Mostrando entradas con la etiqueta DE LO SAGRADO Y LO PROFANO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta DE LO SAGRADO Y LO PROFANO. Mostrar todas las entradas

¿EXISTIÓ REALMENTE JESÚS? PARTE 2. EL TESTIMONIO FLAVIANO

Perpetrado por Oskarele

Efectivamente, como comentábamos en el artículo anterior, existen referencias históricas prácticamente contemporáneas a Jesús sobre su persona. Esto es algo sin duda importante para el objeto de nuestra investigación, la existencia histórica del nazareno, pues supondría que fuentes ajenas a la tradición cristiana inicial mencionan la historia del supuesto profeta.

Una de las fuentes historiográficas que se suele citar intentando aportar una referencia histórica ajena al NT es la obra de Flavio Josefo y su famoso “testimonium flavianum”. Vamos a ver un poco esta movida.

Se llamaba en realidad Yosef bar Mattityahu (cuando el emperador Vespasiano hizo de él un ciudadano romano lo latinizó asociándolo a la familia del bienhechor que lo liberó tras hacerle prisionero, como Titus Flavius Iosephus) y vivió entre el 37 y el 101 de nuestra era. Esto es ya importante, pues nació después de la supuesta muerte del nazareno. Nace en el seno de una familia sacerdotal judía ligada a la monarquía de los asmoneos, gracias a lo cual gozó de una excelente educación. Desde joven comenzó a interesarse por la política y por la religión de su pueblo, uniéndose con 19 años al partido fariseo. Tras una estancia en Roma, en el año 64, regresa a Jerusalén donde dos años después, en el 66 estalla la gran revuelta judía, en la que tomará parte activa, tomando actividad en asuntos militares y diplomáticos.

Curiosamente, aunque la revuelta fracasó, Josefo consiguió salir airoso, aunque reconvertido en esclavo de guerra, para ser liberado en el 69 por Vespasiano, del que, desde entonces, se haría inseparable: acompañó al emperador incluso hasta Egipto, y cuando este último pasa a su hijo, Tito, la tarea de continuar la Guerra judía, se une a su séquito y es testigo de la destrucción de la Ciudad Santa y su Templo.

Luego se marchará a Roma con Tito, formando parte de su famoso desfile triunfal. Allí le permitirán dedicarse hasta su muerte a su trabajo literario. Escribió cuatro grandes obras en griego: La guerra de los judíos, Antigüedades judías, Contra Apión y su Autobiografía.

El segundo de los trabajos es sumamente importante para nuestra investigación. Las “Antigüedades judías”. Consiste en un una monumental obra de veinte tomos que tratan la historia de los judíos desde la Creación hasta el comienzo de la revuelta del 66 d.C.
En el tomo XVIII de esta obra, en su capítulo III, está el famoso pasaje donde se menciona a Jesús (el famoso “testimonio flaviano”). Lo trascribo aquí entero:

“Aproximadamente por este tiempo vivió Jesús, un hombre lleno de sabiduría, si de hecho uno puede llamarle hombre. Porque realizaba hechos increíbles, y era maestro de los que se alegraban con la verdad. Atrajo hacia sí a muchos, judíos y (gentiles. Él era el Cristo.) Por la acusación de las autoridades de nuestro pueblo, Pilato lo condenó a muerte en la cruz; no obstante aquéllos que lo habían amado antes le permanecieron fieles. (Al tercer día se les apareció de nuevo vivo, entro otras mil maravillas, tal y como lo habían predicho los profetas enviados por Dios.) Y al día hoy el pueblo de los que se llaman cristianos después de Él permanece.”

El relato es realmente impresionante, siendo, como es, de una fuente no cristiana. Pero hay dos problemas. Primero, ver si realmente es suyo y no un añadido posterior de copistas cristianos, que to puede ser. Los primeros cristianos eran lectores estudiosos de esta obra e historiadores tempranos de la Iglesia lo citan a menudo en sus textos, como San Eusebio o San Juan Crisóstomo. Además sus obras se tradujeron al latín en una fecha temprana…

Pero aun siendo suyo, esta obra se escribe en el 94 d.C. unos sesenta años después de la supuesta muerte del nazareno y por la época en la que se redactan los Evangelios Canónicos… de los que pudo estar ya informado y hacerse eco en su obra.

Además, el pasaje disputado nunca fue citado por los tempranos apologistas cristianos como Clemente de Alejandría, quien seguramente habría aprovechado tales municiones.

Ni tampoco es mencionado por otros historiadores judíos de la época, como Justo de Tiberiades o Filón de Alejandría, que fueron coetáneos y que habían escrito sobre sectas y movimientos religiosos dentro del judaísmo. Curiosamente no mencionan para nada a los cristianos.

En general se considera que las frases entre paréntesis en el texto son añadidos posteriores a la obra original de Josefo, que si hablaría de Jesús, aunque, como hemos dejado claro, basándose en otras fuentes. Esto significaría una prueba histórica de la existencia del personaje, eso sí, teniendo en cuenta que Josefo hablaba de oídas.

Mas info y fuentes por aquí: http://es.wikipedia.org/wiki/Testimonio_flaviano, aquí:http://es.wikipedia.org/wiki/Flavio_Josefo, aquí: http://ec.aciprensa.com/f/flaviojose.htm, aquí: http://www.angelfire.com/extreme/genio/jesusexistio.html, aquí: http://www.teologoresponde.com.ar/respuesta.asp?id=365.

MAHOMA CARICATURIZADO

Perpetrado por Oskarele

Supongo que sabéis sobre que os voy a hablar. Se trata de aquellas dichosas caricaturas que levantaron una ola de protestas en el mundo islámico, por considerar que se atentaba contra su fe. Un ejemplo que ilustra contundentemente lo exagerado del respeto social hacia la religión, mucho más allá del mínimo respeto entre humanos. Un ejemplo de cómo en nombre de Dios, a día de hoy, aun se mata y se condena a la gente. Veamos un poco como pasó todo.

30 de septiembre de 2005 (las fechas son muy importantes para comprender realmente el caso)

El Jyllands-Posten, periódico de más tirada de Dinamarca, con una orientación política de centro-derecha (tirando mas pa la derecha que pal centro), publica 12 caricaturas de diferentes dibujantes daneses, convocados por el periódico para romper con el tabú de no dibujar ni mostrar la cara de Mahoma, profeta de los musulmanes, dentro de un artículo sobre autocensura y libertad de expresión, que comentaba el hecho de que ningún artista se atreve a ilustrar los libros infantiles del autor danés Kåre Bluitgen sobre Mahoma a menos que se garantice el anonimato de su trabajo, por miedo a las represalias de musulmanes extremistas. De esto ya se habían hecho eco el 17 de septiembre en un artículo sobre Bluitgen.

Es decir, eran conscientes de que los creyentes en esta religión se iban a molestar ya que, incluso, habían contactado con un experto en religiones que les avisa.

Entre estas imágenes, hay una que sugiere que el profeta esconde una bomba dentro de su turbante, una de las imágenes, en parte comprensiblemente, más polémicas.

12 de octubre de 2005: numerosos líderes musulmanes daneses intentan que el gobierno actúe contra el periódico, sin éxito. Este día varios embajadores de países musulmanes piden una audiencia con el primer ministro, Anders Fogh Rasmussen, para hablar el tema. Éste responde que se debe respetar la libertad de prensa.

Viendo que no consiguen el apoyo necesario, este grupo de líderes musulmanes, liderados por un tal Abú Laban, la autoridad más respetada de la comunidad islámica en Dinamarca, organizan, a finales de año, varios viajes a países islámicos para contar lo sucedido. Comenzaron a difundir desde Egipto a numerosos países árabes un dossier en el que se cuenta toda la movida, aderezado con informaciones “dudosas” sobre el maltrato a los musulmanes en Dinamarca y sobre que el periódico era dirigido por el gobierno danés.

Este dossier contenía las 12 viñetas, así como tres más, cuyo origen es misterioso, pero que no tenían nada que ver con el artículo original. Curiosamente estos tres añadidos eran verdaderamente ofensivas: una mostraba a un hombre barbudo con el hocico de un cerdo sujeto con gomas a la cabeza (se descubrió posteriormente que se trataba de un francés que daba chillidos en un concurso de una feria rural en Francia, sin relación con Dinamarca ni con el islam).

La polémica está servida.

El primer ministro danés, temiéndose lo peor, trata de sembrar bases de concordia en su discurso de final de año, pidiendo el respeto a las religiones.

Comienzan las protestas en los países árabes a principios del 2006. Manifestantes en Pakistán e Indonesia queman banderas danesas (¿alguien sabe donde conseguir banderas danesas aquí? ¿Y en Indonesia?...). Dirigentes de varios países islámicos piden al gobierno Danés que se disculpe (cuando no fueron ellos quienes publicaron las imágenes)

Como respuesta, un diario noruego cercano a la ultraderecha y al fundamentalismo cristiano, reproduce las imágenes, en solidaridad, supuestamente, con el Jyllands-Posten. Esto sucede el 20 de enero de 2006.

En el mundo árabe se toman esto como un nuevo ataque y se hacen llamamientos al boicot comercial no solo a Dinamarca, sino ahora también a Noruega. Ambos países, viendo la espiral creciente, se traen pa casa a muchos de sus embajadores, entre ellos los de Siria, Irán e Indonesia.


Muchos otros diarios de Europa, incluso de EEUU, reproducen de nuevo las imágenes en solidaridad con el periódico danés (como el francés France Soir y el alemán Die Welt)

Aun más leña al fuego, que ya estaba bien caliente.

Se asaltan embajadas y consulados (las de Dinamarca y Noruega en Damasco, Siria); se amenaza no solo a los daneses en estos países, sino a cualquier occidental; las iglesias cristianas de Pakistán, que no tenían nada que ver con la movida, son incendiadas; en febrero llegan las primeras víctimas mortales: cuatro en Afganistán, una en EL Líbano y otra en Somalía; en Irak se queman banderas occidentales, entre ellas la Española; nueve personas fallecen en el ataque por alborotadores libios a la embajada italiana en Bengasi; en Nigeria los manifestantes queman iglesias cristianas y asesinan a varios párrocos…

La Secretaria de Estado estadounidense, Condoleezza Rice, acusa a Irán y Siria de “incitar a la violencia”. Desde Francia, el presidente, Chirac condena las “provocaciones” y pide a la prensa que sea responsable. La Unión Europea estudia crear un código de conducta para la prensa europea con el fin de que no se vuelvan a repetir acontecimientos similares.

Un grupo de doce intelectuales, entre los que se encuentran Salman Rushdie y Bernard-Henri Lévy, publican un manifiesto en “Charlie Hebdo”, periódico izquierdista francés, defendiendo la libertad de expresión y alertando contra la autocensura.

El 26 de octubre de 2006 un tribunal danés rechazó la demanda presentada por siete organizaciones musulmanas contra las caricaturas de Mahoma.

Las protestas continúan. Un imán paquistaní, incluso, llega a ofrecer un millón de dólares por la cabeza del dibujante (cuando en realidad se trataba de doce dibujantes).

Finalmente a mediados del 2006 la cosa llega a su fin.


De todo esto podemos extraer algunas conclusiones. En primer lugar, la desmesurada respuesta de los musulmanes ante algo que, de no haberse publicitado tendenciosamente, no hubiese salido nunca de Dinamarca.

Es increíble que se formase la que se formase por unas putas caricaturas, que pueden gustar más o menos, pero que eran simplemente eso, caricaturas.

Por otro lado, algo sumamente curioso: numerosos medios escritos europeos, así como varios gobiernos del viejo continente, por un lado defendieron la libertad de expresión y condenaron la violencia, pero por otro lado, manifestaron su respeto y simpatía por el daño y las ofensas que se había hecho a los musulmanes. ¿Daño y ofensas por unas caricaturas? Es curioso como aquí, en España, por ejemplo, y en muchos más países europeos, se pueden publicar terribles e irrespetuosas caricaturas sobre políticos o personajes famosos, sin que nadie se amotine por ello.

Pero ¿Por qué no se puede caricaturizar a la religión? ¿Por qué pedir perdón por hacer caricaturas de asuntos religiosos? ¿Por qué tiene la religión ese estatus especial?

El propio periódico danés que las publicó dijo en una editorial: “Los dibujos no violaban la ley danesa pero indudablemente han ofendido a muchos musulmanes, a los que nos gustaría pedir disculpas”

A la fuerza, y ante acontecimientos de este tipo, tenemos que tratar los asuntos religiosos con un cuidado especial que no tenemos hacia otros temas.

De hecho, yo mismo he dudado si escribir o no este texto, por una pequeña sensación inicial de prudencia que me aconsejó no meterme en estos berenjenales. Y tampoco tenía muy claro si publicar en el blog las dichosas imágenes.

Gracias a Dios se me pasó.

PELAGIO. EN DEFENSA DEL LIBRE ALBEDRÍO

Perpetrado por Oskarele

En ese mismo Concilio de Cartago del 411, del que hablábamos en el artículo anterior, se condenaron las doctrinas de otro hereje heterodoxo, en este caso, un teólogo irlandés llamado Pelagio, ascético y reformista, que creó una nueva corriente, considerada herética por Roma, en la que entran juego, por primera vez, elementos celtas, que influyeron y mucho en los cristianos de la zona.

No se sabe muy bien cuando nació este tipo, ni siquiera se sabe el lugar exacto de las Islas Británicas, aunque tradicionalmente se considera que nace en Irlanda. Estudia teología y sirvió como monje durante años, aunque nunca llegó a ser realmente un clérigo. También se sabe que en torno al 400 se marcha a Roma, donde estudiará y escribirá sobre el cristianismo, y donde se percatará del relajamiento moral de los cristianos.

Esta decadencia moral tendrá origen, según Pelagio en la teología de la Gracia Divina que predicaban San Agustín de Hipona y otros Padres de la Iglesia.

En realidad se trataba de una controversia que vista desde los ojos de un ateo practicante como yo resulta surrealista: por un lado San Agustín defendía la idea del Pecado Original y la necesidad de que poder hacer el bien y vivir de acuerdo con los mandamientos era necesaria la Gracia Divina, concedida por Dios a cambio de nada (de ahí su nombre, Gratia), con la intención de que los hombres, pecadores, se pudiesen comportar respecto a sus dictados y acercarse a él. Consideraba en definitiva que era necesario el auxilio divino para que el hombre actuase bien.

Pelagio, en cambio, consideraba que esta idea era opuesta a la del Libre Albedrío y que convertía al hombre en un mero autómata controlado por Dios. Consideraba que en la voluntad humana individual reposaba la posibilidad de salvación e incluso de remisión del pecado y que la Gracia Divina simplemente era la idea que Dios inculcaba en los hombres para que siguieran su camino, eso sí, dejando libertad de elección.

No deja de ser lógico, pues no es posible la libertad humana (el libre albedrio) si Dios actúa en el interior del hombre, orientándolo hacia el bien.

Pero claro, fue un paso más allá: Pelagio sostenía, además, que el pecado original de los primeros hombres había sido una falta personal de ellos, pero que no se había extendido a todo el género humano.

Aun así ambos se conocieron y entablaron cierta amistad, que con los años se rompería.


Al principio mencionábamos que en la filosofía de este señor se perciben influencias celtas, y esto es evidente en la consideración que tenia de la libertad humana así como de la culpa y la responsabilidad individual, así como la idea de que mediante la habilidad humana se podía acceder a la salvación incluso sin la intervención divina.

Una influencia de largo alcance, sobre el posterior desarrollo del pelagianismo, fue la amistad que Pelagio contrajo en Roma con Celestio, un abogado de noble ascendencia (probablemente italiana). Eunuco por nacimiento (?), pero dotado con buenos talentos, Celestio había sido ganado para el ascetismo debido a su entusiasmo por la vida monástica y, en su condición de hermano lego, se esforzó por convertir las máximas prácticas, aprendidas de Pelagio, en principios teóricos que fueron propagados en Roma con éxito

Sea como sea, cuando las tropas de Alarico I tomaron y saquearon Roma en 410, Pelagio abandonó la ciudad junto a su discípulo Celestio y se instaló en Cartago, donde continuó expandiendo su doctrina, con gran éxito. Es por eso que en el Concilio aquel del 411 que mencionábamos el capitulo anterior (en el que se prohibió el Donatismo), también se censuraron las ideas de Pelagio.

Precisamente allí, en Cartago, San Agustín tenía su base principal y un montón de seguidores, que rápidamente comenzaron a atacar las doctrinas de Pelagio. El propio santo escribió cuatro obras dedicadas a discutir el Pelagianismo: “De peccatorum meritis et remissione libri III”, “De spiritu et litera”, “Definitiones Caelestii” y “De natura et gratia”. En ninguna de estas obras se le menciona, pero todas pretenden justificar y demostrar lo que nuestro protagonista criticaba.

Ante los problemas que estaba teniendo en África, Pelagio abandona Cartago y se marcha a Palestina, donde encontraran también una ferrea oposion de la mano de San Jerónimo de Estridón, monje de Belén que escribió contra él en una carta a Ctesifonte (Dialogus contra Pelagianos) y sobre todo en la de Orosio, un discípulo hispanorromano de San Agustín que había sido enviado allí expresamente para aumentar la oposición contra nuestro protagonista. Pero tampoco fue censurado del todo y en el Sínodo de Dióspolis, de 415, se dijo que sus doctrinas no quedaban fuera de los postulados de la Iglesia Católica.

Pero mientras en África, San Agustín no estaba satisfecho, así que junto a unos cuantos obispos más escribió una carta al Papa Inocencio I, con la intención de que condenase el Pelagianismo, a lo que efectivamente, accedió.

Pero Pelagio, antes de ser condenado definitivamente, escribió una última carta al Papa en la que trataba de convencerle. El texto, no obstante, nunca llegó a ser leído por Inocencio, ya que llegó a Roma después de la muerte de éste y la entronización de Zósimo en 417. En ella defendía que el bautismo infantil era necesario para conseguir la entrada en el Reino de Dios, pero no para conseguir la vida eterna. Sea como sea, tras leer la carta, Zósimo (mucho menos estricto que su predecesor) le declaró inocente.

San Agustín se quedó muerto al ver como no eran juzgados como herejes, así que convocó un nuevo sínodo en Cartago en el 418, donde expuso nueve creencias claves de la iglesia de las que renegaba Pelagio:

  1. La muerte es producto del pecado, no de la naturaleza humana.
  2. Los niños deben ser bautizados para estar limpios del pecado original.
  3. La "gracia justificante" (gratia gratum faciens) cubre los pecados ya cometidos y ayuda a prevenir los futuros
  4. La gracia de Cristo proporciona la fuerza de voluntad para llevar a la práctica los mandamientos divinos.
  5. No existen buenas obras al margen de la Gracia de Dios.
  6. La confesión de los pecados se hace porque son ciertos, no por humildad.
  7. Los santos piden perdón por sus propios pecados.
  8. Los santos también se confiesan pecadores porque realmente lo son.
  9. Los niños que mueren sin recibir el bautismo son excluidos tanto del Reino de Dios como de la vida eterna.

Este canon se convirtió en una creencia básica para la iglesia, que sigue defendiendo los ocho primeros puntos a muerte.

Pelagio murió probablemente en Palestina en el año 420, según se desprende de algunas fuentes, aunque otras llegan a adjudicarle veinte años más de vida. Algunos autores sospechan que fue ejecutado, pero no se sabe.
Sus doctrinas fueron durante un tiempo activa en Palestina y el Norte de África, y posteriormente entre los bretones.

Más información y fuentes por aquí: los libros “Herejes y maldito en la historia”, de Agustín Celis Sánchez (Ed. Alba Libros, 2006) e “Historia oculta de los papas”, de Javier García Blanco (Ed. Akasiko, 2010). Webs: http://es.wikipedia.org/wiki/Pelagio, aquí: http://es.wikipedia.org/wiki/Pelagianismo, aquí: http://ec.aciprensa.com/p/pelagio.htm,

DONATISMO Y EL CISMA DE LA IGLESIA PURA.


Perpetrado por Oskarele

Aquellos primeros siglos del cristianismo fueron sumamente convulsos en lo que se refiere  movimientos paralelos a las líneas oficialistas de un culto que aun sigue siendo ampliamente perseguido. Por aquí y por allá surgen diferentes interpretaciones del mensaje, vida y obra del nazareno, unas más heterodoxas que otras. Una más herejes que otras. Así, por ejemplo, tenemos una corriente curiosa que surge a mediados del siglo IV en el norte de África, el Donatismo, liderada y creada por Donato, obispo de Cartago, que hizo una reforma rigorista y severa frente al relajamiento de las costumbres de los fieles.

El tal Donato era, pues, un defensor a ultranza de la más austera autenticidad cristiana. Exigía a los sacerdotes una vida intachable y ejemplar, pero también partía de que los pecadores o los renegados no podían ser miembros de la Iglesia. Esto es importante, ya que muchos de los ministros de la Iglesia Oficial después de haber adjurado durante las persecuciones de Diocleciano (podían haber elegido el martirio), fueron readmitidos, algo que molestaba gravemente a Donato, que consideraba que era una ofensa que quienes unos años atrás habían apostatado, ahora fuesen de valedores de la fe, mientras que ellos,  los donatistas, que habían dado la cara, se veían igualados a ellos.

En definitiva, se creían más coherentes y cristianos. Y consideraban que estos renegados no tenían derecho a impartir los sacramentos. No en vano eran llamados los “traditores”. Por tanto, las personas que habían sido bautizadas o consagradas no debían ser reconocidas por la Iglesia.

Curiosamente la Iglesia Romana se sacó de la manga una excusa cojonuda: la dichosa doctrina de la objetividad de los sacramentos, que viene a querer decir que una vez conseguida la potestad sacerdotal, los sacramentos que este administre son validos aunque el clérigo deje mucho que desear moralmente.

Sea como sea, la cosa termina en que se crea una iglesia cristiana paralela desvinculada de Roma, algo que ya fue condenado como herético en el Concilio de Arlés del 314. Esto levantó ampollas, pues el donatismo se había extendido bastante por el norte de África, contando, incluso con un grupo subversivo de apoyo, los circumcelliones, formado por bereberes que se dedicaron a perseguir a los ortodoxos cristianos.

Pero en el 321 el emperador Constantino renunció a sus pretensiones de una iglesia unida, y permitió el regreso de los donatistas. Esto permitió a Donato reorganizar su iglesia, creándose capillas, iglesias y hasta basílicas, fundando comunidades incluso en Roma. Posteriormente, en tiempos del emperador Constante, Donato intentó unificar todo el norte de África en torno su doctrina, pero de nuevo chocó con Roma y no tuvo éxito.

El movimiento donatista llegó a su apogeo bajo el obispo Parmeniano, pero desde entonces por movidas internas y por los constantes enfrentamientos con Roma, se acabaron debilitando. En el Concilio de Cartago, del 411, las dos facciones se reunieron. Entre los participantes a esta reunión estaba Agustín de Hipona, el primer gran teólogo del cristianismo, quien tuvo la oportunidad de discutir con los donatistas heterodoxos que, en su mayoría, finalmente acabaron aceptando su error. Así el donatismo fue finalmente sancionado y eliminado de la Iglesia, aunque sobrevivió hasta la invasión árabe musulmana, en el siglo VII.

Más información y fuentes por aquí: los libros “Herejes y maldito en la historia”, de Agustín Celis Sánchez (Ed. Alba Libros, 2006) e “Historia oculta de los papas”, de Javier García Blanco (Ed. Akasiko, 2010). Webs: http://es.wikipedia.org/wiki/Donato_Magno, aquí: http://es.wikipedia.org/wiki/Donatismo y aqui: http://ec.aciprensa.com/wiki/Donatistas (sobre el Donatismo)

Imagen: “San Agustín y los donatistas”, de Charles-André van Loo.

MIS QUERIDOS HEREJES. INTRODUCCIÓN.

Perpetrado por Oskarele

El diccionario de la RAE dice que, entre otras acepciones, la herejía es un “error en materia de fe, sostenido con pertinacia” (pertinacia es, según este mismo diccionario: Obstinación, terquedad o tenacidad en mantener una opinión, una doctrina o la resolución que se ha tomado; por si no lo sabíais…). Hereje, por lo tanto, es el que comete, por acción, omisión o pensamiento, herejía.

Dicho esto, hay que decir, etimológicamente hablando, que la palabra herejía deriva del griego “hairesis”, que significa doctrina o creencia. Esto nos da una dimensión nueva, por vieja, del concepto: un hereje seria, por lo tanto, un simple creyente.

El problema surge cuando se cree en algo contrario a lo comúnmente aceptado.

Por otro lado, nosotros, en esta seria de artículos que vamos a dedicar a Mis Queridos Herejes, nos vamos a centrar en lo que la Iglesia Católica, cuna y verdugo de herejes, ha considerado y considera que es herejía y que viene a ser lo que dice la RAE, pero centrándose en su confesión.

Es decir, la herejía, según el Vaticano, sería un error en materia de religión que se sostiene con terquedad y sin pruebas. Sería el rebelde que acepta pero no del todo la verdad revelada, el heterodoxo que se rebela contra el fundamentalista, el que cuestiona lo establecido sin rechazarlo por completo.

De ahí que la herejía sea diferente a la apostasía, que sería, según el DRAE “Acción y efecto de apostatar (Negar la fe de Jesucristo recibida en el bautismo”, o de la blasfemia, que sería pronunciar aquella “palabra injuriosa contra Dios, la Virgen o los santos”. En definitiva, ser hereje no es renegar de Cristo y de su fe, o cagarse en Dios. Es algo diferente, aunque suele confundirse.

Así la herejía, generalmente, nace en el propio seno de la iglesia, como una desviación del dogma. Y en muchas ocasiones puede producir, como efectivamente ha producido, un cisma, tanto en lo religioso como en lo mundano.

Pero sigamos. Herejes ha habido desde que existe el dogma. Desde casi el principio aquellos disidentes frente a las corrientes mayoritarios fueron considerados como “tentados por el mal”.

Y desde casi el principio aquellos disidentes fueron exterminados con violencia. Algo curioso, si tenemos en cuenta que esta religión, el cristianismo, fue fundada por un tal Jesús, que, supuestamente, fue torturado hasta morir en la cruz por ser un disidente respecto a las ideas religiosas judías. Y por otro lado, aquellos cristianos, supuestamente, odiaban la violencia y el derramamiento de sangre. Ellos mismos, cuando eran pocos y no aceptados por Roma, fueron perseguidos y arrojados a los leones.

El problema vino cuando los cristianos fueron aceptados.

Roma, temerosa de la fuerza que estaban cogiendo, gracias (o por culpa de) a Constantino, en el 313 aceptó y legalizó el cristianismo con el famoso Edicto de Milán. Este fue un paso clave: Roma terminó haciéndose cristiana. La Iglesia del pobre nazareno aquel se acabó convirtiendo en Imperio.

Y un Imperio para mantenerse tiene que derramar sangre.

Ese fue el giro trágico que tomaron los acontecimientos.

Y el primero en catar la espada de la Roma Cristiana fue Arrio, del que hablaremos en el siguiente texto.

En cuanto dejó de ser perseguida, pasó a ser perseguidora.

En vez de desarrollar y predicar sus mensajes se centraron en el mantenimiento de su propia gloria. Y todo aquel que amenazase su estabilidad será perseguido. El Concilio de Nicea definirá como herética una doctrina divergente de la enseñanza oficial de la Iglesia y de sus dogmas consagrados basados en las Escrituras y la Tradición.

Surge además, otro tipo de herejía curiosa. Se trata de aquellos que se rebelan contra el status, económico, político y social, adquirido por las instituciones religiosas y sus jerarquías. Por ejemplo, el bueno de San Francisco de Asís, que estuvo siempre en el filo de la navaja por sus radicales posturas respecto al clero y a las órdenes religiosas.

Por otro lado tenemos a los infieles, como los judíos y los musulmanes, que si bien no pueden considerarse herejes, también sufrieron la persecución y la represión de la Iglesia de Roma. El Islam, especialmente vino a amenazar con fuerza al cristianismo. Fruto de esto surgirán las famosas Cruzadas, en un empeño de la Iglesia por recuperar las Tierras Santas y luchar contra los infieles.

Con las Cruzadas se creó un claro precedente: los ministros de la Iglesia santificaron el derramamiento de sangre. Se exaltó la violencia. Y comenzaron a usarla contra los herejes dentro de su propio seno, como en el caso de los pobres Cataros o posteriormente los Templarios.

En 1231, Gregorio IX crea un tribunal excepcional encargado de combatir la herejía: la Inquisición. Unos años después, otro papa, Inocencio IV, instaura oficialmente el uso de la tortura en una bula: los herejes no tienen derechos.

Comienza el terror.

El 1 de noviembre de 1478 naca la Santa Inquisición Española, que estaría vigente hasta 1834. Sus víctimas predilectas fueron judíos y moros conversos así como todo aquel que amenazara el orden social establecido.

Pero también es la época de las brujas y de las reformas en Europa: gentes como Lutero o Calvino fueron condenados como herejes. Como respuesta, en 1542 se creó la Inquisición Romana, el Santo Oficio (que pervive en la actualidad con el rimbombante nombre de Congregación para la Doctrina de la Fe, de la que fue jefazo el papa actual, Benedicto XVI).

Y se tendrán que enfrentar con un nuevo enemigo: la incipiente ciencia, con representantes como Copérnico, Galileo, Giordano Bruno o Miguel Servet, acusados de herejes por intentar descubrir cómo funciona el mundo, más allá de la intervención divina.

Y más tarde, ya con el concepto de herejía de capa caída, condenara a movimientos como el marxismo, el socialismo, el anarquismo o la masonería.

En fin. A todos estos condenados por la cristiandad imperante vamos a dedicar esta serie de artículos. Sobra decir que las diferencias entre estos herejes son enormes, pero tienen algo en común: mostrar su heterodoxia frente a lo dictado por Roma. Y lo pagaron con sangre.

Por eso, por ser disidentes rebeldes en una época en la que eso podía suponer la muerte, por eso, esta sección se llamará “MIS QUERIDOS HEREJES”.

...


Curiosa representación de la muerte de Cristo. Y polémica para algunos, supongo. Pero lleva a unas reflexiones: ¿Como un método brutal de pena de muerte se ha convertido en el icono de millones de personas hasta el punto de llevarlo colgaíco del cuello en medallas? ¿De suceder hoy en día, lo condenarían a la silla electrica, a la inyeccion letal o, directamente, lo tirarían al mar?...

DIALOGO ENTRE UN ESCEPTICO Y UN CREYENTE.

(B)

Creyente: En mi opinión, los milagros son la mejor prueba de la existencia de Dios.

Escéptico: No estoy seguro de saber qué es un milagro.

C: Bien,algo extraordinario e imprevisible.

E: La caída de un gran meteorito o la erupción de un volcán es extraordinaria e imprevisible. ¿No estará sugiriendo que son milagrosas?

C: Desde luego que no. Son sucesos naturales. Los milagros son sobrenaturales.

E: ¿Qué quiere decir con sobrenatural? ¿No es justamente un sinónimo de milagroso? Consultemos el diccionario. Dice “Sobrenatural: Fuera de acción normal de causa y efecto.” Hmm. Todo depende de lo que usted entienda por “normal”.

C: Diría que normal quiere decir familiar o bien comprendido.

E: Una dínamo o una radio habrían sido consideradas como milagrosas por nuestros antepasados, que no estaban familiarizados con el electromagnetismo.

C: Estoy de acuerdo en que probablemente habrían considerado estos artefactos como milagrosos, pero estarían equivocados, puesto que hoy sabemos que funcionan según las leyes naturales. Un suceso verdaderamente sobrenatural es aquel cuya causa no se puede encontrar en ninguna ley natural conocida o desconocida.

E: ¿No será esta una definición completamente inútil? ¿Cómo sabe qué leyes son desconocidas? Puede haber leyes totalmente extrañas o inesperadas que seamos incapaces de imaginar. Suponga que viera una roca flotando en el aire, ¿lo consideraría un milagro?

C: Depende… Debería estar seguro de que no existía ningún truco o ilusión.

E: Sin embargo, puede haber procesos naturales que producen ilusiones que nadie podría esperar.

C: ¿O quizá toda nuestra experiencia no es más que una ilusión y deberíamos renunciar a discutir nada?

E: Muy bien. No nos metamos por este camino. Todavía no puedo estar seguro de que algún caprichoso efecto magnético o gravitacional no esté haciendo levitar la roca.

C: Pero es más fácil creer en Dios que en un extravagante fenómeno magnético. Se trata de una cuestión de credibilidad.

E: ¡Ah! ¿Así que por milagro usted entiende “algo causado por Dios”?

C: ¡Naturalmente! Aunque algunas veces puede usar intermediarios humanos.

E: Entonces usted no puede presentar los milagros como una prueba en favor de Dios o de lo contrario su argumento es circular. “Los milagros prueban la existencia de un agente que produce milagros.” El problema, tal como usted admitió, se reduce a creer o no creer. Usted tiene que creer en Dios para que los milagros tengan algún sentido. Los sucesos milagrosos en sí mismos no pueden demostrar la existencia de Dios. Pueden ser sucesos naturales imprevistos.

C: Estoy dispuesto a admitir que es dudoso si las rocas flotantes son o no son un milagro. Pero considere alguno de los milagros famosos: Jesús alimentando a la multitud, por ejemplo. ¡No me va a decir que alguna especie de ley natural multiplicó los panes y las peces!

E: Pero, ¿qué razones puede tener usted para creer una historia escrita cientos de años atrás por un conjunto de fanáticos supersticiosos con un interés personal en promover su propia religión?

C: No sea cínico. Considerada aisladamente, la historia de los panes y los peces no es nada. Hay que situarla en el contexto de la Biblia entera. No fue el único milagro de que se da cuenta allí.

E: Cuénteme otro.

C: Jesús andando sobre las aguas.

E: ¡Levitación! Yo pensaba que usted había descartado este tipo de milagro como “dudoso”.

C: Para una roca, sí: para Jesús, no.

E: ¿Por qué no?

C: Porque Jesús fue hijo de Dios y, por tanto, poseía poderes sobrenaturales.

E: Pero usted otra vez da por supuesto lo que intenta demostrar. Yo no creo que Dios tuviera poderes sobrenaturales. Si caminó sobre las aguas, preferiría suponer que fue debido a un suceso natural extraño o imprevisto. Sin embargo, en cualquier caso no creo la historia, ¿Por qué iba a creerla?

C: La Biblia ha sido una fuente de inspiración para millones de personas. No la menosprecie frívolamente.

E: Lo mismo ocurre con la obra de Karl Marx. Tampoco creería ningún informe suyo sobre milagros.

C: Usted puede rechazar a aceptar la palabra de la Biblia, pero no puede descartar as declaraciones de cientos de personas que han experimentado milagros incluso en años recientes.

E: La gente afirma todo tipo de cosas: encuentros con extraterrestes, telepatía, clarividencia. Solamente un tonto o un loco daría crédito a esas bobadas.

C: Admito que se dicen muchas cosas fantásticas y absurdas, pero la evidencia de curaciones milagrosas es irresistible. Piense en Lourdes.

E: ¡Psicosomático! Déjeme emplear sus propias palabras: ” Es simplemente una cuestión de credibilidad.” Estoy de acuerdo. ¿No es más fácil creer en unos sucesos que desde el punto de vista médico son inesperados que invocar una deidad?

C: No puede desacreditar todos los milagros como psicosomáticos. ¿Qué quiere decir este término en realidad? Es simplemente un eufemismo para decir “médicamente inexplicable”. ¿Por qué iba a estar tanta gente convencida de la existencia de milagros si se tratara simplemente de imprevistos naturales?

E: No es más que una herencia de la edad de la magia. Antes de la aparición de la ciencia o de las más importantes religiones del mundo, los pueblos primitivos creían que casi todas las cosas que ocurrían eran cosas de magia (la acción de algún tipo de dios o demonio secundario). A medida que la ciencia explicaba más cosas y la religión caminaba a tientas hacia la idea de un solo Dios, las explicaciones mágicas fueron desapareciendo. Sin embargo, todavía se conserva algún vestigio.

Escrito por Paul Davies.

EL PAPA, LA CALÓ Y LA CRISIS ESPIRITUAL DE OCCIDENTE

Perpetrado por Oskarele

Se acaba de ir el representante de Dios en la Tierra (elegido, todo sea dicho, por los cardenales y fierecillas del vaticano, no por los cristianos ni, por supuesto, por su representado). Ha estado unos días disfrutando del calorcico de agosto en Madrid y del cariño y amor de cientos de miles de jovencicos y jovencicas que han venido desde todos los rincones del mundo a rendirle amor y pleitesía en las tan nombradas Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ, abreviando) que se han celebrado estos días en los madriles.

Al margen de todo lo que se ha comentado por los medios (que si se ha sido un despilfarro, que si no está el país pa gastos de este tipo, y efectivamente no lo está; que si es una vergüenza que en un país laico, en teoría, se celebre esto con el apoyo de todas las instituciones, incluso las gobernadas por supuestos políticos laicos), me parece estupendo que los lideres de esta Iglesia se reúnan con sus acólitos.

No tengo el más mínimo problema, más que nada porque no vivo en Madrid, que tenía que estar imposible en estos días.
Es más, me parece estupendo que la gente se reúna en convivencia para exaltar, comentar y reflexionar juntos a sus “colegas de religión” y para celebrar la visita de su Santidad y adorarle cual Justin Bieber en Papamovil.

Me parece estupendo, siempre y cuando se gaste la menor cantidad posible de dinero público (que, lógicamente, siempre se ha de gastar, aunque sea en policía, servicios e infraestructuras necesarias para albergar, transportar y contener al más de millón y medio de peregrinos venidos de todas partes).

Me parece estupendo porque respeto la religión de estas gentes, aunque no respete para nada a su Reino en la Tierra (¿dónde quedó aquella frase de “mi reino no es de este mundo”?)

Eso si, por ese mismo motivo, por el profundo respeto que me producen los creyentes practicantes (los de verdad, obviamente, no esos que se acuerdan de dios cuando la cosa viene chunga o para casarse y bautizar a los niños) en esta religión y en casi todas las demás, exijo respeto hacia mi postura anticlerical en lo práctico y agnóstica en lo teológico.

Y es precisamente en este campo donde me he sentido atacado.

Exactamente igual que se han sentido atacados estos muchachicos y muchachicas a causa de las manifestaciones laicas y anticlericales que se han celebrado y que, como han comentado los medios de comunicación, han acabado a palos con los manifestantes. Entiendo que los creyentes se sientan ofendidos por que se convoque en los mismos días de su “fiesta”, una contra manifa atea, y entiendo que hayan sentido ofendidos por los insultos e improperios que estos han proferido a los peregrinos (especialmente me ha parecido bochornoso que se ataque a los creyentes llamándoles pederastas, cuando ese calificativo solo lo merecen los, muchos, curas asquerosos que han abusado de niños).

Me he sentido atacado por este señor de blanco que, altanero y prepotente, no ha dudado en culpar a los ateos y a los laicos de la crisis espiritual de occidente.

¿Crisis espiritual de occidente?

¿Qué es eso?


Este señor, y su curia de adoradores, afirman que la moral de los países europeos se está perdiendo por culpa del laicismo y del ateísmo galopante y por culpa de la legalización del aborto, del divorcio y de los matrimonios homosexuales (en España), o de la libertad sexual y la igualdad de género (“el hombre debe corresponder a la estructura querida por el Creador", dijo recientemente Ben-16). Todo ello ha llevado, según ellos, y siempre generalizando, a que la gente pase de ir a misa y prefiera quedarse en su casica blasfemando y follando como leones. Sodoma y Gomorra versión siglo XXI, que dirían.

¿Eso es una “crisis espiritual”?

Efectivamente creo que existe una profunda crisis moral en la sociedad europea, y, especialmente, en la sociedad española.

Pero creo que los principales culpables son ellos, los representantes autoproclamados de Dios en la Tierra, profesionales encargados, a cambio de pasta, de servir de intermediarios entre sus acólitos y la divinidad. Eso sí, no son los únicos culpables, también están los políticos lameculos del poder económico, más pendientes en robar y en gastar millones en armas que en educación, cultura y servicios sociales; también están los medios de comunicación, especialmente los televisivos, que han creado un mundo hipnótico y falso, que, a su vez, ha conseguido que los modelos a seguir sean gentuza como Belén Esteban y su nariz torcida por la diabetes (sic) o los niñatos de Gran Hermano.

Y por supuesto estamos nosotros, que nos hemos vendido al Gran Poder (no al de Cristo, sino al del capital) y que a cambio de un plato de lentejas, una tele de plasma y quince días de vacaciones en la costa, nos conformamos, nos callamos y dejamos de pensar, que sale caro y requiere una atención que nos distrae del futbol y del “Sálvame”…

Pero en lo moral, en lo religioso, en lo espiritual, “Ellos” (o ella, la Iglesia”), los que durante siglos han atacado y condenado todo lo que saliese del dogma establecido por ellos mismos, son los máximos responsables de la crisis espiritual o religiosa de occidente.

Con las revoluciones sociales, el triunfo de ideas filosóficas relativistas, escépticas y materialistas, que tuvieron gran acogida, gracias a Dios, en los sistemas educativos del viejo continente (excepto en esta España nuestra, en la que el nacionalcatolicismo lo controló todo hasta que palmó su principal aliado, Franco, en 1975), la forma de pensar, de sentir y de buscar lo espiritual cambió.

Así, generalizando, la relación de muchos creyentes con Dios cambió.

Ya no necesitaban a nadie que les dijese como tienen que comportarse si quieren acceder a la autopista de la vida eterna. La moral dejó de estar controlada por los anticuados preceptos inspirados en la tradición de un pueblo semita de oriente próximo. La moral dejó de esta fundamentada en y por Dios, y pasó a estar basada en el respeto mutuo, en la ley y en los derechos humanos.

Pero claro, cada vez el coto privado de la Iglesia quedó más reducido. Y “ellos” se empeñaron en defenderlo con uñas y dientes. Y la mejor arma que encontraron fue el apego al dogma. El fundamentalismo.

Muchos seguían creyendo en Dios, en el Dios de los Cristianos, pero a su manera, entablando una relación directa al margen de los profesionales especializados contratados por Roma.

De ahí que, por ejemplo, ayer, en el aeródromo de Cuatro Vientos, el Papa dijese estas palabras: “Seguir a Jesús en la fe es caminar con él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguirlo en solitario. Quien cede a la tentación de ir 'por su cuenta' o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrarle o de acabar siguiendo una imagen falsa de él"…

O estas otras: “No se puede separar a Cristo de la Iglesia, como no se puede separar la cabeza del cuerpo. La Iglesia no vive de sí misma, sino del Señor. Él está presente en medio de ella, y le da vida, alimento y fortaleza".
Y no deja de ser lógico.

¿Qué harían “ellos” si todos los creyentes en la fe propuesta hace dos mil años por Cristo deciden pasar de esta arcaica institución y buscar su propia verdad en sus textos sagrados y en la búsqueda interior de Dios? ¿Qué harían?

Se quedarían en el paro.

Y esto, lógicamente, no lo pueden consentir.

La Iglesia si quiere que la gente vuelva a sus templos, si quiere que vuelvan a existir vocaciones para el sacerdocio o para los conventos de monjas, si quiere recuperar el apego de la gente, tiene que cambiar, y mucho.

Lamentablemente, con personajes como el fundamentalista este de blanco que nos ha visitado, no creo que cambien.

INTERMEDIARIOS PROFESIONALES ENTRE LOS DIOSES Y LOS MORTALES HUMANOS…


Perpetrado por Oskarele

Es necesario diferenciar entre religión e iglesia. Entre el creyente y el clero (o casta sacerdotal o como queramos llamarle), entre las creencias trascendentales, místicas y sobrenaturales, y su consecuente concatenación en la vida cotidiana, y los profesionales dedicados a servir de intermediarios entre nosotros y las divinidades. Un texto del genial sociólogo Max Weber (extraído de su obra “Ensayos sobre sociología de la religión”) nos va a ilustrar un poco sobre este tema y a partir de él, si me lo permiten, vamos a sacar algunas deducciones. Este es el texto en cuestión:

“El racionalismo de la hierocracia surgido de su ocupación profesional con el culto y el mito, o, en grado todavía mayor, con el cuidado de las almas, con la confesión y el consejo a los pecadores, intentó en todas parte monopolizar para si la administración del bien de salvación religiosa y regular su otorgamiento dándole la forma de “gracia sacramental” o “gracia institucional”, administrable ritualmente solo por ella y, por tanto, fuera del alcance del individuo. Como era de esperar, desde sus intereses de poder les resultaba altamente sospechosa la búsqueda aislada de la salvación por individuos y comunidades libre mediante la contemplación, la ascesis o la celebración orgiástica, por lo que tenían que reglamentarla ritualmente y, ante todo, controlarla hierocráticamente”

Antes de nada, que conste que nos referimos (Weber lo hacia) especialmente al cristianismo, aunque este modelo se puede extender, básicamente, a todas las sociedades estatales, con las excepciones que luego mencionaremos.
El quid de la cuestión está en el adjetivo “profesional”.

Cuando Weber plantea que “el racionalismo de la Hierocracia, surgido de su ocupación profesional con el culto y el mito…”, se refiere a que una clase social, en general relacionada con las clases más pudientes económicamente y que, a la vez, detentan y ostentan el poder , que se dedicó profesionalmente a la religión y a la ética religiosa, dos caras de una misma moneda.

¿Qué entendemos por “profesional” en este contexto?

Weber se refiere, lógicamente, a personas que a tiempo completo, mediante una educación y adoctrinamiento especifico, se dedican a las diferentes tareas del sector religioso: a la narración y explicación de los dogmas religiosos de su sociedad, es decir al culto; al mito, entendido como explicación metafísica o irracional de la realidad empírica, pero con una importancia social trascendental (similar a la que hoy en día puede tener la ciencia como “buscadora” de la verdad natural y “física” del mundo), al proporcionar explicaciones sobre los fenómenos naturales, inexplicables para la gente (y para ellos mismos, en realidad).

Otra de sus tareas esenciales a nivel profesional, ya en un grado diferente al del dogma y el mito, es el cuidado de almas.

Esto es muy importante porque se convierten de este modo en los “confesores” oficiales del pueblo, y a la vez en los “consejeros” que ayudan a paliar los daños provocados por el pecado en las almas de los creyentes. El poder que proporciona esto es enorme, mayor si cabe que el poder que proporciona la posesión del conocimiento de la realidad del mundo (mito) y de la divinidad (dogma). Al convertirse en los administradores cualificados de la salvación religiosa tienen en sus manos el destino de todo el pueblo, no solo en un sentido trascendente (mediante promesas de salvación en un mas allá ultra-mundano) sino también en un sentido pragmático.

Como poseedores de la verdad religiosa dogmatica y de los criterios morales con los que la divinidad premia o castiga a los pecadores o virtuosos, se convierten en portavoces mundanos de los jueces divinos.

Se les otorga el poder de juzgar los actos y acciones de los demás, y la facultad de castigar al que no cumpla con los preceptos de la ética religiosa particular.

Lógicamente en un sistema así no puede permitirse la búsqueda de la salvación por medios alternativos, como por ejemplo, la contemplación o la ascesis mística, ya que relativizan el supuesto poder que ostenta esta hierocracia profesional, al conseguir la salvación si su intermediación.

Esta sería la principal diferencia existente, por ejemplo, entre una religión como la cristiana y otra como la budista.

En el cristianismo existe una casta sacerdotal (extremadamente compleja y populosa) que ostenta exactamente el tipo de poder que plantea Weber: son profesionales a tiempo completo encargados de la propagación y explicación del dogma religioso del mensaje de Cristo, por un lado, pero también se encargan del “pastoreo” de almas, llevando a los fieles por el correcto camino hacia un mas allá prometido (totalmente trascendente) siempre y cuando estos asuman que tienen que cumplir con una serie de normas éticas propuestas por su profeta (y por otros profetas anteriores pertenecientes a la historia local del pueblo de Israel, al que, como todos sabemos, perteneció Cristo) y que cualquier desviación o transgresión de estas normas será castigada con la perdida de la salvación, por un lado, y con el terrible destino de un infierno abominable donde sufrirán por toda la eternidad.


Los sacerdotes cristianos tienen el enorme poder de la “confesión”, acto mediante el cual sus fieles, obligados por su dogma, relatan sus desviaciones respecto a la norma (pecados) a los profesionales de la salvación, y esto, dotados por la divinidad del poder de la absolución mediante la penitencia, conceden una oportunidad al pecador para que rectifique su negligente conducta y encauce de nuevo el camino recto.

Así el sacerdote se convierte en una figura intermediaria entre el dios y el creyente.

Todo esto es muy diferente a la concepción budista del pecado y de la salvación. En el budismo también existe una clase sacerdotal, aunque bastante sui generis, encargada del adoctrinamiento y del dogma. Pero no tienen el poder de otorgar la salvación. Ni siquiera las divinidades lo tienen. Es el ser humano el único que puede hacer algo para poder superar la realidad mundana del dolor y adentrarse en el infinito de paz del Nirvana, y para ello solo tiene que cumplir a rajatabla las reglas del juego (las famosas cuatro reglas budistas).

En el budismo (y en otras religiones, como en la mística islámica de los sufíes o la mística judía de la cábala) la clase sacerdotal solo se encarga de todo lo relacionado con el dogma, con la creencia, con la fe.

Son simplemente guías que se encargan de enseñar al adepto las creencias de su religión, claro que entre estas también hay normas morales. Pero no asumen el poder de “jueces” o “abogados ante dios”.

No toman partida.

En el budismo es uno mismo el que mediante el cumplimiento de una serie de normas que ha de realizar en privado, mediante la contemplación y la meditación se consigue la salvación, sin necesidad, como hemos dicho de ningún mediador, ni siquiera de un dios.

Cuestión aparte seria plantearnos las relaciones que han tenido estas hierocracias sacerdotales con el poder político.
Algunos autores, como Marx o Bakunin, plantean que el poder terrenal ha empleado, haciendo suyas, las clases sacerdotales y las creencias religiosas para idiotizar al pueblo mediante falsas promesas de redención en una vida post-mortem, haciendo que olviden la trágica realidad miserable de su existencia cotidiana. La religión, su ética y sus representantes terrenales se han aliado con el poder político para controlar la posible ira del pueblo llano por la explotación continuada.

Además, en muchas ocasiones estas castas sacerdotales se han encargado de legitimar el poder terrenal de sus gobernantes aduciendo que han sido elegidos o propuestos por la divinidad, si no son ellos mismos los que han tomado el poder (como en las antiguas civilizaciones egipcia o maya)

EL INTRINGULIS DE LA CREACION

(B) .

En tiempos remotos, cuando ciertos hombres, pocos, por cierto, mejor preparados que la mayoría, se empeñaron en adaptar esa mayoría a las exigencias que toda sociedad demanda, se enfrentaron con una cruda realidad: el hombre no estaba preparado para vivir en comunidad. Era (y sigue siéndolo) díscolo, malo, perverso, egoísta (“más conozco al hombre, más quiero a mi perro”), pero dichosamente ingenuo y crédulo. Entonces aquellos carismáticos líderes (apóstoles) se dijeron: ¿Cómo hacer para que el hombre respete al hombre, logre la convivencia y disfrute los beneficios propios del trabajo comunitario? Pues aprovechemos su propia ignorancia y credulidad – dijeron entre sí –, convenzámoslo de que hay un dios omnisciente que castigará con el infierno a todo aquel que quebrante las leyes básicas de la convivencia (mandamientos) y que, por el contrario, premiará con la vida eterna (cielo) a quien las respete íntegramente. Claro, para evitar conjeturas, digámosle que quien castiga es el diablo (nombre dado a Dios por puro eufemismo cuando de castigos se trata) y quien premia es Dios. Así convenceremos a esos bárbaros y perversos ignorantes pues, en su egoísmo, no pueden aceptar la certidumbre de su inexorable muerte (como si fuesen diferentes del resto de las especies) y, por otra parte, aceptarán crédulos, en su ignorancia, la idea de que un ser supremo es la respuesta a la interrogante irresoluta: el origen de todas las cosas. Y para venderle fácil esta idea (mercadeo a ultranza), digámosle que él mismo fue hecho a imagen y semejanza de ese ser sobrenatural. De esta forma mataremos varios pájaros de un tiro: logramos el respeto entre los hombres y no tenemos que devanarnos los sesos buscando respuestas que nosotros mismos ignoramos. ¿Quién hizo la vida?, pues Dios... y punto.
Todo aquello fue ampliamente discutido, aprobado y escrito, con el rimbombante nombre de Sagradas Escrituras, para que nunca se olvidara.
Y, en efecto, aunque a duras penas, el hombre se adaptó mejor y empezó, paulatinamente, a prosperar (veleidades del consumismo) gracias a los conceptos – al principio muy rudimentarios – de la vida comunitaria (comunismo, capitalismo, cooperativismo, sindicalismo, solidarismo, hermandades, comunas, industrialización, ajuste estructural, planeamiento estratégico, administración por objetivos, círculos de calidad, globalización, etc., etc.). Para ello, por supuesto, los apóstoles se tiraron a la calle (adoctrinamiento); pero luego, ante las mayores exigencias de la vida urbana, tuvieron que hacerse maestros. Mas, poco tiempo después, aquella preparación fue insuficiente y entonces crearon universidades (al principio públicas; después privadas en función del lucro desmedido de los hombres mismos) para preparar licenciados, luego doctores, después “masteres”, últimamente PHD (¿qué vendrá después cuando la mayoría alcance este nivel?). Es que la especialización cada vez es más específica (empero, “un generalista es alguien que sabe muy poco de todo y un especialista, en cambio, sabe mucho de muy poco”).
Pero, retomando el hilo desovillado, los apóstoles se regocijaron con la idea de su Dios, idea que resultó eficaz y eficiente... por lo menos hasta que la gente, por su propia convicción y a pesar de las mundanas instancias judiciales – burocráticas, lentas y benévolas, como algunas salas constitucionales latinoamericanas – , empezó a respetar los derechos ajenos para que le respetaran los suyos y no por atrición. Aquí los apóstoles y sus secuaces hicieron una encerrona: les preocupó sobremanera que la moral del ateo fuese más sólida y sincera que la del creyente, pues la de este estaba condicionada a la peregrina esperanza de una vida eterna. Su preocupación llegó al extremo cuando, en las postrimerías del siglo veinte (ese que no termina sino hasta el 31 de diciembre del año 2000), uno de aquellos apóstoles – octogenario probo y sincero – confesó con humildad que, en efecto, lo del cielo e infierno había sido una patraña. Esto decepcionó a más de un feligrés, fundamentalmente a quienes habían aceptado a pie juntillas el precepto religioso. Los mismos que, durante cientos de años, hicieron el bien (solo a algunos y, aún así, con mucha hipocresía) para evitar el infierno y para trascender a la vida eterna. Eran los mismos que, cual dioses omniscientes, condenaban al adúltero (mientras deseaban a la mujer del prójimo), a las prostitutas (mientras las llevaban con sigilo a los moteles), a la pornografía (mientras se deleitaban con películas de no sé cuántas x), a la que abortaba (pero si el hijo de esta nacía, le encaramaban motes ofensivos – patae’banco – o identificaban discriminatoriamente – bastardo, hijo espurio, hijo natural – pues había nacido al margen de sus convencionales instituciones), al ladrón (mientras dejaban de pagar sus propios impuestos), al asesino mientras condecoraban a sus hijos que, en ultramarinas guerras injustificadas, habían dado muerte a chinitos arroceros y a musulmanes patrioteros), al déspota agresor (mientras suscribía bloqueos comerciales en perjuicio de un pueblo hermano por no compartir su ideología), a la tiranía (cuando esta era de izquierda)... Eran los mismos cuyos líderes religiosos, comprometidos con principios solidarios, gozaban de exoneraciones de impuestos, exhibían exclusivos anillos y remodelaban sus templos con fastuosidad mundana. Eran, en fin, los mismos que exudaban incondicional amor al prójimo (mientras, en las fiestas con sus amigos, hacían chistes sobre negros e inmigrantes refugiados, chistes que sus beatas esposas reían estrepitosamente). Sí, de momento se desilusionaron, pero pronto reafirmaron sus convenientes convicciones en vista de la bondad del dogma de la confesión (“borrón y cuenta nueva”).
Comoquiera, ya era demasiado tarde... La mayoría comprendió que, por siglos, había sido víctima de su propia estulticia y empezaron a rebelarse. Solo entonces comprendieron que había sido una arrogancia considerarse el centro de la creación, que había sido una ingenuidad adorar iconos pintarrajeados, que había sido una injusticia irrespetar a su prójimo, que había sido una estupidez desdeñar el proceso evolutivo, que había sido una ridícula prepotencia considerarse hecho a imagen y semejanza de su Dios, que había sido... el hazmerreír de otras culturas extraterrenas.
Entonces, ¿no es divina la creación? Bueno – y esto es un buen corolario –, si el hombre fuese imperfecto, como en realidad lo es, sería decepcionante atribuirle su responsabilidad a Dios. Si Dios lo hizo así a propósito, para juzgar su libre albedrío, sería injusto cuestionarle a alguien su incredulidad. Si Dios hizo al mundo y a las especies, habría sido un desperdicio injustificado el haber consentido que los dinosaurios reinaran durante un tiempo mucho mayor que el que ha reinado el hombre (por lo menos hasta ahora). Si Dios hizo el universo tan complejo, sería ingenuo considerar que no haya vida en otros planetas, en otras galaxias. Si hay vida extraterrena, sería vanidoso e ilógico suponerla idéntica a la nuestra. Si existen otros seres inteligentes diferentes al hombre, sería ridículo suponer que su idea de Dios sea la misma nuestra (¿no que también ellos fueron hechos a su imagen y semejanza?) Pero, fundamental, ¿qué es Dios? Pues este es el quid y no el carácter divino de la creación. Dios podrá ser solo una idea fabulosa del hombre y, aún así, la creación sería siempre divina en función de nuestra propia ignorancia... al menos hasta que alguien, fehacientemente, dilucide el origen del universo. Para entonces la evolución habrá sustituido al hombre como rector de la vida terrestre y ya será otra especie la que se atribuya su semejanza con un Dios muy diferente al que concibieron los humanos.

Adrián Rodríguez Solórzano. Escritor costarricense nacido en San Ramón (1946) y residente en San José. Es contador público de profesión. Ha publicado La parábola del círculo vicioso (Progreso Editorial, 1995).
http://pro-scrito.blogia.com/temas/ensay​os.php

SIN COMPLICACIONES...ASI de SIMPLE.

(B) Desde la sana convivencia de sentires diversos.PLQHQ.

ME ENCANTA DIOS.

Me encanta Dios. Es un viejo magnifico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega. Y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna y nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe de las manos.
Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero eso a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida -no tú ni yo- la vida sea para siempre.
Ahora los científicos salen con su teoría del Bing Bang... Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.
A mi me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho -frente al ataque de los anbióticos- ¡bacterias mutantes!
Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo y de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble.
Mueve una mano y hace el mar, mueve otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.
Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira.
Es la tierra que cambia -y se agita y crece- cuando Dios se aleja.
Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.
A mí me gusta, a mí me encanta Dios.
Que Dios bendiga a Dios.

- Jaime Sabines
1926 - 1999

La NATURALEZA de la REALIDAD

 (B)

Diálogo entre Rabindranath Tagore y el profesor Albert Einstein, en la tarde del 14 de julio de 1930, en la residencia del profesor Einstein en Kaputh, Berlín.


Einstein: ¿Cree usted en lo divino aislado del mundo?

Tagore: Aislado no. La infinita personalidad del Hombre incluye el Universo. No puede haber nada que no sea clasificado por la personalidad humana, lo cual prueba que la verdad del Universo es una verdad humana. He elegido un hecho científico para explicarlo. La materia está compuesta de protones y electrones, con espacios entre sí, pero la materia parece sólida sin los enlaces interespaciales que unifican a los electrones y protones individuales. De igual modo, la humanidad está compuesta de individuos conectados por la relación humana, que confiere su unidad al mundo del hombre. Todo el universo está unido a nosotros, en tanto que individuos, de modo similar. Es un universo humano. He seguido la trayectoria de esta idea en arte, en literatura y en la conciencia religiosa humana.

Einstein: Existen dos concepciones distintas sobre la naturaleza del Universo:
El mundo como unidad dependiente de la humanidad, y
El mundo como realidad independiente del factor humano
Tagore: Cuando nuestro universo está en armonía con el hombre eterno, lo conocemos como a la verdad, lo aprehendemos como belleza.

Einstein: Esta es una concepción del universo puramente humana.
Tagore: No puede haber otra. Este mundo es un mundo humano, y la visión científica es también la del hombre científico. Por lo tanto, el mundo separado de nosotros no existe; es un mundo relativo que depende,
para su realidad, de nuestra conciencia. Hay cierta medida de razón y de gozo que le confiere certidumbre, la medida del Hombre Eterno cuyas experiencias están contenidas en nuestras experiencias.

Einstein: Esto es una concepción de entidad humana.
Tagore: Sí, una entidad eterna. Tenemos que aprehenderla a través de nuestras emociones y acciones. Aprehendimos al Hombre Eterno que no tiene limitaciones individuales mediadas por nuestras limitaciones.
La ciencia se ocupa de lo que no está restringido al individuo; es el mundo humano impersonal de verdades. La religión concibe esas verdades y las vincula a nuestras necesidades más íntimas, nuestra conciencia individual de la verdad cobra significación universal. La religión aplica valores a la verdad, y sabemos, conocemos la bondad de la verdad merced a nuestra armonía con ella.

Einstein: Entonces, la Verdad, o la Belleza, ¿no son independientes del hombre?
Tagore: No

Einstein: Si no existiera el hombre, el Apolo de Belvedere ya no sería bello.
Tagore: No

Einstein: Estoy de acuerdo con esta concepción de la Belleza, pero no con la de la Verdad.
Tagore: ¿Por qué no? La verdad se concibe a través del hombre.

Einstein: No puedo demostrar que mi concepción es correcta, pero es mi religión.
Tagore: La belleza es el ideal de la perfecta armonía que existe en el Ser Universal; y la Verdad, la comprensión perfecta de la mente universal. Nosotros, en tanto que individuos, no accedemos a ella sino a través de nuestros propios errores y desatinos, a través de nuestras experiencias acumuladas, a través de nuestra conciencia iluminada; ¿cómo si no, conoceríamos la verdad la Verdad?

Einstein: No puedo de mostrar que la verdad científica deba concebirse como verdad válida independientemente de la humanidad, pero lo creo firmemente. Creo, por ejemplo, que el teorema de Pitágoras en geometría afirma algo que es aproximadamente verdad, independientemente de la existencia del hombre. De cualquier modo, si existe una realidad independiente del hombre, también hay una verdad relativa a esta realidad; y, del mismo modo, la negación de aquella engendra la negación de la existencia de ésta.
Tagore: La verdad, que es una con el Ser Universal, debe ser esencialmente humana, si no aquello que los individuos conciban como verdad no puede llamarse verdad, al menos en el caso de la verdad denominada científica y a la que sólo puede accederse mediante un proceso de lógica, es decir, por medio de un órgano reflexivo que es exclusivamente humano. Según la filosofía hindú, existe Brahma, la Verdad absoluta, que no puede concebirse por la mente individual aislada, ni descrita en palabras, y sólo es concebible mediante la absoluta integración del individuo en su infinitud. Pero es una verdad que no puede asumir la ciencia. La naturaleza de la verdad que estamos discutiendo es una apariencia - es decir, lo que aparece como Verdad a la mente humana y que, por tanto, es humano, se llama maya o ilusión.

Einstein: Luego, según su concepción, que es la concepción hindú, no es la ilusión del individuo, sino de toda la humanidad...
Tagore: En ciencia, aplicamos la disciplina para ir eliminando las limitaciones personales de nuestras mentes individuales y, de este modo acceder a la comprensión de la Verdad que es la mente del Hombre Universal.

Einstein: El problema se plantea en si la Verdad es independiente de nuestra conciencia.
Tagore: Lo que llamamos verdad radica en la armonía racional entre los aspectos subjetivos y objetivos de la realidad, ambos pertenecientes al hombre supra-personal.

Einstein: Incluso en nuestra vida cotidiana, nos vemos impelidos a atribuir una realidad independiente del hombre a los objetos que utilizamos. Lo hacemos para relacionar las experiencias de nuestros sentidos de un modo razonable. Aunque, por ejemplo, no haya nadie en esta casa, la mesa sigue estando en su sitio.
Tagore: Sí, permanece fuera de la mente individual, pero no de la mente universal. La mesa que percibo es perceptible por el mismo tipo de conciencia que poseo.

Einstein: Nuestro punto de vista natural respecto a la existencia de la verdad al margen del factor humano, no puede explicarse ni demostrarse, pero es una creencia que todos tenemos, incluso los seres primitivos. Atribuimos a la Verdad una objetividad sobrehumana, nos es indispensable esta realidad que es independiente de nuestra existencia, de nuestras experiencias y de nuestra mente, aunque no podamos decir qué significa.
Tagore: La ciencia ha demostrado que la mesa, en tanto que objeto sólido, es una apariencia y que, por lo tanto, lo que la mente humana percibe en forma de mesa no existiría si no existiera esta mente. Al mismo tiempo, hay que admitir que el hecho de que la realidad física última de la mesa no sea más que una multitud de centros individuales de fuerza eléctricas en movimiento es potestad también de la mente humana. En la aprehensión de la verdad existe un eterno conflicto entre la mente universal humana y la misma mente circunscrita al individuo. El perpetuo proceso de reconciliación lo llevan a cabo la ciencia, la filosofía y la ética. En cualquier caso, si hubiera alguna verdad totalmente desvinculada de la humanidad, para nosotros sería totalmente inexistente. No es difícil imaginar una mente en la que la secuencia de las cosas no sucede en el espacio, sino sólo en el tiempo, como la secuencia de las notas musicales. Para tal mente la concepción de la realidad es semejante a la realidad musical en la que la geometría pitagórica carece de sentido. Está la realidad del papel, infinitamente distinta a la realidad de la literatura. Para el tipo de mente identificada a la polilla, que devora este papel, la literatura no existe para nada; sin embargo, para la mente humana, la literatura tiene mucho mayor valor que el papel en sí. De igual manera, si hubiera alguna verdad sin relación sensorial o racional con la mente humana, seguiría siendo inexistente mientras sigamos siendo seres humanos.

Einstein: ¡Entonces, yo soy más religioso que usted!
Tagore: Mi religión es la reconciliación del Hombre Suprapersonal, el espíritu humano Universal y mi propio ser individual. Ha sido el tema de mis conferencias en Hibbert bajo el título de "La religión del hombre".

A ver...SILENCIO POR FAVOR, persona pensando. :D...

Publicado por primera vez en el diario "Modern Review" de Calcuta en 1931

Tomado de "Gaceta Literaria Universitaria" N°48, México 2003

MI RELIGION.

(B)
Miguel de Unamuno.


