FINGIR.

(B)

De los tiempos que vivimos se ha dicho, entre otras cosas, que son líquidos, lights, banales, posmodernos, tecnológicos, materialistas, fugaces. Quizás, a la luz de hechos recientes, haya que decir que son tiempos de hipocresía. Tiempos de fingimiento. Se finge sorpresa ante los documentos destapados por Wikileaks. Algunos gobernantes se ofenden, otros les piden disculpas y algunos ciudadanos de pie se sienten heridos en su patriotismo por lo que se dice en esos cables de sus países o de sus funcionarios. ¿De veras no sabíamos que la función de la diplomacia es, con suma frecuencia, espiar, chismorrear, favorecer negocios sucios, ocultar?¿Lo que los cables de Wikileaks dicen de numerosos funcionarios y mandatarios, no es lo que cualquiera sabe o piensa con sólo leer los diarios? Y, en fin, lo que Wikileaks ha hecho, de una manera macro, ¿no es lo que millones de personas hacen, a nivel micro y anónimo, todos los días a través de Facebook y de variopintas redes sociales? ¿No se espían, no hablan mal de otros, no tratan de hurgar en la vida de sus hijos, amigos, parejas, etc. tratando de que éstos no se enteren? ¿No son espiados mientras espían? ¿Por qué asombrarse, entonces? ¿De qué?

Hace mucho que la privacidad y la intimidad han dejado de ser espacios sagrados que las personas preservan cuando se trata de las propias y honran cuando son las ajenas. Hace mucho que las identidades (de las figuras públicas y de seres anónimos) abundan en precariedad, son pobres, necesitan ser obscenamente expuestas para que esas mismas personas tengan la certeza de existir. Wikileaks ha mostrado, con toda crudeza, que entre los programas de chismes de la televisión basura, la política de los estados y las costumbres de tantos anónimos navegantes de las redes sociales no hay mayores diferencias en cuanto a miseria moral. ¿Pero no lo sabíamos? ¿Por qué fingir asombro?

Fuente: La Nación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario