LA ATLÁNTIDA. PARTE 0. Una introducción personal


Perpetrado por Oskarele

Tengo que agradecerle mi afición por las letras, aparte, y por supuesto, de mi madre, una devoradora de libros, es a Julio Verne, el genial escritor francés, que, cuando yo era chiquitillo, iluminó como un candil mis noches de infancia y lectura. Sus geniales aventuras, sus fantásticos viajes, sus increíbles y futuristas inventos tecnológicos… cuando tengo que agradecerle a aquel visionario francés.

Pero sobre todo, tengo una deuda pendiente con Verne: un libro suyo, uno de los más conocidos, “20.000 leguas de viaje submarino” ("Vingt mille lieues sous les mers"), me hizo conocer en mi tierna infancia uno de los temas que me obsesionarían a lo largo de los años y que, afortunada o desafortunadamente, según se mire, sigue ocupando un cachico de mis inquietudes y paranoias.

Se trata del mito de la Atlántida…

Uno que es friki…


En esta genial novela se cuentan las aventuras y tribulaciones del profesor francés Pierre Aronnax (que narra la historia en primera persona), su ayudante Conseil y un arponero mataballenas canadiense llamado Ned Land, supervivientes de un naufragio (o más bien un accidente náutico), que son rescatados por una nave submarina capitaneada por un tal Capitán Nemo, que los recibió a medio camino entre la hospitalidad y el secuestro, pues este les informa que una vez descubierta la existencia de ese submarino y su asombrosa tecnología (hay que recordar que en esa época, mediados del XIX, aun no había submarinos) no los puede dejar marchar.

Así que se van de viaje a bordo de aquella extraña nave, llamada Nautilus, donde recorrerán buena parte de los mares de la tierra, descubriendo muchos secretos (entre ellos el que nos ocupa) y viviendo mil aventuras, hasta que finalmente, consiguen escapar.

Pues bien, en el capitulo nueve de la segunda parte del libro, titulado “Un continente desaparecido”, después de navegar por el océano indico, por el mar rojo y por el Mediterráneo, una vez en el atlántico, Nemo les invita a dar un paseico  en el que… mejor le paso el micro a mi querido Verne y que os lo cuente él mismo:

“Familiarizado con esos terribles animales, el capitán Nemo no paraba su atención en ellos. Habíamos llegado a una primera meseta, en la que me esperaban otras sorpresas. La de unas ruinas pintorescas que traicionaban la mano del hombre y no la del Creador. Eran vastas aglomeraciones de piedras entre las que se distinguían vagas formas de castillos, de templos revestidos de un mundo de zoófitos en flor y a los que en vez de hiedra las algas y los fucos revestían de un espeso manto vegetal.

Pero ¿qué era esta porción del mundo sumergida por los cataclismos? ¿Quién había dispuesto esas rocas y esas piedras como dólmenes de los tiempos antehistóricos? ¿Dónde estaba, adónde me había llevado la fantasía del capitán Nemo?



(…)

Mi mirada se extendía a lo lejos y abarcaba un vasto espacio iluminado por una violenta fulguración. En efecto, era un volcán aquella montaña. A cincuenta pies por debajo del pico, en medio de una lluvia de piedras y de escorias, un ancho cráter vomitaba torrentes de lava que se dispersaban en cascada de fuego en el seno de la masa líquida. Así situado, el volcán, como una inmensa antorcha, iluminaba la llanura inferior hasta los últimos límites del horizonte.

(…)

Allí, bajo mis ojos, abismada y en ruinas, aparecía una ciudad destruida, con sus tejados derruidos, sus templos abatidos, sus arcos dislocados, sus columnas yacentes en tierra. En esas ruinas se adivinaban aún las sólidas proporciones de una especie de arquitectura toscana. Más lejos, se veían los restos de un gigantesco acueducto; en otro lugar, la achatada elevación de una acrópolis, con las formas flotantes de un Partenón; allá, los vestigios de un malecón que en otro tiempo debió abrigar en el puerto situado a orillas de un océano desaparecido los barcos mercantes y los trirremes de guerra; más allá, largos alineamientos de murallas derruidas, anchas calles desiertas, toda una Pompeya hundida bajo las aguas, que el capitán Nemo resucitaba a mi mirada.

¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba?


(…)

¡Qué relámpago atravesó mi mente! ¡La Atlántida! ¡La antigua Merópide de Teopompo, la Atlántida de Platón, ese continente negado por Orígenes, Porfirio, Jámblico, D'Anville, Malte-Brun, Humboldt, para quienes su desaparición era un relato legendario, y admitido por Posidonio, Plinio, Amiens-Marcellin, Tertuliano, Engel, Sherer, Tournefort, Buffon y D'Avezac, lo tenía yo ante mis ojos, con el irrecusable testimonio de la catástrofe.

Ésa era, pues, la desaparecida región que existía fuera de Europa, del Asia, de Libia, más allá de las columnas de Hércules. Allí era donde vivía ese pueblo poderoso de los atlantes contra el que la antigua Grecia libró sus primeras guerras.

Fue el mismo Platón el historiador que consignó en sus escritos las hazañas de aquellos tiempos heroicos. Su diálogo de Timeo y Critias fue, por así decirlo, trazado bajo la inspiración de Solón, poeta y legislador. Un día, Solón tuvo una conversación con algunos sabios ancianos de Sais, ciudad cuya antigüedad se remontaba a más de ochocientos años, como lo testimoniaban sus anales grabados sobre los muros sagrados de sus templos. Uno de aquellos ancianos contó la historia de otra ciudad con miles de años de antigüedad.

Esa primera ciudad ateniense, de novecientos siglos de edad, había sido invadida y destruida en parte por los atlantes, pueblo que, decía él, ocupaba un continente más grande que África y Asia juntas, con una superficie comprendida entre los doce y cuarenta grados de latitud norte. Su dominio se extendía hasta Egipto, y quisieron imponérselo también a Grecia, pero debieron retirarse ante la indomable resistencia de los helenos.

Pasaron los siglos, hasta que se produjo un cataclismo acompañado de inundaciones y de temblores de tierra.

Un día y una noche bastaron para la aniquilación de esa Atlántida, cuyas más altas cimas, Madeira, las Azores, las Canarias y las islas del Cabo Verde emergen aún.

Tales eran los recuerdos históricos que la inscripción del capitán Nemo había despertado en mí. Así, pues, conducido por el más extraño destino, estaba yo pisando una de las montañas de aquel continente. Mi mano tocaba ruinas mil veces seculares y contemporáneas de las épocas geológicas. Mis pasos se inscribían sobre los que habían dado los contemporáneos del primer hombre. Mis pesadas suelas aplastaban los esqueletos de los animales de los tiempos fabulosos, a los que esos árboles, ahora mineralizados, cubrían con su sombra.

¡Ah! ¡Cómo sentí que me faltara el tiempo para descender, como hubiera querido, las pendientes abruptas de la montaña y recorrer completamente ese continente inmenso que, sin duda, debió unir África y América, y visitar sus ciudades antediluvianas! Allí se extendían tal vez Majimos, la guerrera, y Eusebes, la piadosa, cuyos gigantescos habitantes vivían siglos enteros y a los que no faltaban las fuerzas para amontonar esos bloques que resistían aún a la acción de las aguas. Tal vez, un día, un fenómeno eruptivo devuelva a la superficie de las olas esas ruinas sumergidas. Numerosos volcanes han sido señalados en esa zona del océano, y son muchos los navíos que han sentido extraordinarias sacudidas al pasar sobre esos fondos atormentados. Unos han oído sordos ruidos que anunciaban la lucha profunda de los elementos y otros han recogido cenizas volcánicas proyectadas fuera del mar. Todo ese suelo, hasta el ecuador, está aún trabajado por las fuerzas plutónicas. Y quién sabe si, en una época lejana, no aparecerán en la superficie del Atlántico cimas de montañas ignívomas formadas por las deyecciones volcánicas y por capas sucesivas de lava.”

Ahí queda eso… y con esto inauguramos una nueva sección, que versará sobre las leyendas y mitos sobre continentes desaparecidos y antiguas civilizaciones desconocidas o no aceptadas por la historiografía más ortodoxa.

Bienvenidos a la Tierra Perdida

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