidad en todas las direcciones y estaciones. Este es probablemente el resultado negativo más importante de la historia. El vagabundo físico obtuvo el premio nobel de física (el primer yanqui en lograrlo) veinte años después por su no-descubrimiento.

Williamson era de aquellos pensaba que el siglo XX no iba a aportar nada nuevo a la ciencia, que todo estaba ya descubierto. En realidad el mundo estaba a punto de entrar en un siglo de la ciencia, en el que muchos no entenderían nada y no habría nadie que lo entendiese todo. Entraron en un reino desconcertante de partículas y antipartículas, en que las cosas afloraban a la existencia y desaparecían en fracciones de tiempo tan reducidas que un nanosegundo parece una eternidad. La ciencia paso de la microfísica a la microfísica. Estaban a punto de entrar en la era Cuántica, y quien dio la patada en la puerta fue el desgraciado Max Planck

En 1900, cuando tenía 42 tacos, Planck planteo su “teoría cuántica”, que postulaba que la energía no es una cosa constante como el agua que fluye, sino que llega en paquetes individualizados llamados “cuantos”. Era un concepto revolucionario: demostraba la teoría de Michelson de la ausencia del éter y explicaba como viajaba la luz por el vacio, ya que no era solo una onda. Pero a largo plazo, pondría los cimientos de la física moderna.

El mundo estaba a punto de cambiar, gracias a unos extraños artículos publicados por un oficinista peludo suizo que trabajaba en una agencia de patentes en Berna. Sin vinculación universitaria, sin laboratorio, sin un duro, los artículos de este señor cambiaron, literalmente, el mundo.

Este modesto científico aficionado se llamaba ALBERT EINSTEIN

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