Mostrando entradas con la etiqueta LEYENDAS Y COSICAS VARIAS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta LEYENDAS Y COSICAS VARIAS. Mostrar todas las entradas

EL EXTRAÑO IMBUNCHE.


El Imbunche o Machucho de la Cueva es un personaje antropomorfo contrahecho. Criado completamente desnutrido y mal alimentado. Tiene la pierna derecha quebrada y pegada a la espalda. De este modo se imposibilita su huida cuando pequeño, y más tarde se impide su alejamiento de la Cueva, de la cual es guardián.
Se trata de un niño regalado a la Mayoría por su padre brujo, o bien raptado del seno de alguna familia para destinarlo a la custodia de la Cueva. En su crianza se le suministra leche de "gata" (nodriza india); más tarde, carne de "cabrito" (párvulo) y, en su edad adulta, de "chivo" (individuo adulto).
El Imbunche no habla, sólo emite sonidos guturales, ásperos, muy desagradables. Su alimentación corre a cargo de los brujos. Unicamente en caso de escasear demasiado, se le permite salir en tres pies a buscarla en las inmediaciones. Durante estas pequeñas salidas va profiriendo sus alaridos, aterrorizando a cuantos lo oyen. De esta manera, nadie se atreve a mirarlo. Los únicos que pueden verlo sin peligro son precisamente los brujos.
Hay ocasiones en que el Imbunche debe salir a otros distritos. Esto sucede en los casos en que la Mayoría celebra reunión en una localidad distinta a su aquelarre habitual, o bien cuando debe indicar el domicilio de alguien a quien debe "tirársele un mal malo". Para cumplir tal misión se hace transportar en el aire entre dos brujos expertos en esta clase de vuelos tripulados.
La creencia en el Imbunche es una manera de explicar el desaparecimiento de muchachitos de sus hogares o de justificar la presencia de niños mal conformados, contrahechos algunos de ellos, por desgracia, verdaderos fenómenos congénitos, a quienes a veces se los mantiene semiocultos y a los cuales la jerga popular designa con el nombre de "naciones", es decir, fenómenos de nacimiento.
Es digna de hacer notar la evidente concordancia del papel encomendado al Imbunche, debido a su extraña con formación anormal, con las prácticas establecidas en la jerarquía de la religión incásica. Esta prefería, por ejemplo, para guardias de sus santuarios o templos, a individuos con alguna anomalía física visible.
"Entraban al servicio de los templos -dice Louis Baudin- todos los individuos que presentaban carácter singular, sea en su persona (epilépticos), sea en razón de circunstancias particulares de su nacimiento o de su vida (niños que habían sacado primero los pies al nacer o que habían sido paridos durante una tormenta; gemelos, estropeados de nacimiento; indios tocados por el rayo sin haber sido muertos). Se encuentra en esto la concepción que forma la base del culto a los huaca de que hemos hablado: la divinización de las anomalías"...
En la actualidad aún perdura, en cierto sentido, la creencia en el valor sobrenatural de las anormalidades, como puede apreciarse en la fe en el trébol de cuatro hojas; en la suerte atribuida al encuentro con jorobados, a las propiedades especiales de las hijas "huemas" (primogénitas) para fletas, a las bondades curativas de las piedras encontradas en el estómago de algunos animales, al poder milagrero de las animitas de personas fallecidas trágicamente, al augurio del gato negro, etc. Todavía es frecuente el dicho: "nació de pies".
Es muy probable que también este mismo principio haya influido en la veneración de las vacas sagradas de India, y del buey Apis, en Egipto. Como asimismo puede existir alguna relación con el viejo ritual etrusco, según el cual Rómulo trazó los contornos sagrados de Roma con cual iban uncidos un buey enteramente blanco y de igual color. ¿Qué de extraño tendría que el Imbunche fuese también una creación debida a este mismo principio de divinización de las anomalías en que está basada la fe en los "huaca"?
La superstición en torno a los seres anormales puede apreciarse en la reacción instintiva de miedo experimentada por los niños ante la presencia de individuos baldados. Lo mismo se observa ante una persona vestida en forma estrafalaria.
La Cueva, lugar secreto reservado a los Butas, para quienes la impunidad es imprescindible, a más de ser sitios estratégicos, necesita de un guardián más que un cancerbero. De ahí el aspecto terrorífico del Imbunche, privado del uso de la palabra y condenado a andar sólo en tres pies.

Fuente: Narciso García Barría, "El Imbunche", en Tesoro mitológico del archipiélago de Chiloé, Santiago, Editorial Andrés Bello, 1989, pp.109-112. (extraído textualmente)

LOS AMANTES DE TERUEL.


La historia o leyenda de los Amantes de Teruel cuenta la historia de amor entre dos jóvenes turolenses, Isabel de Segura y Juan Martínez de Marcilla, conocido a partir de las recreaciones del teatro barroco como Diego. Desde 1996 se celebra en Teruel, como recordatorio de la tradición, la festividad de Las Bodas de Isabel de Segura.

Cuenta la leyenda que en los primeros años del siglo XIII vivían en la ciudad de Teruel Juan de Marcilla e Isabel de Segura, cuya temprana amistad se convirtió pronto en amor. No querido por la familia de Isabel, debido a que carencia de bienes, el pretendiente consiguió un plazo para enriquecerse. Así pues, partió a la guerra y regresó a Teruel justo cuando había expirado el plazo. Para entonces, Isabel ya era esposa de un hermano del señor de Albarracín. Pese a tal hecho, Juan logró entrevistarse con Isabel en su casa y le pidió un beso; ella se lo negó y el joven murió de dolor. Al día siguiente se celebró el funeral del joven en San Pedro; entonces, una mujer enlutada se acercó al féretro: era Isabel, que quería dar al difunto el beso que le negó en vida; la joven posó sus labios sobre los del muerto y repentinamente cayó muerta junto a él.

Imagen: Detalle de las manos del monumento funerario a los amantes de Juan de Ávalos.

Fuente: Wikipedia. Aportado por Adams Calvo, Gracias!

LEYENDA MAPUCHE. EL PEHUEN.



Desde siempre Nguenechén hizo crecer al Pehuén en los grandes bosques donde habitaban las tribus, pero la che (gente) no comía piñones porque creía que eran peligrosos. Además lo consideraban árbol sagrado y lo veneraban rezando a su sombra, ofreciéndole regalos tales como: carne, sangre, humo, etc.
También le hablaban y le confesaban sus malas acciones.
Pero ocurrió que en toda la comarca hubo unos años de gran escasez de alimentos y los ancianos y niños morían de hambre.

Ante esta situación, los jóvenes marcharon lejos en busca de algo para darle de comer a su pueblo: bulbos de amancay, hierbas, bayas, raíces y carne de animales silvestres. Pero todos volvían con las manos vacías. Parecía que Dios no escuchaba el clamor de su pueblo.

Pero Nguenechén no los abandonó…. sucedió que cuando uno de los jóvenes volvía desalentado, se encontró con un anciano de larga barba blanca que le preguntó qué buscaba.

- Algún alimento para mis hermanos de la tribu que se mueren de hambre, por desgracia no he encontrado nada. –contestó el joven. – Y tantos piñones que ves por el piso bajo los pehuenes, ¿no son comestibles?- interrogó el anciano.
-Los frutos del árbol sagrado son venenosos abuelo – inquirió el joven.

El hombre mayor declaró: – Hijo, de ahora en adelante los recibiréis de alimentos como un don de Nguenechen. Hervidlos para que se ablanden, o tostadlos al fuego y tendréis un manjar delicioso. Haced buen acopio, guardadlos en silos subterráneos y tendréis comida todo el invierno.

Dicho esto, el anciano desapareció. El joven siguiendo su consejo recogió en su manto gran cantidad de piñones y los llevó al cacique de la tribu explicándole lo sucedido.
Enseguida se reunieron todos y el jefe contó lo acaecido, hablándoles así: – Nguenechen ha bajado a la tierra para salvarnos. Seguiremos su consejo y nos alimentaremos del fruto del árbol sagrado, que sólo a él pertenece.
Enseguida comieron en abundancia piñones hervidos, haciendo una gran fiesta.

Desde entonces desapareció la escasez y todos los años cosechaban gran cantidad de piñones que guardaban bajo tierra para que se mantengan frescos durante mucho tiempo.

Aprendieron también a fabricar con los piñones el Cahuí, bebida fermentada. Cada día al amanecer, con un piñón en la mano o una ramita de pehuén, rezan mirando al sol: «a ti debemos la vida y te rogamos a ti, el grande, a ti nuestro padre, que no dejes morir los pehuenes.
Deben propagarse como se propagan nuestros descendientes, cuya vida te pertenece, como te pertenecen los árboles sagrados».

El Pehuén: la araucaria es árbol típico del Neuquén y figura en el escudo provincial. Su hábitat se extiende desde Copahue hasta el Lago Huechulafquen. Puede alcanzar los cuarenta metros de altura y tiene forma de pirámide cuando es joven y más tarde de una enorme sombrilla. Es de crecimiento muy lento, sus ramas son un poco arqueadas hacia arriba, con hojas duras y punzantes. Los mapuches lo consideran árbol sagrado. Con algunas de sus ramas formaban el Rahue (altar), en su Nguillatún (rogativa).

Fuente: http://www.neuquentur.gob.ar/comunidades-mapuche/1571/leyendas-del-pueblo-mapuche

LA LEYENDA DEL ÑANDU.

(De origen Guaraní)

Hace muchos, muchísimos años, habitaba en tierras mendocinas una gran tribu de indígenas muy buenos, hospitalarios y trabajadores.

Ellos vivían en paz, pero un buen día se enteraron que del otro lado de la cordillera y desde el norte de la región se acercaban aborígenes feroces, guerreros, muy malos.

Pronto, los invasores rodearon la tribu de los indios buenos, quienes decidieron pedir ayuda a un pueblo amigo que vivía en el este.

Pero para llevar la noticia, era necesario pasar a través del cerco de los invasores, y ninguno se animaba a hacerlo.

Por fin, un muchacho como de veinte años, fuerte y ágil, que se había casado con una joven de su tribu no hacía más de un mes, se presentó ante su jefe, resuelto a todo, se ofreció a intentar la aventura, y después de recibir una cariñosa despedida de toda la tribu, muy de madrugada, partió en compañía de su esposa.

Marchando con el incansable trotecito indígena, marido y mujer no encontraron sino hasta el segundo día, las avanzadas enemigas.

Sin separarse ni por un momento y confiados en sus ágiles piernas, corrían, saltaban, evitaban los lazos y boleadoras que los invasores les lanzaban.

Perseguidos cada vez de más cerca por los feroces guerreros, siguieron corriendo siempre, aunque muy cansados, hacia el naciente.

Y cuando parecía que ya iban a ser atrapados, comenzaron a sentirse más livianos; de pronto se transformaban.

Las piernas se hacían más delgadas, los brazos se convertían en alas, el cuerpo se les cubría de plumas. Los rasgos humanos de los dos jóvenes desaparecieron, para dar lugar a las esbeltas formas de dos aves de gran tamaño: quedaron convertidos en lo que, con el tiempo. se llamó ñandú.

A toda velocidad, dejando muy atrás a sus perseguidores, llegaron a la tribu de sus amigos.

Éstos, alertados, tomaron sus armas y se pusieron en marcha rápidamente.

Sorprendieron a los invasores por delante y por detrás. y los derrotaron, obligándolos a regresar a sus tierras.

Y así cuenta la leyenda que fue como apareció el ñandú sobre la Tierra.

EL ARBOL DE ZAPATOS.


Se trata de un viejo álamo que se ubica al borde de la carretera a unos pocos metros de la gasolinera, cerca de Middlegate, Nevada. Cuenta la historia que hasta allí llegó una pareja de recién casados enfadados por haber perdido todo su dinero en los juegos de azar.

La mujer, cansada de discutir con su esposo, amenazó con devolverse a pie hasta su casa. Su esposo, conociendo a su mujer y sabiendo que cuando a ésta se le metía algo en la cabeza no había quien la detuviera, cogió los zapatos de ella y los lanzó a la rama más alta del árbol, gritándole que si quería volver andando lo tendría que hacer descalza.

Horas más tarde, cada uno seguía sin dar su brazo a torcer, hasta que una anciana del lugar que presencio el hecho, intervino y convencio al marido de que si no hacía algo, toda su vida sería una continua pelea, “Vuelve y dile a tu mujer que todo ha sido culpa tuya“. El hombre se dejó convencer y la pareja hizo las paces. En señal de solidaridad el esposo lanzó también sus zapatos al árbol.

Un año después volvieron al sitio con su hijo y tambien lanzaron los zapatos del pequeño. Muchos desde entonces han imitado a los primeros lanzadores, hasta el punto de que ahora, hay más zapatos que hojas colgando de las ramas de este curioso árbol.

Extraído de http://www.yalosabes.com/

EL VELO DE LA NOVIA. (Cataratas del Iguazú)

Leyenda guaraní

La exuberante vegetación de la selva tropical envuelve el paisaje con el embrujo de su magnifica belleza.

Los árboles elevan sus copas al cielo en isipós, helechos y bejucos, y se mezclan y se entrecruzan unos con otros en cascadas de verdes intensos, de amarillos, de sepias y de pardos.

El duro lapacho cubierto de flores violáceas, el peteribí festoneado de pétalos blancos, el jacarandá que luce su floración añil, el ivirá pitá con su manto de corolas amarillas, y los cedros, los algarrobos, los quebrachos y los timbós, que forman la abigarrada selva, son cuna y sostén de las maravillosas orquídeas que, en múltiples formas y coloridos hermosos, se ofrecen con profusión a los ojos admirados de los que llegan a gozar de belleza tan extraordinaria.

Y junto a esta hermosura de formas y de colores, el magnífico espectáculo del río, del Iguazú, del Agua Grande, como bien lo nombraron los primitivos habitantes de la región.
Fue en tiempos de los guaraníes, precisamente, hace muchísimos años, tantos que no se podría determinar su número.

En ese marco de soberbia belleza, en una choza levantada junto a la orilla, defendida por los colosos de la selva, vivía Panambí con su madre.

Tan bonita y tenue como mariposas que en vuelo raudo cruzaban la floresta, era esta Panambí de la leyenda.
Bonita, muy joven, de grandes y expresivos ojos negros y lacio y brillante cabello, vivía gozando de los dones que le brindaba la naturaleza.
Su voz armoniosa se desgranaba en dulces melodías, cuando, dirigiendo la frágil canoa, llevando su cesto tejido con fibras de yuchán, iba en busca de apetitosos frutos o de exquisita miel silvestre, de camoatí o de lechiguana.
Su madre la oía desde lejos y distinguía su voz cristalina destacándose del ruido que hacía el agua al precipitarse desde la altura y de los trinos de los pájaros que cantaban en la fronda...
Panambí llegaba fresca y armoniosa, con su cesto repleto de provisiones. Era una flor más, entre las flores de la selva y su sonrisa constante reflejaba su amor a la vida, su alegría de vivir.
Un día, como tantos otros, Panambí, con su cesto enlazado en el brazo, llegó hasta la orilla donde se hallaba amarrada la canoa.
Desató el cordel que sujetaba la canoa; tomó la pala y a los pocos instantes, manejada con pericia, la embarcación se deslizaba por las aguas tranquilas en dirección a su oga.
Volvía del grupo de islas a las que había llegado en busca de frutos y de miel de camoatí. Allí el río era ancho y la corriente muy suave. El crepúsculo teñía de rojo, violado y oro, las nubes y las aguas.
La vegetación de las orillas, erguida o inclinada sobre el río, ponía un marco de verdes diversos en el paisaje.
A mitad de camino se cruzó con otra canoa. La dirigía un indio joven, desconocido para ella, que la miró, con curiosidad primero, con interés, luego.
El indio, apuesto, de piel cobriza y brillante, de cuerpo recio y brazos fuertes, impulsaba la canoa con movimientos firmes y precisos.
Al pasar cerca de la doncella, clavó sus ojos dominadores en la dulce Panambí y una gran admiración se pintó en ellos.
La niña quedó como hipnotizada, incapaz de separar su vista del desconocido que así la había impresionado.
Continuó mirándolo en la misma forma hasta verlo desaparecer en la lejanía. Por un momento quedó inmóvil, en medio del río, la canoa mecida suavemente por el vaivén de las aguas.
Cuando volvió a la realidad, la luna había extendido su manto de plata y se reflejaba en el río dibujando una estela brillante.
Pensando en su madre que la esperaría ansiosa, dio a la pala un impulso vigoroso y la canoa surcó las aguas con rapidez.
Al llegar a su cabaña, tal como se lo figuraba, la madre la esperaba afligida.
- ¿Qué te ha sucedido, Panambí? ¿Cómo vuelves tan tarde? - le preguntó.
- No sé... madre... - respondió la niña con mirada ausente.
La madre la miró sorprendida. Una expresión desconocida, como ausente, se pintaba en el semblante de la niña. Por eso, alarmada, insistió:
-¿Qué te ha sucedido, Panambí? ¿No habrás hallado, por ventura, a Pyra-yara?
La niña la miró con mirada turbada y nada respondió. Ella misma no sabía lo que sucedía: pero eso si, sabía que no estaba como siempre.
El recuerdo del apuesto muchacho que viera en el río, no la abandonó desde entonces.
Si caminaba sobre la tierra rojiza que formaba los senderos, o marchaba por la selva separando helechos e isipós para poder pasar, o recostada en su hamaca miraba al cielo azul, o junto a la orilla mojaba sus pies en el agua clara que lamía la playa, la imagen del desconocido estaba siempre ante ella como un ser sobrenatural que la hubiera hechizado.
Sólo ansiaba que llegara la tarde para tomar su canoa y marchar a las islas, con la esperanza de volverlo a ver.
Y cada tarde y cada crepúsculo, el encuentro se repitió durante mucho tiempo.
Una noche, la paz reinaba en la selva y en la cabaña de la orilla, cuando se oyó, viniendo del río, un ruido de remos que hendían las aguas. Estas, a su contacto, se agitaban y se encrespaban, levantándose en olas que golpeaban con furia en la playa.
Panambí tuvo un sobresalto y se despertó como al conjuro de un mandato ineludible.
Abandonó la hamaca tejida, de algodón, donde hallaba descansando, y corrió a la orilla atraída por el llamado del desconocido que en ese instante pasaba con su canoa frente a la niña.
Panambí miraba absorta hacia el medio del río.
La misma fuerza que la impulsó hasta allí la condujo hacia el lugar donde se había detenido la canoa.
Al introducir sus pies en el río, éste se calmó y una superficie de aguas mansas y tranquilas la invitó a llegar hasta la embarcación que esperaba.
Panambí, inconsciente, obedeció a la fuerza poderosa que la dominaba y entró en el agua, la mirada fija en un punto lejano...
Las aguas, bajas al principio, sólo taparon sus pies, pero a medida que se internaba en ellas, iban cubriendo todo su cuerpo hasta que en un instante, sin notarlo siquiera, con la visión del apuesto guerrero que aún la esperaba, Panambí se hundió en las aguas que la envolvieron con su manto de cristal.
Poco después, el cuerpo exánime de la doncella, llevado por las aguas, aparecía junto a Pyra-yara, que no otro era el extraño ocupante de la embarcación.
El Dueño del río y de los peces, la tomó entre sus brazos fuertes y colocó el cuerpo sin vida en una balsa de juncos y tacuaras que flotaba amarrada a la popa de su canoa.
Con tan delicado botín, dirigió su embarcación hacia el lugar donde las aguas, al despeñarse en el abismo, formaban una enorme caída.
Los cabellos de Panambí, fuera de la balsa, marcaban una estela oscura en las aguas del río.
Navegaron durante algunos instantes, hasta que un ruido sordo e impotente, anunció la proximidad de la caída.
Al llegar, la canoa dirigida por Pyra-yara, apenas apoyada en las aguas, cayó al abismo formando un todo con la masa líquida, para seguir allí abajo el curso del río, como si no hubiera tenido que pasar semejante obstáculo, demostrando con ello su naturaleza sobrehumana.
No sucedió lo mismo con el cuerpo de Panambí que, despedido de la balsa por el potente impulso de la caída, quedó preso entre piedras del gran macizo por donde se volcaban las aguas al abismo, convirtiéndose en piedra ella misma y guardando sus formas humanas.

Un chorro de agua muy blanca y muy tenue se desliza desde entonces por su cabeza y cubre su cuerpo de piedra semejando un velo de novia que se deshace en gotitas de cristal antes de volver a formar parte del caudal del río.
Ese fue el final de Panambí, la enamorada de un imposible, que olvidó que Pyra-yara, Dueño del río y de los peces, es incapaz, por ser esencia divina, de amar a ninguna mujer sobre la tierra.

LOS DIOSES DE LA LUZ

(Leyenda Mapuche)

Antes de que los Mapuches descubrieran cómo hacer el fuego, vivían en grutas de la montaña a las que llamaban "casas de piedra".
Temerosos de las erupciones volcánicas y de los cataclismos, sus dioses y sus demonios eran luminosos. Entre estos, el poderoso Cheruve. Cuando se enojaba, llovían piedras y ríos de lava. A veces el Cheruve caía del cielo en forma de aerolito.
Los Mapuches creían que sus antepasados revivían en la bóveda del cielo nocturno. Cada estrella era un antiguo abuelo iluminado que cazaba avestruces entre las galaxias.
El Sol y la Luna daban vida a la Tierra como dioses buenos. Los llamaban Padre y Madre. Cada vez que salía el Sol, los saludaban. La Luna, al parecer cada veintiocho días, dividía el tiempo en meses.
Al no tener fuego, porque no sabían encenderlo, devoraban crudos sus alimentos; para abrigarse en tiempo frío, se apiñaban en las noches con sus animales, perros salvajes y llamas que habían domesticado.
Tenían horror a la oscuridad, era sigo de enfermedad y muerte. Se imaginaban cosas terribles.
En una de esas grutas vivía una familia: Caleu, el padre, Mallén, la madre y Licán, la hijita.
Una noche, Caleu se atrevió a mirar el cielo de sus antepasados y vio un signo nuevo, extraño, en el poniente: una enorme estrella con una cabellera dorada.
Preocupado, no dijo nada a su mujer y tampoco a los indios que vivían en las grutas cercanas.
Aquella luz celestial se parecía a la de los volcanes, ¿traería desgracias?, ¿quemaría los bosques?. Aunque Caleu guardó silencio, no tardaron en verla los demás indios. Hicieron reuniones para discutir qué podría significar el hermosos signo del cielo. Decidieron vigilar por turno junto a sus grutas.
El verano estaba llegando a su fin y las mujeres subieron una mañana muy temprano a buscar frutos de los bosques para tener comida en el tiempo frío.
Mallén y su hijita Licán treparon también a la montaña.
-Traeremos piñones dorados y avellanas rojas -dijo Mallén.
-Traeremos raíces y pepinos del copihue -agregó Licán
La niña acompaño otras veces a su madre en estas excursiones y se sentía feliz.
-Vuelvan antes de que caiga la noche -les advirtió Caleu.
-Si nos sorprende la noche, nos refugiaremos en una gruta que hay allá arriba, en los bosques -lo tranquilizó Mallén.
Las mujeres llevaban canastos tejidos con enredaderas. Parecía una procesión de choroyes, conversando y riendo todo el camino.
Allá arriba había gigantescas araucarias que dejaban caer lluvias de piñones. Y los avellanos lucían sus frutas redondas, pequeñas, rojas unas, color violeta y negras otras, según iban madurando.
No supieron cómo pasaron las horas. El Sol empezó a bajar y cuando se dieron cuenta, estaba por ocultarse. Asustadas, las mujeres se echaron los canastos a la espalda y tomaron a sus niños de la mano.
-¡Bajemos, bajemos! -se gritaban unas a otras.
-No tendremos tiempo. Nos pillará la noche y en la oscuridad nos perderemos para siempre -advirtió Mallén.
-¿Qué haremos entonces? -dijo la abuela Collalla, que no por ser la más vieja, era la más valiente.
-Yo sé donde hay una gruta por aquí cerca, no tenga miedo, abuela -dijo Mallén.
Guió a las mujeres con sus niños por un sendero rocoso. Sin embargo, al llegar a la gruta, ya era de noche. Vieron en el cielo del poniente la gran estrella con su cola dorada.
La abuela Collalla se asustó mucho. -Esa estrella nos trae un mensaje de nuestros antepasados que viven en la bóveda del cielo -exclamó.
Licán se aferró a las faldas de su madre y lo mismo hicieron los demás niños.
-Vamos, entremos a la gruta y dormiremos bien juntas para que se nos pase el miedo -dijo Mallén.
-Eso sería lo mejor, murmuró Collalla, temblorosa.
Ella conocía viejas historias, había visto reventarse volcanes, derrumbarse montañas, inundaciones, incendios de bosques enteros.
No bien entraron a la gruta, un profundo ruido subterráneo las hizo abrazarse invocando al Sol y la Luna, sus espíritus protectores.
Al ruido siguió un espantoso temblor que hizo caer cascajos del techo de la gruta. El grupo se arrinconó, aterrorizado.
Cuando pasó el terremoto, la montaña siguió estremeciéndose como el cuerpo de un animal nervioso.
Las mujeres palparon a sus hijos. Nadie estaba herido. Respiraron un poco y miraron hacia las boca blanquecina de la gruta: por delante de ella cayó una lluvia de piedras que al chocar echaban chispas.
-¡Miren! -gritó Collalla. ¡Piedras de luz! Nuestros antepasados nos mandan este regalo.
Cómo luciérnagas de un instante, las piedras rodaron cerro abajo y con sus chispas encendieron un enorme coihue seco que se erguía al fondo de una quebrada.
El fuego iluminó la noche y las mujeres se tranquilizaron al ver la luz.
-La estrella con su espíritu protector mandó el fuego para que no tengamos miedo -dijo la abuela Collalla riendo.
Niños y mujeres también rieron, aplaudiendo el fuego.
El grupo silencioso contempló las llamas como si fuera el mismo Padre Sol que hubiera venido a acompañarlas.
Se sentaron junto a la gruta, oyendo crepitar las llamas como música desconocida.
Al rato, llegaron los hombres desafiando las tinieblas por buscar a sus niños y mujeres.
Caleu se acercó al incendio y cogió una llama ardiente; los otros lo imitaron y una procesión centelleante bajó de los cerros hasta sus casas.
Por el camino iban encendiendo otras ramas para guiarse.
Al otro día, oyendo el relato de las piedras que lanzaban chispas, los indios subieron a recogerlas y al frotarlas junto a ramas secas, lograron encender pequeñas fogatas.

Habían descubierto el pedernal. Habían descubierto cómo hacer el fuego.
Desde entonces, los Mapuches tuvieron fuego para alumbrar sus noches, calentarse y cocer sus alimentos.

CRONO.


En la mitología griega, Crono era el líder y el más joven de la primera generación de Titanes, descendientes divinos de Gea, la tierra, y Urano, el cielo.
Crono derrocó a su padre y gobernó durante la mitológica edad dorada, hasta que fue derrocado por sus propios hijos, Zeus, Hades y Poseidón, y encerrado en el Tártaro o enviado a gobernar el paraíso de los Campos Elíseos.
Se le solía representar con una hoz o guadaña, que usó como arma para castrar y destronar a su padre, Urano.
En Atenas se celebraba el duodécimo día de cada mes una fiesta llamada Cronia en honor a Crono para celebrar la cosecha, sugiriendo que, como resultado de su relación con la virtuosa edad dorada, seguía presidiendo como patrón de la cosecha.
Crono también fue identificado en la antigüedad clásica con el dios romano Saturno.

Crono envidiaba el poder de su padre y gobernante del universo, Urano. Éste se había ganado la enemistad de Gea, madre de Crono y los demás Titanes, cuando escondió a sus hijos gigantes menores, los Cíclopes de un solo ojo y los Hecatónquiros de cien brazos y cincuenta cabezas, en el Tártaro para que no vieran la luz. Gea creó una gran hoz de pedernal y reunió a Crono y sus hermanos para convencerlos de que matasen a Urano. Solo Crono estuvo dispuesto a cumplir su voluntad, así que Gea le dio la hoz y le hizo tender una emboscada. Cuando Urano se encontró con Gea, Crono le atacó con la hoz y le castró. De la sangre (o, según algunas pocas fuentes, del semen) que salpicó en la Tierra surgieron los Gigantes, las Erinias y las Melias.
Crono arrojó al mar la hoz (que dio origen a la isla de Corfú) y el miembro amputado de Urano, que produjo una espuma de la que emergió Afrodita.
Por esto, Urano juró venganza y llamó a sus hijos titenes (según Hesíodo ‘los que abusan’, la fuente del nombre «Titán», pero esta etimología está discutida) por exceder sus límites y osar cometer tal acto.
En una versión alternativa de este mito, un Crono más benévolo derrocó al malvado Titán serpiente Ofión. Al hacerlo liberó al mundo de su esclavitud y por un tiempo gobernó justamente.
Tras derrotar a Urano, Crono volvió a encerrar en el Tártaro a los Hecatónquiros y los Cíclopes, a quienes temía, y los dejó bajo la custodia de la monstruosa carcelera Campe. Subió al trono junto a su hermana Rea como reyes de los dioses. Esta época del reinado de Crono se denominó la edad dorada, pues la gente de entonces no necesitaba leyes ni reglas: todos hacían lo correcto y no existía la inmoralidad.
Crono supo de Gea y Urano que estaba destinado a ser derrocado por uno de sus propios hijos, como él había derrotado a su padre. Por ello, aunque fue padre con Rea de los dioses Deméter, Hera, Hades, Hestia y Poseidón, se los tragaba tan pronto como nacían.

Cuando iba a nacer su sexto hijo, Zeus, Rea pidió a Gea que urdiese un plan para salvarlos y que así finalmente Crono tuviese el justo castigo a sus actos contra su padre y sus propios hijos. Rea dio a luz en secreto a Zeus en la isla de Creta y entregó a Crono una piedra envuelta en pañales, también conocida como Ónfalos, que éste tragó enseguida sin desconfiar creyendo que era su hijo.
Rea mantuvo oculto a Zeus en una cueva del monte Ida en Creta. Según algunas versiones de la historia, Zeus fue criado por una cabra llamada Amaltea, mientras una compañía de Curetes o Coribantes, bailarines armados, gritaban y daban palmadas para hacer ruido y que así Crono no oyese los llantos del niño. En otras versiones Zeus era criado por una ninfa llamada Adamantea, que lo escondía colgándolo con una cuerda de un árbol, de forma que quedara suspendido entre la tierra, el mar y el cielo (sobre los que gobernaba su padre, Crono). Incluso en otras versiones, Zeus era criado por su abuela Gea; por una ninfa llamada Cinosura, a quien en agradecimiento Zeus subió entre las estrellas tras su muerte; o por Melisa, quien lo alimentó con leche de cabra.

Cuando hubo crecido, Zeus usó un veneno que le dio Gea para obligar a Crono a regurgitar el contenido de su estómago en orden inverso: primero la piedra, que se le dejó a Pitón bajo las cañadas del Parnaso como señal a los hombres mortales, y después al resto de sus hermanos. En algunas versiones, Metis le daba a Crono un emético para obligarle a vomitar los niños, y en otras Zeus abría el estómago de Crono. Tras liberar a sus hermanos, Zeus liberó del Tártaro a los Hecatónquiros y los Cíclopes, quienes forjaron para él sus rayos, el tridente para Poseidón y el caso de oscuridad para Hades. En una gran guerra llamada la Titanomaquia, Zeus y sus hermanos y hermanas derrocaron con la ayuda de los Hecatónquiros y los Cíclopes a Crono y a los otros Titanes. Tras esto, muchos de ellos fueron encerrados en el Tártaro, si bien otros no (como Crono, Epimeteo, Menecio, Océano y Prometeo). Gea engendró al monstruo Tifón para vengar a los encarcelados Titanes, si bien Zeus terminaría venciéndolo.

Fuente: Wikipedia.
Imagen: La castración de Urano, fresco de Giorgio Vasari y Cristofano Gherardi (c. 1560, Sala di Cosimo I, Palazzo Vecchio, Florencia).

LA TIJERETA.

Leyenda guaraní.

Sucedió hace muchísimos años.
Tupá había decidido que las almas de los que morían y que debían llegar al cielo, lo hicieran volando con unas alitas que Él enviaba a la tierra por medio de sus emisarios. Claro que para los mortales esas alitas eran invisibles.
Una vez que el alma llegaba al ibaga, Tupá destinaba esa alma a un ave que Él creaba con tal objeto, de acuerdo a las características que hubiera tenido en vida la persona a quien pertenecía.
En un pueblito guaraní vivía Eíra con su madre. Ésta, que había quedado imposibilitada, dependía para todo de su hija, que a su vez se dedicaba a atenderla y cuidarla, ganándose la vida con su trabajo.
Eíra era costurera, y para tener a mano la yetapá que tantas veces necesitaba, la llevaba colgada a la cintura, sobre su blanco delantal, por medio de un cordón oscuro.
Muy trabajadora y diligente, a Eíra nunca le faltaban vestidos para confeccionar, de manera que era muy común verla con tela y tijera, cortando nuevos trabajos.
Se hubiera dicho que la tijera formaba parte de ella misma. Por la mañana, al levantarse y luego de haberse vestido, lo primero que hacía era atarla a su cintura teniéndola pronta para usarla en cualquier momento.
Viejecita y enferma como estaba, y a pesar de los cuidados que le prodigara, la madre de la laboriosa Eíra murió una noche de invierno, cuando el frío era muy intenso y el viento soplaba con fuerza.
Grande fue la pena de esta hija buena, dedicada siempre y únicamente a su madre y a su trabajo.
Desde ese momento quedó sólo con su tarea, a la que se entregó con más ahínco que nunca tratando de distraerse, porque su pena era muy intensa y la desgracia sufrida la había abatido de tal forma que perdió el deseo de vivir.
La tijera así suspendida acompañaba el ritmo de su paso y brillaba el reflejo de la luz, cuando la costurera se movía de un lugar a otro.
No mucho tiempo después de la muerte de su madre, la dulce y sufrida costurera enfermó de tristeza y de dolor, tan gravemente que no fue posible salvarla.
Eíra había sido siempre buena, excelente hija y laboriosa y diligente en sus tareas, por lo que Tupá llevó su anga al cielo.
Allí creó para albergarla un pájaro de plumaje negro, con la garganta, el pecho y el vientre blancos. Omitió los matices alegres y brillantes considerando que su vida había sido humilde, opaca y oscura, aunque llena de bondad y sacrificio.
Cuando Tupá hubo terminado su obra, Eíra se miró y miró a Tupá como intentando pedirle algo.
El Dios bueno, que conoció su intención, dijo para animarla:
-¿Qué deseas, Eíra? ¿Qué quieres pedirme?
Conociendo la amplia bondad de Tupá, comenzó humilde y avergonzada a pedir... ¡ella que jamás había pedido nada!
-Tupá... Dios bueno que complaces a los que te aman y respetan... yo desearía...
-¿Qué es lo que quisieras, Eíra?
-Tú sabes que durante toda mi vida sólo al trabajo me dediqué y quisiera tener un recuerdo de lo que me ayudó a vivir...
-Dime, entonces... ¿qué es lo que deseas?
-Yo desearía tener una tijerita que me recordara la que tanto usé en mi vida en la tierra y que contribuyó a que sostuviera a mi madre...
Encontró Tupá muy de su agrado el pedido de la muchacha, por la intención que lo inspiraba, y tomando las plumas laterales de la cola las estiró hasta dar a la misma la apariencia de una yetapá, como lo deseara la costurera, otorgándole, además, la propiedad de abrirla y cerrarla a su voluntad, tal como hiciera durante tanto tiempo con la de metal con que cortara las telas.
Por la semejanza, precisamente, que tiene la cola de esta ave con la tijera, la llamamos tijereta.

Vocabulario:

Tupá: Dios bueno.

Ibaga: Cielo.

Eíra: Miel.

Yetapá: Tijera.

Anga: Alma.

Jhuguay: Cola.

Jhuguay-Yetapá: Tijereta

LEYENDA DE LA LAGUNA INCA.


Escondida en las alturas de la Cordillera de los Andes, en Portillo, se encuentra una hermosa laguna que hoy se conoce como Laguna del Inca. Aseguran que sus plácidas aguas color esmeralda se deben a una hermosa y triste historia de amor.
Antes que los españoles llegaran a estas tierras los incas habían extendidos sus dominios hasta las riberas del río Maule. Como se consideraban “hijos del sol”, las altas montañas andinas eran el escenario perfecto para realizar sus rituales y ceremonias religiosas. Según cuenta la leyenda el inca Illi Yupanqui estaba enamorado de la princes Kora-llé, la mujer más hermosa del imperio. Decidieron casarse y el lugar elegido fue una cumbre ubicada a orillas de una clara laguna.
Cuando la ceremonia nupcial (*) concluyó, Kora-llé debía cumplir con el último rito: descender por la ladera del escarpado cerro, ataviada con su traje y joyas, seguida por su séquito. El tramo presentaba grandes riesgos. El camino era estrecho, cubierto de piedrecillas resbalosas y bordeado por profundos precipicios. La hermosa princesa mientras cumplía con la tradición cayó al vacío.
Illi Yupanqui, advertido por los gritos, se echó a correr. Pero el infortunio se había cruzado en el destino de la pareja. Cuando llegó a su lado era tarde. Su amada princesa estaba muerta. Angustiado y lleno de tristeza, el príncipe decidió que Kora-llé merecía un sepulcro único, por lo que hizo que el cuerpo de la princesa fuera depositado en las profundidades de la laguna.Cuando Kora-llé llegó a las profundidades envuelta en blancos linos, el agua mágicamente tomó un color esmeralda, el mismo de los ojos de la princesa.
Se dice que desde ese día la Laguna del Inca está encantada. Hay quienes incluso aseguran que en ciertas noches de plenilunio el alma de Illi Yupanqui vaga por la quieta superficie de la laguna emitiendo lamentos recordando a su amada Kora-llé.

Aportado por Marie Luise von Molke. Gracias!

LEYENDA INCA.

Los hermanos Ayar.

Sobre la montaña Pacaritambo (doce leguas al noroeste de Cuzco) aparecieron los hermanos Ayar, después del gran diluvio que había desvastado todo.
De la montaña llamada "Tampu Tocco" partieron cuatro hombres y cuatro mujeres jóvenes, hermanas y esposas de ellos a la vez.
Eran Ayar Manco y su mujer Mama Ocllo; Ayar Cachi y Mama Cora; Ayar Uchu y Mama Rahua y finalmente, Ayar Auca y su esposa Mama Huaco.
Viendo el estado de las tierras y la pobreza de la gente, los cuatro hombres decidieron buscar un lugar más fértil y próspero para instalarse. Llevaron con ellos a los miembros de diez Ayllus (organización inca que agrupaba diez familias) y se dirigieron hacia el sudeste.

Pero un primer altercado se produjo entre Ayar Cachi, un hombre fuerte y valiente, y los demás. Sus hermanos lo celaban y quisieron matarlo. Con ese plan, le ordenaron volver a las cavernas de Pacarina (se llama así, en quechua, al lugar de los orígenes) a buscar semillas y agua.
Ayar Cachi entró en la caverna de Capac Tocco (ventana principal de la montaña "Tampu Tocco") y el sirviente que lo acompañaba cerró con una gran piedra la puerta de entrada... Ayar Cachi jamás pudo salir de allí.
Los siete hermanos y hermanas restantes, seguidos de los ayllus, prosiguieron su camino y llegaron al monte Huanacauri, donde descubrieron un gran ídolo de piedra con el mismo nombre. Llenos de respeto y de temor frente a este ídolo, entraron al lugar donde se lo adoraba.
Ayar Uchu saltó sobre la espalda de la estatua y quedó enseguida petrificado, haciendo parte en delante de la escultura.
Aconsejó a sus hermanos de seguir el viaje y les pidió que se celebre en su memoria la ceremonia del Huarachico, o "iniciación de los jóvenes".


En el curso del viaje Ayar Auca fue también convertido en estatua de piedra, en la Pampa del Sol. Ayar Manco, acompañado por sus cuatro hermanas, llegó a Cuzco donde encontró buenas tierras; su bastón se hundió con facilidad pero no pudo retirarlo sin esfuerzos, lo cual era una buena señal. Entusiasmados conr el lugar decidieron quedarse allí.
Ayar Manco fundó entonces una ciudad, en nombre del creador Viracocha y en nombre del Sol. Esta ciudad fue Cuzco (ombligo, en quechua), la capital del Tahuantinsuyo (imperio de las cuatro provincias).

La imagen es la ciudad de Cuzco.

PAN


Pan (en griego,‘todo’) era el semidiós de los pastores y rebaños en la mitología griega.

Era especialmente venerado en Arcadia, a pesar de no contar con grandes santuarios en su honor en dicha región. En la mitología romana se identifica a este dios con Fauno.

Pan era, también, el dios de la fertilidad y de la sexualidad masculina desenfrenada. Dotado de una gran potencia y apetito sexual, se dedicaba a perseguir por los bosques, en busca de sus favores, a ninfas y muchachos. En muchos aspectos, el dios Pan tiene cierta similitud con Dioniso.

Era el dios de las brisas del amanecer y del atardecer. Vivía en compañía de las ninfas en una gruta del Parnaso llamada Coriciana. Se le atribuían dones proféticos y formaba parte del cortejo de Dioniso, puesto que se suponía que seguía a éste en sus costumbres. Era cazador, curandero y músico. Habitaba en los bosques y en las selvas, correteando tras las ovejas y espantando a los hombres que penetraban en sus terrenos.

Portaba en la mano el cayado o bastón de pastor y tocaba la Siringa, a la que también se conoce como Flauta de Pan. Le agradaban las fuentes y la sombra de los bosques, entre cuya maleza solía esconderse para espiar a las ninfas.

Se dice que Pan era especialmente irascible si se le molestaba durante sus siestas. Los habitantes de Arcadia tenían la creencia de que, cuando una persona hacía la siesta, no se la podía despertar bajo ningún concepto ya que, de esa forma, se interrumpía el sueño del dios Pan. En este caso, Pan se aproxima a la noción de Demonium Meridianum (Demonio del Mediodía).

Por último, como deidad, Pan representaba a toda la naturaleza salvaje. De esta forma, se le atribuía la generación del miedo enloquecedor. De ahí la palabra pánico que, en principio, significaba el temor masivo que sufrían manadas y rebaños ante el tronar y la caída de rayos.

Pan tiene diecinueve genealogías diferentes.

Según una de las tradiciones, cuando Hermes pastoreaba los rebaños de Driops, tuvo una relación amorosa con una de las hijas de ésta, de la que nació el dios Pan. Según esta teoría, cuando nació, presentaba sus miembros inferiores en forma de macho cabrío y el resto del cuerpo con apariencia de hombre. En la cabeza tenía dos cuernos y su cara era arrugada, con una barbilla prominente, con todo el cuerpo cubierto por una espesa capa de pelo. Se dice que, apenas nacido, escapó a las montañas, donde Hermes tuvo que buscarlo para llevarlo al Olimpo envuelto en una piel de liebre. Una vez allí, lo llamaron Pan, puesto que era la diversión de todos.
Otra de las tradiciones cuenta que Penélope, durante la ausencia de su esposo Odiseo, tuvo varios amantes, quedando encinta de uno de ellos. De esta manera, nació Pan, nombre que significa hijo de todos.
Otras versiones enumeran las tradiciones anteriormente citadas. Se dice que, tras el regreso de sus viajes, Odiseo repudió a Penélope por sus infidelidades y que, una vez abandonada, concibió al dios Pan, fruto de su unión con Hermes.
Otras tradiciones apuntan a que fue hijo de Zeus y de Hybris, de Zeus y Calisto o de Hermes y una ninfa.

Según cuenta Heródoto, unos días antes de la Batalla de Maratón, un mensajero ateniense que volvía de pedir ayuda a Esparta encontró al dios y éste le prometió que vencerían a los persas. Por ello, tras ganar efectivamente la batalla a causa de un súbito pánico en las filas enemigas, fue incluido entre los grandes dioses reconocidos por el estado. En la propia ciudad de Atenas se le consagró una de las grutas de la vertiente Norte de la Acrópolis y se decretó en su honor una fiesta anual donde se realizaban carreras de antorchas.
Los ritos de fertilidad originales fueron asumidos a partir del siglo V por las Bacantes, que duraron hasta bien entrada la Edad Media. Desde entonces, y hasta nuestros días, la imagen tradicional de Pan se asocia con la imagen del diablo (en forma de macho cabrío) y los aquelarres.

Fuentes: Wikipedia. y http://sobreleyendas.com/2008/09/14/el-gran-dios-pan-de-la-mitologia-griega/

GEA.


Gea o Gaya en griego antiguo ‘suelo’ o ‘tierra’; es la diosa primordial que personifica la Tierra en la mitología griega.
Es una deidad primordial y ctónica en el antiguo panteón griego, considerada la Tierra Madre.
Su equivalente en el panteón romano era Terra Mater o Tellus. Los romanos, a diferencia de los griegos, no distinguían sistemáticamente una Titánide Tierra (Tierra) de una diosa del grano, Ceres.

Gea es la madre Tierra de donde surgen todas las razas divinas. Ella nace después de Caos y antes de Eros (el Amor). Ella sola engendró a Urano (el Cielo) que la cubre al igual que Ponto (el mar).
Después se une con Urano y da a luz a los seis titanes: Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Japeto y Cronos. También tuvo a las seis titánides: Tía, Rea, Temis, Mnemósine, Febe y Tetis (madre del héroe Aquiles). Después nacieron los cíclopes (monstruos gigantes con un solo ojo), divinidades relacionadas con el rayo y el trueno. Por último nacieron los Hecatonquiros, seres de cien brazos, gigantescos y violentos.

Urano odiaba a todos sus hijos, por lo que los obligaba a vivir en las profundidades de su madre. Un día ella decidió liberarlos y les pidió que se vengaran de su padre, pero todos le temían demasiado. Sólo el menor, Cronos aceptó, pues lo odiaba mucho. Gea le entregó una hoz de acero a su hijo. En la noche cuando Urano cubrió a Gea toda para unirse con ella, Cronos le cortó los testículos a su padre y los arrojó detrás de él. La sangre que brotaba de la herida fecundó a Gea y de ahí nacieron los Gigantes, las Herinias y las Ninfas de los Fresnos, además de todas las divinidades relacionadas con los árboles.
Posterior a esta mutilación, Gea se unió con Ponto de donde nacieron las divinidades marinas: Nereo, Taumante, Forcis, Ceto y Euribia. Mientras, Cronos reinaba en el mundo y se había vuelto un tirano terrible y había encerrado a sus hermanos en el Tártaro, por lo que Gea planeó una nueva venganza. Los hijos de Rea y Cronos habían sido devorados por su padre, pero cuando ella estaba encinta de Zeus, pidió ayuda. Gea y Urano le revelaron el secreto de los Destinos y le enseñaron como burlar a Cronos. Cuando el niño nace, Gea lo esconde en una caverna, al mismo tiempo que a Cronos le era entregada una piedra envuelta en mantillas, a la que devoró sin notar la diferencia.

Cuando Zeus estuvo mayor, luchó abiertamente con Cronos y Gea le hizo saber que necesitaría la ayuda de los Titanes. Estos al ser liberados por Zeus del Tártaro, le dieron el rayo, el trueno y el relámpago, armas con las que destronó a su padre.
Pero Gea seguía descontenta por la suerte de los Hecatonquiros, que habían sido derrotados, por lo que se une con Tártaro (dios de los abismos) y engendró a Tifón, con el que tuvieron que luchar los dioses por largo tiempo. Además nació de esta unión otro monstruo, Equidna.

La mayoría de las teogonías le atribuyen a Gea la maternidad de diversos monstruos como Caribdis, las Harpías, Pitón, el dragón guardián del vellocino de oro, e incluso la Fama.
Con el tiempo, Gea se convirtió en la madre universal, y conforme el mundo helénico personificaba a sus dioses, la tierra se encarnaba en divinidades como Démeter o Cibeles, y la tierra como elemento abandonaba la mitología.

Gea se consideraba además, como inspiradora de muchos oráculos, poseía los secretos de los Destinos, y sus predicciones eran más antiguas y seguras que las del mismo Apolo.

Fuentes:
http://www.guiascostarica.com/mitos/grecia39.htm
http://es.wikipedia.org/wiki/Gea

LOS JARDINES COLGANTES DE BABILONIA.


Los Jardines Colgantes de Babilonia son considerados una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo. Fueron construidos en el siglo VI a. C. durante el reinado de Nabucodonosor II en una ciudad a orillas del río Éufrates (la Babel de los textos bíblicos).

Hacia el año 600 a. C., Nabucodonosor II, rey de los caldeos, quiso hacer a su esposa Amytis, hija del rey de los medos, un regalo que demostrara su amor por ella y le recordara las hermosas montañas de su florida tierra, tan diferentes de las grandes llanuras de Babilonia.
Según una leyenda, en cambio, los jardines habrían sido construidos en el siglo XI a. C. Pero entonces reinaba en Babilonia Shammuramat, llamada Semíramis por los griegos, como regente de su hijo Adadnirari III. Fue una reina valiente, que conquistó la India y Egipto. Pero no resistió que su hijo conspirara para derrotarla, y terminó suicidándose.

Con la decadencia de Babilonia y el fin del Imperio neobabilónico, los jardines fueron abandonados progresivamente. Cuando Alejandro Magno llegó a la ciudad en el siglo IV a.C., los jardines ya estaban parcialmente en ruinas y totalmente abandonados. Finalmente los jardines fueron destruidos por el rey Evemero en el año 125 a.C.

Estaban situados junto al palacio del Rey, precisamente al lado del río, para que los viajeros los pudieran contemplar ya que el acceso estaba prohibido al pueblo. Desde la más alta de las terrazas se situaba un depósito de agua desde el cual corrían varios arroyos.
Los Jardines Colgantes de Babilonia probablemente no "colgaban" realmente en el sentido de estar suspendidos por cables o cuerdas. El nombre proviene de una traducción incorrecta de la palabra griega kremastos o del término en latín pensilis, que significa no justamente "colgar" pero si "sobresalir", como en el caso de una terraza o de un balcón.
El geógrafo griego Estrabón, quién describió los jardines en el siglo I a. C., escribió:
“Éste consta de terrazas abovedadas alzadas unas sobre otras, que descansan sobre pilares cúbicos. Éstas son ahuecadas y rellenas con tierra para permitir la plantación de árboles de gran tamaño. Los pilares, las bóvedas, y las terrazas están construidas con ladrillo cocido y asfalto.”
Las excavaciones arqueológicas más recientes en la antigua ciudad de Babilonia, en el actual territorio de Irak destaparon el asentamiento del palacio. Otros hallazgos incluyen la construcción abovedada con paredes gruesas y una irrigación cerca del palacio
meridional.

Un grupo de arqueólogos examinó el área meridional del palacio y rehicieron la construcción abovedada como los Jardines Colgantes. Sin embargo, el historiador griego Estrabón había indicado que los jardines estaban situados en el río Éufrates, mientras que la construcción abovedada esta alejada varios cientos de metros. Reconstruyeron el lugar del palacio y localizaron los Jardines en el área que se extendía del río al palacio.
En la orilla del río, las paredes recientemente descubiertas de 25 metros de espesor pudieran estar escalonadas en forma de terrazas, tal como las describen las referencias griegas. Sin embargo, hay pocas pruebas para cualquiera de estas teorías, pues no se menciona nada en los numerosos documentos babilónicos de la época.

Fuentes: http://sietemaravillas.tripod.com/pages/dos.htm
http://es.wikipedia.org/wiki/Jardines_Colgantes_de_Babilonia

El ENANO ADIVINO de UXMAL.


Cuenta la leyenda Maya, que hace mucho tiempo, una anciana y sabia mujer, era penitente en el templo de la ciudad de Kabah, esta mujer no podía tener hijos, pero oraba al Dios Chic-Chan, le bendijera con uno.

Después de tantos ruegos y expiaciones, el mismo Dios Chic-Chan se le apareció y le dijo que sus plegarias habían sido escuchadas, que fuera todos los días al cenote y buscara un huevo de tortuga verde y grande y que lo cuidara. Así lo hizo y un día, encontró tal huevo y lo llevó a su casa, donde lo mimaba y le hablaba.

Meses después, el cascarón se rompió y de él salió un enanito de color verde con pelo rojo, diferente a todos los niño;, su madre lo adoraba y le puso por nombre, Saiyawincoob. La sabia anciana lo educó y crió, evitaba dejarlo solo para impedir que se burlaran de él, excepto cuando iba por agua al cenote. Saiya, como le decían de cariño, hizo una jícara muy grande para poder tener más tiempo solo y conocer los alrededores. Entonces encontró un Turkul que estaba escondido, entre la maleza, era una sonaja acompañada de un tambor y comenzó a tocar estos instrumentos, su sonido reverberó y pudo ser escuchado en todas las ciudades del Mayab.

Incluso el Halach Uinic, rey de Uxmal, percibió la música, lo cual le produjo pavor, ya que recordó la profecía de que quien tocara estos instrumentos y su sonido se escuchara en todas las ciudades, sería el nuevo rey de Uxmal. El mismo Halach Uinic había mandado construir una avenida desde Uxmal hasta Kabah para recordarla. El Halach Uinic, envió a sus servidores a buscar a quien había tocado esos instrumentos y, al descubrir que se trataba de un enano verde, se opuso a entregarle el reino y lo retó a un duelo con el propósito de deshacerse de Saiya.

La primera prueba consistió en exigir que le llevara un guajolote macho que pusiera huevos. Al día siguiente, Saiyawincoob llegó ante el rey acompañado por un hombre que parecía estar embarazado. El Halach Uinic se burló y le dijo que cómo pensaba que un hombre pudiera estar embarazado; entonces Saiya le replicó que cómo entonces su majestad había solicitado un guajolote macho que pusiera huevos. De modo que los jueces dieron por aprobada la primera prueba.

Para la segunda prueba, el rey organizó una carrera, en la cual hizo trampa convirtiéndose en venado para llegar primero, pero Saiya pidió a su mejor amigo, la rana Uo, que corriera en su lugar y, gracias a un hechizo enseñado por su anciana madre, llegó a la meta en un instante, ganando la carrera.

No satisfecho, el rey enfrentó al enanito de Uxmal en muchas otras pruebas, de todas las cuales, Saiya, salía triunfante. Hasta que los jueces solicitaron al halach Uinic que pusiera una última prueba, para poder coronar al legítimo rey.

Esta última prueba consistió en que el rey, colocaría un cocoyol (un tipo de nuez muy dura) sobre la cabeza de Saiyawincoob y ésta sería quebrada con una punta de lanza, que sería golpeada con una piedra. El enanito aceptó y pidió que si sobrevivía a la prueba, el Halach Uinic también tendría que pasar por la misma. La sabia madre de Saiya, nuevamente le ayudó fabricando un plato especial para protegerlo del fatal golpe y así, salió triunfante. El rey, sin poder creerlo, tuvo que someterse a la misma prueba, pero el golpe le hizo morir inmediatamente.

Entre tantas pruebas, Saiya se había ganado el aprecio y respeto de toda la gente y fue proclamado rey. Su primer acto como tal, fue construir un templo llamado “La casa del gobernador” en una sola noche, y después una casa para su madre que llamó “La casa de la anciana madre”, además de un edificio para él mismo llamado “El templo del adivino”.

LEYENDA MAYA.


Los Primeros Hombres

Los dioses quisieron crear nuevos seres capaces de hablar y de recolectar lo que la tierra podría ofrecerles. Pero estas nuevas criaturas debían ser capaces de rendir homenaje a sus creadores.
Es así que formaron el cuerpo del primer hombre con lodo. Lo modelaron con minuciosidad, sin olvidar ningún detalle.
Desgraciadamente, el resultado fue deplorable: sin dientes, los ojos vacíos, sin ninguna gracia, estos muñecos no podían mantenerse de pie y se desintegraban bajo el agua.
Sin embargo, el nuevo ser tenía el don de la palabra, una voz armoniosa, jamás oída en este mundo. Pero no tenía conciencia de lo que decía.

A pesar de todo, los dioses decidieron que estos seres frágiles vivirían. Deberían luchar para sobrevivir, multiplicarse y mejorar su especie, esperando que unos seres superiores no los reemplazaran.
Las nuevas criaturas fueron fabricadas en madera para que ellas pudieran marchar bien derechas sobre la tierra.
Se unieron entre ellas y tuvieron hijos. Pero estos seres no tenían sentimientos. No podían comprender que debían su presencia sobre la tierra solo a la voluntad de los dioses.
Deambularon sin saber adonde iban, tales muertos vivientes. Cuando hablaban no había ninguna emoción en sus voces.
Vivieron muchos años hasta que los dioses decidieron condenarles a muerte: una lluvia de cenizas se abatió sobre estos seres imperfectos. Después el agua fluyó tanto que alcanzó las cimas de las montañas más elevadas. Todo fue destruido.

Los dioses crearon entonces nuevos seres. Pero ellos no correspondieron tampoco a sus esperanzas. El pájaro Xecot Covah les reventaba los ojos, mientras que el felino Cotzbalam los destripaba. Los sobrevivientes afrontaron las acusaciones de todos los seres y objetos que se creían sin alma: las piedras de moler, las marmitas, los cántaros, los perros, todos se quejaban de los malos tratos que habían recibido y amenazaban ahora a los hombres.
Éstos tuvieron miedo, huyeron, subieron sobre los techos que se desplomaron. Entonces se refugiaron en los árboles. Pero las ramas se rompieron. Intentaron encontrar refugio en las grutas; pero las paredes se derrumbaron.
Los pocos sobrevivientes se transformaron en monos. Es por eso que los monos son los únicos animales que evocan la forma de los primeros seres humanos de la tierra Quiché.

Entonces los dioses se reunieron una vez más a fin de crear un nuevo ser hecho de carne y hueso, y dotado de inteligencia. Esta vez se sirvieron del maíz; modelaron su cuerpo con esta pasta blanca y amarilla y les introdujeron pedazos de madera para que sean más rígidos.
Rápidamente, los nuevos seres humanos hicieron prueba de inteligencia: comprendieron el mundo que los rodeaba. Estos seres se llamaban Balam Quitzé, Balam Acab, Ma Hucutah e Iqui Balam.
Entonces los dioses interrogaron al primero de ellos:
- Habla en tu nombre y de los otros, y dinos cuáles son tus sentimientos. Eres consciente de tus poderes?
Balam Quitzé les respondió:
- Ustedes nos han dado la vida y gracias a eso sabemos lo que sabemos, somos lo que somos; hablamos, marchamos y comprendemos lo que nos rodea. Sabemos ya dónde reposan los cuatro rincones del mundo, los cuales marcan los límites de todo lo que nos rodea.
Pero los dioses no apreciaron que los nuevos seres sepan tantas cosas. Faltaba que conocieran sólo una parte del mundo que los rodeaba. Sólo una parte de lo que existía les sería revelada y no deberían comprender todo. Faltaba limitar el campo de sus conocimientos a fin de reducir su orgullo. Sino sus hijos percibirían aún mejor las realidades del mundo hasta saber tanto como los dioses, y creerse dioses ellos mismos.
Faltaba remediar este peligro que sería fatal para el orden fecundo de la creación.
Entonces los dioses limitaron el campo de sus conocimientos.
A fin de que estos seres no estuviesen solos, los dioses crearon las mujeres. Durmieron a los hombres y ubicaron cerca de ellos a las mujeres, desnudas y apacibles.
Cuando se despertaron, vieron con alegría lo bellas que eran. Para distinguirlas les dieron nombres que evocaban la lluvia según las estaciones.

Las parejas se formaron y tuvieron hijos que comenzaron a poblar la tierra.
Ciertos entre ellos eran más dotados que otros. Por esta razón los dioses los eligieron para que fueran Adoradores y Sacrificadores, sacerdotes en las funciones más elevadas.
Los primeros seres engendrados eran tan bellos como su madre, tan fuertes como su padre y supieron adivinar el misterio de sus orígenes.

Es así que Balam Quitzé y los otros ancianos fueron los generadores de los seres humanos que vivieron, se desarrollaron y formaron las tribus del Quiché. Estos primeros hombres se propagaron sobre la tierra, en la región del oriente.

LAS MUSAS.


En la mitología griega las musas (en griego antiguo mousai) eran, según los escritores más antiguos, las diosas inspiradoras de la música y, según las nociones posteriores, divinidades que presidían los diferentes tipos de poesía, así como las artes y las ciencias. Originalmente fueron consideradas ninfas inspiradoras de las fuentes, cerca de las cuales eran adoradas; y llevaron nombres diferentes en distintos lugares, hasta que la adoración tracio-beocia de las nueve Musas se extendió desde Beocia al resto de las regiones de Grecia y al final quedaría generalmente establecida.

Según la mitología griega, las Musas son las nueve hijas de Zeus y de Mnemósine. Éstas fueron engendradas, según el mito, en nueve noches consecutivas.
Otras versiones afirmaban que eran hijas:
De Píero y una ninfa pimplea (por lo que a veces se les llama Pimpleas o Pimpleides) a la que Cicerón llama Antíope;
De Apolo;
De Zeus y Plusia;
De Zeus y Moneta, probablemente una simple traducción de Mnemósine o Mneme, de donde son llamadas Mnemónides;
De Zeus y Minerva;
De Éter y Gea.

Se consideraba a Eufeme nodriza de las Musas y al pie del monte Helicón su estatua aparecía junto a la de Lino.

Según el historiador griego del S.II Pausanias, al principio las musas fueron tres: Aedea (el canto, la voz), Meletea (la meditación) y Mnemea (la memoria). Juntas representaban las precondiciones del arte poético en la práctica del culto religioso.

La tradición les atribuía dos residencias: una sobre el monte del Parnaso y la otra sobre el Helicón. Es Platón en el año 401 a.c. aproximadamente y, posteriormente, los autores neoplatónicos, el que hace de nueve Musas las mediadoras entre el dios y el poeta o cualquier creador intelectual.

Las Musas presentes en las artes son:

Calíope: Musa de la elocuencia y de la poesía épica. Sus diferentes representaciones artísticas son una corona de laureles, un libro, una tablilla, un estilete y una trompeta.

Clío: Es la musa de la historia. Sus diferentes representaciones artísticas son una corona de laureles, un libro o un pergamino, una tablilla, un estilete y un cisne.

Erato: Es la musa del arte lírico de la elegía. Sus representaciones artísticas con una lira, una viola y un cisne.

Euterpe: Es la musa de la música. Su representación artística suele ser una flauta (simple o doble).

Melpómene: Es la musa de la tragedia. Se representa con una corona, con una espada o con una máscara trágica.

Polimnia: Es la musa de la retórica. Se representa con un gesto serio y con un instrumento musical (normalmente un órgano).

Talía: La musa de la comedia. Normalmente se la representa con un instrumento de música (generalmente una viola), una máscara cómica y un pergamino.

Terpsícore: La musa de la danza. Se la representa con un instrumento musical de cuerda: una viola o una lira.

Urania: La musa de la astronomía y de la astrología. Es representada habitualmente con un compás, con una corona de estrellas y con un globo celeste.

Aunque en la mitología romana terminaron siendo identificadas con las camenas, ninfas inspiradoras de las fuentes, en realidad poco tenían que ver con ellas.

Muchas figuras de la Ilustración buscaron restablecer un «Culto a las Musas» en el siglo XVIII. Una famosa logia masónica en el París prerrevolucionario era llamada Les Neuf Sœurs (‘nueve hermanas’, es decir, nueve Musas), y a ella asistieron Voltaire, Benjamin Franklin, Danton y otros personajes influyentes de la época.
Un efecto secundario de este movimiento fue el uso de la palabra museo (originalmente, ‘lugar de culto a las Musas’) para referirse a un lugar destinado a la exhibición pública de conocimiento.

La imagen: Las nueve musas canónicas: (de izquierda a derecha) Clío, Talía, Erato, Euterpe, Polimnia, Calíope, Terpsícore, Urania y Melpómene. Dibujo de un sarcófago en el Museo del Louvre.

Fuentes:
http://www.webmitologia.com/dioses-musas-griegas.html
http://es.wikipedia.org/wiki/Musa

CASANDRA.


En la mitología griega, Casandra (en griego antiguo "la que enreda a los hombres" o "hermana de los hombres"), era hija de Hécuba y Príamo, reyes de Troya.

Fue sacerdotisa de Apolo, con quien pactó, a cambio de un encuentro carnal, la concesión del don de la profecía.

Apolo amaba a Casandra pero, cuando ella no le correspondió, él la maldijo: su don se convertiría en una fuente continua de dolor y frustración. En algunas versiones de este mito, Apolo escupe en su boca al maldecirla; en otras versiones griegas este acto suele suponer la pérdida del don recientemente adquirido, pero el caso de Casandra es diferente. En Orestes ella promete a Apolo que se convertirá en su consorte, pero no lo cumple, por lo que desata su ira.

Aunque Casandra previó la destrucción de Troya, la muerte de Agamenón y su propia desgracia, fue incapaz de evitar estas tragedias, tal era la maldición de Apolo. Su familia creía que estaba loca y, en algunas versiones, la mantuvieron encerrada en casa o encarcelada, lo que la hace enloquecer. En otras versiones, simplemente era una incomprendida.

Una vez concluida la guerra de Troya, durante el saqueo de la ciudad, Áyax, hijo de Oileo, encontró a Casandra refugiada bajo un altar dedicado a Atenea. Aunque la princesa se agarró a la sagrada estatua de la diosa, (bien fuera el Paladio, bien otra estatua distinta), en el frenesí del saqueo Áyax desoyó los ruegos, y la arrastró junto con la estatua. Según algunas fuentes la violó en ese preciso lugar; para otras fuentes el sacrilegio cometido por Áyax había consistido en no respetar la sagrada estatua de la diosa. Este hecho condenó al guerrero, pues Poseidón, impelido por la humillada Atenea, hundió su barco al provocar una tormenta en las cercanías del promontorio de las rocas Giras, donde Áyax muere ahogado o clavado a las rocas por el tridente de Poseidón, según otra variante de la leyenda.

Más tarde fue entregada como concubina al Rey Agamenón de Micenas. Éste ignoraba que mientras guerreaba en Troya, su esposa Clitemnestra había comenzado un romance con Egisto. Cuando Agamenón y Casandra regresaron a Micenas, Clitemnestra le pide a su marido que anduviera por encima de una alfombra morada, el color que simboliza a los dioses. A pesar de que Casandra le avisó que no lo hiciera reiteradamente, el Rey la ignoró y cruzó la alfombra, cometiendo un sacrilegio. Clitemnestra y Egisto asesinaron a ambos. En algunas versiones, Casandra y Agamenón habían tenido gemelos: Telédamo y Pélope. Ambos fueron asesinados también por Egisto.
Télefo, hijo de Heracles, también amaba a Casandra. Sin embargo, ella se burlaba de él y le ayudó a seducir a su hermana Laódice.

Hay versiones alternativas de la historia en las que, siendo niña, pasó la noche en el templo de Apolo con su hermano gemelo Héleno y las serpientes del templo chuparon y limpiaron sus orejas, por lo que ambos fueron capaces a partir de entonces de oír el futuro. Este es un tema recurrente en la mitología griega. Otras versiones sugieren que Casandra consiguió la habilidad de entender el idioma de los animales, en lugar de conocer el futuro.

En la literatura moderna, Casandra es a menudo usada como modelo de tragedia y romance, y a menudo simboliza el arquetipo de alguien cuya visión profética es oscurecida por la locura, convirtiendo sus revelaciones en cuentos o afirmaciones inconexas que no son comprendidas plenamente hasta que ocurre lo vaticinado.

El «síndrome de Casandra» es un concepto ficticio, usado para describir a quien cree que puede ver el futuro, pero no puede hacer nada por evitarlo. Por ejemplo, en la película Doce Monos la Doctora Kathryn Railly investiga este síndrome y a aquellos que lo sufren.
En la película de Woody Allen. Poderosa Afrodita, Casandra aparece como uno de los personajes avisando al protagonista de su mal futuro.

La imagen: Áyax y Casandra por Solomon Joseph Solomon, 1886

Fuente: Wikipedia.

EL SALTO DEL FRAILE.


Corrian los inicios de la década de 1860 y entre las nobles familias que habitaban Lima se distinguía la del Marqués de Sarria y Molina, quien había enviudado, concentrando desde entonces todo su afecto en su única hija, Clara, de 12 años de edad. Con el paso del tiempo, la niña creció bajo los cuidados de su nana Evarista, una mulata quien tenía un hijo llamado Francisco, tres años mayor que la niña.

Francisco, quien era el engreído del Marqués, se enamoró de Clara, a tal punto que la hermosa joven quedó embarazada lo que originó una verdadera convulsión en la sociedad de la época. El Marqués, ofuscado y ofendido ante tal ultraje, ordenó que Francisco sería encerrado en el Covento de La Recoleta y se le haría fraile. En cuanto a la niña, su padre decidió que un largo viaje era lo más conveniente. Tres días después, podía verse a Panchito con el cerquillo y hábito de monje dominico, ayudando en la misa del padre Mendoza.

El marqués, mientras tanto, hacía sus preparativos para partir a España en la fragata “Covadonga” que debía de salir dentro de un mes. Pero nadie imaginaba del profundo amor en que habían mantenido los dos jóvenes y manteniéndolo oculto por lo que esta separación causó hondo pesar en ambos.

Hasta que llegó el 17 de octubre, cuando el marqués y su hija se dirigían al Callao y se embarcaban en la fragata, que debía zarpar a las dos de la tarde. Clara estaba serena, pero su respiración entrecortada por frecuentes suspiros, que en vano trataba de ahogar, revelaban el hondo sufrimiento que devoraba esa alma destrozada por el dolor.
La fragata siguió el rumbo paralelo a la Isla de San Lorenzo y eran las cinco y media cuando pasaban a la altura de Chorrillos, que se divisaba vagamente, envuelto en la bruma de la tarde. Y cuando la embarcación se hallaba frente al Morro Solar, Clara tomó un catalejo con la intención de buscar a su amado que, según la nodriza Evarista, su hijo Francisco estaría despidiéndola en dicho morro.

De repente, Clara pudo ver a su amado quien, parado sobre la peña más alta, sostenía sobre su cabeza con ambas manos, el manto que se había quitado y que agitaba en el aire. Un minuto después, el fraile se precipitaba desde la altísima cima al fondo del abismo, y no quedaba de él, más que los rasgados jirones de sus vestiduras, que, prendidas de la filada cresta de un peñón saliente, flotaban al viento como una bandera fúnebre.
Mientras ese trágico desenlace se realizaba en tierra, pasaba a abordo una escena no menos terrible. Clara se había lanzado a las aguas ante la trágica escena que acababa de presenciar.

Esta historia con olor a leyenda, se divulgó en la Lima de antaño y con el paso del tiempo, y en memoria a este amor incomprendido, se construyó un restaurante cerca al Morro de Chorrillos, cerca a la playa La Herradura, llamado “El Salto del Fraile”, especializado en gastronomía peruana.

Lo anecdótico de este local es que, cada domingo, por las tardes, se escenifica el arrojo del fraile a las profundidades del mar. Un cortesano ataviado con una túnica franciscana, se arroja al mar desde una peña frente al restaurant.

Lo cierto es que el sitio es un acantilado, una suerte de mirador sobre el océano Pacífico.
Realmente bello…

Tomado de: http://www.absolut-peru.com/la-leyenda-del-salto-del-fraile/

PSIQUE.


Psique es una divinidad griega y protagonista de un mito latino; es la personificación del alma.

Según la historia, inmortalizada por Apuleyo en su Metamorfosis (El Asno de Oro), Psique era la menor y más hermosa de tres hermanas, hijas de un rey de Anatolia. Afrodita, celosa de su belleza, envió a su hijo Eros (Cupido) para que le lanzara una flecha de oro oxidado, que la haría enamorarse del hombre más horrible y ruin que encontrase. Sin embargo, Eros se enamoró de ella y lanzó la flecha al mar; cuando Psique se durmió, se la llevó volando hasta su palacio.

Para evitar la ira de su madre, una vez que tiene a Psique en su palacio, Eros se presenta siempre de noche, en la oscuridad, y prohíbe a Psique cualquier indagación sobre su identidad. Cada noche, en la oscuridad, se amaban. Una noche, Psique le contó a su amado que echaba de menos a sus hermanas y quería verlas. Eros aceptó, pero también le advirtió que sus hermanas querrían acabar con su dicha.

A la mañana siguiente, Psique estuvo con sus hermanas, que le preguntaron, envidiosas, quién era su maravilloso marido. Psique, incapaz de explicarles cómo era su marido, puesto que no le había visto, titubeó y les contó que era un joven que estaba de caza...pero acabó confesando la verdad: que realmente no sabía quién era. Así, las hermanas de Psique la convencieron para que en mitad de la noche encendiera una lámpara y observara a su amado, asegurándole que sólo un monstruo querría ocultar su verdadera apariencia. Psique les hace caso y enciende una lámpara para ver a su marido. Una gota de aceite hirviendo (de la que Apuleyo hace un tópico medieval: stilla olei ardentis) cae sobre la cara de Eros dormido, que despierta y abandona, decepcionado, a su amante.

Cuando Psique se da cuenta de lo que ha hecho, ruega a Afrodita que le devuelva el amor de Eros, pero la diosa, rencorosa, le ordena realizar cuatro tareas, casi imposibles para un mortal, antes de recuperar a su amante divino. Como cuarto trabajo, Afrodita afirmó que el estrés de cuidar a su hijo, deprimido y enfermo como resultado de la infidelidad de Psique, había provocado que perdiese parte de su belleza. Psique tenía que ir al Hades y pedir a Perséfone, la reina del inframundo, un poco de su belleza que Psique guardaría en una caja negra que Afrodita le dio. Psique fue a una torre, decidiendo que el camino más corto al inframundo sería la muerte.

Una voz la detuvo en el último momento y le indicó una ruta que le permitiría entrar y regresar aún con vida, además de decirle cómo pasar al perro Cerbero, Caronte y los otros peligros de dicha ruta. Psique apaciguó a Cerbero con un pastel de cebada y pagó a Caronte un óbolo para que le llevase al Hades. En el camino, vio manos que salían del agua. Una voz le dijo que les tirase un pastel de cebada, pero ella rehusó. Una vez allí, Perséfone dijo que estaría encantada de hacerle el favor a Afrodita. Una vez más pagó a Caronte y le dio el otro pastel a Cerbero para volver.

Psique abandonó el inframundo y decidió abrir la caja y tomar un poco de la belleza para sí misma, pensando que si hacia esto Eros le amaría con toda seguridad.

Dentro estaba un «sueño estigio» que la sorprendió. Eros, que la había perdonado, voló hasta su cuerpo y limpió el sueño de sus ojos, suplicando entonces a Zeus y Afrodita su permiso para casarse con Psique. Éstos accedieron y Zeus hizo inmortal a Psique. Afrodita bailó en la boda de Eros y Psique, y el hijo que éstos tuvieron se llamó Placer.

Imagen: El rapto de Psique de William-Adolphe Bouguereau.


Extraído de Wikipedia.