Me escribe un amigo desde Chile diciéndome que se ha encontrado allí con algunos que, refiriéndose a mis escritos, le han dicho: "Y bien, en resumidas cuentas, ¿cuál es la religión de este señor Unamuno?" Pregunta análoga se me ha dirigido aquí varias veces. Y voy a ver si consigo no contestarla, cosa que no pretendo, sino plantear algo mejor el sentido de la tal pregunta.
Tanto los individuos como los pueblos de espíritu perezoso, y cabe pereza espiritual con muy fecundas actividades de orden económico y de otros órdenes análogos, propenden al dogmatismo, sépanlo o no lo sepan, quiéranlo o no, proponiéndose o sin proponérselo. La pereza espiritual huye de la posición crítica o escéptica.
Escéptica digo, pero tomando la voz escepticismo en su sentido etimológico y filosófico, porque escéptico no quiere decir el que duda, sino el que investiga o rebusca, por oposición al que afirma y cree haber hallado. Hay quien escudriña un problema y hay quien nos da una fórmula, acertada o no, como solución de él.
En el orden de la pura especulación filosófica, es una precipitación el pedirle a uno soluciones dadas, siempre que haya hecho adelantar el planteamiento de un problema. Cuando se lleva mal un largo cálculo, el borrar lo hecho y empezar de nuevo significa un no pequeño progreso. Cuando una casa amenaza ruina o se hace completamente inhabitable, lo que procede es derribarla, y no hay que pedir se edifique otra sobre ella. Cabe, sí, edificar la nueva con materiales de la vieja, pero es derribando antes ésta. Entretanto, puede la gente albergarse en una barraca, si no tiene otra casa, o dormir a campo raso.
Y es preciso no perder de vista que para la práctica de nuestra vida, rara vez tenemos que esperar a las soluciones científicas definitivas. Los hombres han vivido y viven sobre hipótesis y explicaciones muy deleznables, y aun sin ellas. Para castigar al delincuente no se pusieron de acuerdo sobre si éste tenía o no libre albedrío, como para estornudar no reflexiona uno sobre el daño que puede hacerle el pequeño obstáculo en la garganta que le obliga al estornudo.
Los hombres que sostienen que de no creer en el castigo eterno del infierno serían malos, creo, en honor de ellos, que se equivocan. Si dejaran de creer en una sanción de ultratumbas no por eso se harían peores, sino que entonces buscarían otra justificación ideal a su conducta. El que siendo bueno cree en un orden trascendente, no tanto es bueno por creer en él cuanto que cree en él por ser bueno. Proposición ésta que habrá de parecer oscura o enrevesada, estoy de ello cierto, a los preguntones de espíritu perezoso.
Y bien, se me dirá, "¿Cuál es tu religión?" Y yo responderé: mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarlas mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. No puedo transigir con aquello del Inconocible, o Incognoscible, como escriben los pedantes, ni con aquello otro de "de aquí no pasarás". Rechazo el eterno ignorabimus. Y en todo caso, quiero trepar a lo inaccesible.
"Sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto", nos dijo el Cristo, y semejante ideal de perfección es, sin duda, inasequible. Pero nos puso lo inasequible como meta y término de nuestros esfuerzos. Y ello ocurrió, dicen los teólogos, con la gracia. Y yo quiero pelear mi pelea sin cuidarme de la victoria. ¿No hay ejércitos y aun pueblos que van a una derrota segura? ¿No elogiamos a los que se dejaron matar peleando antes que rendirse? Pues ésta es mi religión.
Ésos, los que me dirigen esa pregunta, quieren que les dé un dogma, una solución en que pueda descansar el espíritu en su pereza. Y ni esto quieren, sino que buscan poder encasillarme y meterme en uno de los cuadriculados en que colocan a los espíritus, diciendo de mi: es luterano, es calvinista, es católico, es ateo, es racionalista, es místico, o cualquier otro de estos motes, cuyo sentido claro desconocen, pero que les dispensa de pensar más. Y yo no quiero dejarme encasillar, porque yo, Miguel de Unamuno, como cualquier otro hombre que aspire a conciencia plena, soy una especie única. "No hay enfermedades, sino enfermos", suelen decir algunos médicos, y yo digo que no hay opiniones, sino opinantes.
En el orden religioso apenas hay cosa alguna que tenga racionalmente resuelta, y como no la tengo, no puedo comunicarla lógicamente, porque sólo es lógico y transmisible lo racional. Tengo, sí, con el afecto, con el corazón, con el sentimiento, una fuerte tendencia al cristianismo sin atenerme a dogmas especiales de esta o de aquella confesión cristiana. Considero cristiano a todo el que invoca con respeto y amor el nombre de Cristo, y me repugnan los ortodoxos, sean católicos o protestantes, éstos suelen ser tan intransigentes como aquéllos— que niegan cristianismo a quienes no interpretan el Evangelio como ellos. Cristiano protestante conozco que niega el que los unitarios sean cristianos.
Confieso sinceramente que las supuestas pruebas racionales, la ontológica, la cosmológica, la ética, etcétera, de la existencia de Dios no me demuestran nada; que cuantas razones se quieren dar de que existe un Dios me parecen razones basadas en paralogismos y peticiones de principio. En esto estoy con Kant. Y siento, al tratar de esto, no poder hablar a los zapateros en términos de zapatería.
Nadie ha logrado convencerme racionalmente de la existencia de Dios, pero tampoco de su no existencia; los razonamientos de los ateos me parecen de una superficialidad y futileza mayores aún que los de sus contradictores. Y si creo en Dios, o, por lo menos, creo creer en Él, es, ante todo, porque quiero que Dios exista, y después, porque se me revela, por vía cordial, en el Evangelio y a través de Cristo y de la Historia. Es cosa de corazón.
Lo cual quiere decir que no estoy convencido de ello como lo estoy de que dos y dos hacen cuatro.
Si se tratara de algo en que no me fuera la paz de la conciencia y el consuelo de haber nacido, no me cuidaría acaso del problema; pero como en él me va mi vida toda interior y el resorte de toda mi acción, no puedo aquietarme con decir: ni sé ni puedo saber. No sé, cierto es; tal vez no pueda saber nunca, pero "quiero" saber. Lo quiero, y basta.
Y me pasaré la vida luchando con el misterio y aun sin esperanza de penetrarlo, porque esa lucha es mi alimento y es mi consuelo. Sí, mi consuelo. Me he acostumbrado a sacar esperanza de la desesperación misma. Y no griten ¡Paradoja! los mentecatos y los superficiales.
No concibo a un hombre culto sin esta preocupación, y espero muy poca cosa en el orden de la cultura, y cultura no es lo mismo que civilización, de aquellos que viven desinteresados del problema religioso en su aspecto metafísico y sólo lo estudian en su aspecto social o político. Espero muy poco para el enriquecimiento del tesoro espiritual del género humano de aquellos hombres o de aquellos pueblos que por pereza mental, por superficialidad, por cientificismo, o por lo que sea, se apartan de las grandes y eternas inquietudes del corazón. No espero nada de los que dicen: "¡No se debe pensar en eso!"; espero menos aún de los que creen en un cielo y un infierno como aquel en que creíamos de niños, y espero todavía menos de los que afirman con la gravedad del necio: "Todo eso no son sino fábulas y mitos; al que se muere lo entierran, y se acabó". Sólo espero de los que ignoran, pero no se resignan a ignorar; de los que luchan sin descanso por la verdad y ponen su vida en la lucha misma más que en la victoria.
Y lo más de mi labor ha sido siempre inquietar a mis prójimos, removerles el poso del corazón, angustiarlos, si puedo. Lo dije ya en mi Vida de Don Quijote y Sancho, que es mi más extensa confesión a este respecto. Que busquen ellos, como yo busco; que luchen, como lucho yo, y entre todos algún pelo de secreto arrancaremos a Dios, y, por lo menos, esa lucha nos hará más hombres, hombres de más espíritu.
Para esta obra, obra religiosa, me ha sido menester, en pueblos como estos pueblos de lengua castellana, carcomidos de pereza y de superficialidad de espíritu, adormecidos en la rutina del dogmatismo católico o del dogmatismo librepensador o cientificista, me ha sido preciso aparecer unas veces impúdico e indecoroso, otras duro y agresivo, no pocas enrevesado y paradójico. En nuestra menguada literatura apenas se le oía a nadie gritar desde el fondo del corazón, descomponerse, clamar. El grito era casi desconocido. Los escritores temían ponerse en ridículo. Les pasaba y les pasa lo que a muchos que soportan en medio de la calle una afrenta por temor al ridículo de verse con el sombrero por el suelo y presos por un polizonte. Yo, no; cuando he sentido ganas de gritar, he gritado. Jamás me ha detenido el decoro. Y ésta es una de las cosas que menos me perdonan estos mis compañeros de pluma, tan comedidos, tan correctos, tan disciplinados hasta cuando predican la incorrección y la indisciplina. Los anarquistas literarios se cuidan, más que de otra cosa, de la estilística y de la sintaxis. Y cuando desentonan lo hacen entonadamente; sus desacordes tiran a ser armónicos.
Cuando he sentido un dolor, he gritado, y he gritado en público. Los salmos que figuran en mi volumen de Poesías no son más que gritos del corazón, con los cuales he buscado hacer vibrar las cuerdas dolorosas de los corazones de los demás. Si no tienen esas cuerdas, o si las tienen tan rígidas que no vibran, mi grito no resonará en ellas, y declararán que eso no es poesía, poniéndose a examinarlo acústicamente. También se puede estudiar acústicamente el grito que lanza un hombre cuando ve caer muerto de repente a su hijo, y el que no tenga ni corazón ni hijos, se queda en eso.
Esos salmos de mis Poesías, con otras varias composiciones que allí hay, son mi religión, y mi religión cantada, y no expuesta lógica y razonadamente. Y la canto, mejor o peor, con la voz y el oído que Dios me ha dado, porque no la puedo razonar. Y el que vea raciocinios y lógica, y método y exégesis, más que vida, en esos mis versos porque no hay en ellos faunos, dríades, silvanos, nenúfares, "absintios" (o sea ajenjos), ojos glaucos y otras garambainas más o menos modernistas, allá se quede con lo suyo, que no voy a tocarle el corazón con arcos de violín ni con martillo.
De lo que huyo, repito, como de la peste, es de que me clasifiquen, y quiero morirme oyendo preguntar de mí a los holgazanes de espíritu que se paren alguna vez a oírme: "Y este señor, ¿qué es?" Los liberales o progresistas tontos me tendrán por reaccionario y acaso por místico, sin saber, por supuesto, lo que esto quiere decir, y los conservadores y reaccionarios tontos me tendrán por una especie de anarquista espiritual, y unos y otros, por un pobre señor afanoso de singularizarse y de pasar por original y cuya cabeza es una olla de grillos. Pero nadie debe cuidarse de lo que piensen de él los tontos, sean progresistas o conservadores, liberales o reaccionarios.
Y como el hombre es terco y no suele querer enterarse y acostumbra después que se le ha sermoneado cuatro horas a volver a las andadas, los preguntones, si leen esto, volverán a preguntarme: "Bueno; pero ¿qué soluciones traes?" Y yo, para concluir, les diré que si quieren soluciones, acudan a la tienda de enfrente, porque en la mía no se vende semejante artículo. Mi empeño ha sido, es y será que los que me lean, piensen y mediten en las cosas fundamentales, y no ha sido nunca el de darles pensamientos hechos. Yo he buscado siempre agitar, y, a lo sumo, sugerir, más que instruir. Si yo vendo pan, no es pan, sino levadura o fermento.
Hay amigos, y buenos amigos, que me aconsejan me deje de esta labor y me recoja a hacer lo que llaman una obra objetiva, algo que sea, dicen, definitivo, algo de construcción, algo duradero. Quieren decir algo dogmático. Me declaro incapaz de ello y reclamo mi libertad, mi santa libertad, hasta la de contradecirme, si llega el caso. Yo no sé si algo de lo que he hecho o de lo que haga en lo sucesivo habrá de quedar por años o por siglos después que me muera; pero se que si se da un golpe en el mar sin orillas las ondas en derredor van sin cesar, aunque debilitándose. Agitar es algo. Si merced a esa agitación viene detrás otro que haga algo duradero, en ello durará mi obra.
Es obra de misericordia suprema despertar al dormido y sacudir al parado, y es obra de suprema piedad religiosa buscar la verdad en todo y descubrir dondequiera el dolo, la necedad y la inepcia.
Ya sabe, pues, mi buen amigo el chileno lo que tiene que contestar a quien le pregunte cuál es mi religión. Ahora bien; si es uno de esos mentecatos que creen que guardo ojeriza a un pueblo o una patria cuando le he cantado las verdades a alguno de sus hijos irreflexivos, lo mejor que puede hacer es no contestarles.

Salamanca, 6 de noviembre de 1907.
Mi religión y otros ensayos, 1910.