LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRIA

ByOskarele

Un señor llamado Ptolomeo I Sóter, faraón nacido en el 362 a.c., mando construir en Alejandría un enorme palacio que serviría de alojamiento a la dinastía Ptolemaica. Al lado de este edificio se construyo otro que fue llamado “El Museo”, considerado como un santuario consagrado a las musas, diosas de la memoria, de las artes y de las ciencias.

Aunque las obras las iniciaría Ptolomeo I, sería su sucesor, Ptolomeo II Filadelfo quien termina la obra.
Constaba de una gran cantidad de salas dedicadas al saber, aunque con el tiempo fue creciendo, hasta convertirse en lo que conocemos como La Biblioteca Real de Alejandría. La intención era mantener y fomentar la civilización griega en el seno de una comunidad conservadora como era la egipcia del siglo III a.c.

Las salas del Museo que se dedicaron a la biblioteca terminaron siendo las más importantes y elevando la institución a un grado enorme de reconocimiento por el mundo intelectual. Los Ptolomeos, durante siglos, apoyaron y conservaron la biblioteca como la joya de la corona, dedicando grandes medios a conservación, ampliación y adquisición de libros, traídos de todas partes del mundo. Constaba de diez estancias dedicadas a la investigación y el estudio, cada una dedicada a una disciplina diferente.

Los investigadores y los historiadores de los siglos XX y XXI insisten en aclarar que se trata en cierto modo de una utopía retrospectiva. La biblioteca existió, de eso no hay ninguna duda, pero todo lo escrito sobre ella es a veces contradictorio, dudoso, enigmático, lleno de suposiciones y se ha ido desarrollando a partir de muy pocos datos que, la mayoría de las veces, son sólo aproximaciones. Apenas hay certezas. Se trata de un concepto mítico, de aquello que debió ser, de lo que pudo ser su encanto.

Cuando la biblioteca se hizo demasiado grande se hizo necesario ampliarla. Se cree que esta “biblioteca hija” fue creada por Ptolomeo III Evergetes  y que se estableció en la colina del barrio de Racotis, en un lugar de Alejandría más alejado del mar, en el antiguo templo erigido por los primeros ptolomeos al dios Serapis, llamado el Serapeo, considerado como uno de los edificios más bellos de la Antigüedad. En la época del Imperio Romano, los emperadores la protegieron en gran manera: incluso la modernizaron incorporando calefacción central mediante tuberías con el fin de mantener los libros bien secos en los depósitos subterráneos.

El poeta y filosofo Calímaco fue el elegido por el segundo Ptolomeo para la catalogación de todos los libros, llegando a catalogar hasta medio millón de obras. Unas, los “volúmenes” se presentaban en rollos de papiro o pergamino; otras en hojas cortadas, formando lo que llamaban “Tomos”. Se hacían copias a mano de las originales, ediciones, muy estimadas, incluso más que las originales, por  las correcciones llevadas a cabo.

Se sabe que en la biblioteca se llegaron a depositar el siguiente número de libros: 200.000 volúmenes en la época de Ptolomeo I, 400.000 en la época de Ptolomeo II, 700.000 en el año 48 a.c., con Julio César, 900.000 cuando Marco Antonio ofreció 200.000 volúmenes a Cleopatra, traídos de la Biblioteca de Pérgamo.

En el siglo III después de Cristo, el emperador Diocleciano quien —según cuentan los historiadores— era muy supersticioso, ordenó la destrucción de todos los libros relacionados con la alquimia. Más tarde, la emperatriz Eudoxia, en respuesta a una petición del patriarca de Alejandría, envió una sentencia de destrucción contra el paganismo en Egipto: en el año 391, el patriarca Teófilo de Alejandría expolió la biblioteca al frente de una muchedumbre fanática. El Serapeo fue entonces demolido piedra a piedra y sobre sus restos se edificó un templo cristiano. El sucesor de Teófilo, su sobrino Cirilo, se dedicó a eliminar a los filósofos, entre los que se encontraba la última directora de la Academia, Hipatia; su asesinato en el 412 marca el fin de la filosofía y la enseñanza platónica en todo el Imperio romano.

Seguramente se salvarían buena parte de los libros de la biblioteca y se pusiera también a buen recaudo el sepulcro de Alejandro Magno, toda vez que la destrucción era previsible. Los arqueólogos no pierden la esperanza de encontrar ambas cosas enterradas quizás en el desierto de Libia. Pero en la colina donde estaba el templo de Serapis nunca se volvió a reconstruir la biblioteca. En el año 416, Orosio (teólogo e historiador hispanorromano) vio con mucha tristeza las ruinas de aquella ciudad que había sido magnífica y los restos de la biblioteca en la colina. Los arqueólogos que emprendieron su trabajo en el siglo XIX dan fe de la violencia que debió desatarse en aquel lugar, aunque sus testimonios científicos no han sido divulgados.

Cuenta la leyenda que, en el año 641 el comandante musulmán Amr ibn al-Ass entró en la ciudad tras un asedio de 14 meses, y tiempo después comunicó a su jefe el califa Omar I todo lo que había encontrado en Alejandría y, entre otras cosas, le habló de la biblioteca para pedirle las instrucciones sobre qué hacer con esa cantidad de libros. A lo que el califa, según cuentan, respondió: Si los libros contienen la misma doctrina del Corán, no sirven para nada porque repiten; si los libros no están de acuerdo a la doctrina del Corán, no tiene caso conservarlos.

Claro que por entonces la Gran Biblioteca propiamente dicha no debía ya existir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario