LA BIOGRAFIA de la BICICLETA
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Quisiera contarles una curiosidad: en 1966, unos monjes italianos que restauraban manuscritos de Leonardo da Vinci, descubrieron un boceto de hacia 1490 donde se representaba una máquina notablemente similar a la moderna bicicleta, equipada incluso con pedales y transmisión por cadena. Sin embargo, como sucediera con el aparato volador y otros aparatos visionarios de da Vinci nunca llegó a salir del tablero del dibujo.
Leonardo es una caja de sorpresas.
La bicicleta, como la conocemos hoy en día ha sufrido muchas transformaciones a lo largo de los años de su existencia. Por encontrar un punto de partida es obligatorio citar al francés Sivrac, cuando en 1790 inventó el "celerífero": una máquina para correr consistente en dos ruedas alineadas, conectadas por una barra sobre la cual se montaba el deportista a horcajadas, impulsándose con los pies. Hasta entonces los distintos artilugios que se habían ideado tenían cuatro ruedas. En 1817, el barón alemán Karl von Drais añadió una dirección a la rueda delantera, lo cual permitía mantener el equilibrio sobre esta máquina. El uso de este "caballito de madera" (hobby- horse) se convirtió en una fiebre entre las clases altas de Francia, Alemania, Inglaterra y América.
Siguieron las innovaciones, un herrero escocés, en 1839, Kirkpatrick Macmillan, construyó la primera bicicleta a pedales. La usó para realizar un viaje de ida y vuelta hasta Glasgow de 226 km, cubriendo un tramo de 65 km a una velocidad media de 13 km/h.
Pero fue Francia quien mas impulsó la fabricación de bicicletas. Un constructor de carrozas, Pierre Michaux, acopló bielas y pedales a la rueda delantera de un “hobby-horse” y llamó a su máquina, velocípedo. En 1866-67 presentó un modelo con una rueda delantera de mayor diámetro que la trasera, entre otras innovaciones. En 1869 se produjeron varios inventos cruciales, como el buje de rodamientos, las ruedas con radios metálicos, los neumáticos de goma sólidos, la rueda libre, el guardabarros y un cambio de cuatro marchas.
Dado que los pedales y las bielas del velocípedo estaban acopladas a la rueda delantera, cuanto mas grande fuera ésta, mas rápido podía ir. A principios de los años 70 del pasado siglo, el velocípedo se había convertido en un alto biciclo, con una rueda delantera casi tan alta como un hombre, el mayor inconveniente estaba en la falta de estabilidad cuando la rueda tropezaba con un pequeño obstáculo.
En 1885, John Kemp Starley crea “la bicicleta de seguridad”, donde la rueda delantera es más pequeña y gracias al uso de los rodamientos, es propulsada por una cadena, se le acopló frenos, para una mayor seguridad. Añadiéndose poco después, 1888, los neumáticos desarrollados por John Boyd Dunlop, donde en su tubo interior se rellenan de aire, amortiguando parte del golpeteo contra los caminos.
La bicicleta de seguridad se extendió rápidamente por todo el mundo industrializado. En 1896, una bicicleta podía costar el salario de 3 meses de un trabajador medio, pero ya en 1909 se había reducido a menos de un mes de trabajo. Esta bicicleta tiene una gran semejanza con la bicicleta que todos conocemos hoy en día.
Los avances en la tecnología de los tubos, el desarrollo de las piezas de aleación y el uso de cambio de marchas a base de desviadores (patentadas en 1895) dieron lugar a bicicletas ligeras y de alta calidad.
La evolución de la bicicleta sigue latente hoy en día, siempre encaminada a aligerar su peso, lograr frenos mas eficaces, mayor número de marchas y más fáciles de accionar, así como nuevos dispositivos de suspensión para hacer una conducción más confortable al ciclista…y el ciclismo es un deporte muy saludable.
NEW AGE Y VANGELIS
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La música New Age es un género musical vagamente definido que generalmente es melódicamente suave, a menudo instrumental o con voces etéreas y suele incorporar grabaciones tomadas de la naturaleza.
Es una música meditativa, generalmente de tempo lento, muchas veces relacionada con las creencias de la Nueva Era, que invita al oyente a sumergirse en sentimientos de armonía, paz interior, amor a la vida, a Gaia o para redescubrirse uno mismo como parte integrante del universo.
La música New Age en sus orígenes estuvo fuertemente relacionada con el movimiento de creencias Nueva Era, por lo que su contenido ha sido constantemente asociado con cuestiones místicas claramente presentes en el movimiento. Empezó a ser popular en la década de 1960 en la subcultura hippie. Actualmente se relaciona más con la relajación y mucha gente la escucha sin importar sus creencias, a pesar de que las compañías discográficas a menudo diseñan sus carátulas con fuertes enfoques místicos.
Se dice que la música new age llegó a ser popular debido a que se cree que expresa un estilo de vida espiritual, no sectario y de expansión de conciencia, lo que permitió a millones de personas en todo el mundo estudiar y practicar una nueva espiritualidad sin las limitaciones de las religiones organizadas.
Los compositores a menudo utilizan instrumentos tradicionales (o versiones sintetizadas de ellos) con poca relación al contexto musical de su origen. Para muchos críticos y etnomusicólogos esto es lo peor de este género musical: su insípida homogenización de instrumentos y material musical apropiados de sus culturas originales. Algunos también opinan que la mitad de las canciones son demasiado melancólicas. Pero yo creo que según el estado de ánimo elegimos la música…y a veces, “la música aplaca las fieras”. ;D
Probablemente, Vangelis sea el icono de la música new age.
Evangelos Odyssey Papathanassiou es el nombre completo del compositor más conocido como Vangelis. Vangelis nació el 29 de marzo de 1943 en Grecia. A los cuatro años comenzó a tocar el piano y a los seis ya interpretaba sus propias obras.
En 1968, Vangelis se transladó a París, donde formó un grupo junto a Demis Roussos y Loukas Sideras llamado "Aphrodite's Child". Juntos publicaron cinco discos con un éxito más que aceptable, aunque finalmente el trío se disolvió en 1970.
Algunos trabajos en solitario de Vangelis en su época parisina son "Earth", y algunas colaboraciones para el cine francés.
En 1978, Vangelis se traslada a Londres, donde monta su propio estudio de música y en donde continúa con su talento creativo en sus álbumes "Heaven and Hell", "Albedo 0.39", "Spiral", "Beaubourg", "China" y "See You Later".
Desde allí realiza colaboraciones con sus antiguos compañeros de "Aphrodite's Child" y con la intérprete Irene Papa. Estas colaboraciones las alterna con la publicación de varios discos en solitario, como "Olias of Sunhillow", "Short Stories", "The friends of Mr. Cairo", "Private Collection" y un magnífico recopilatorio titulado "The best of John and Vangelis" y publicado en 1984, donde se contiene lo mejor del Vangelis de esta época.
El 1981 su fama sube como la espuma. No en vano se alza con el Oscar por la banda sonora de la película "Carros de fuego".
Pero no fue su única colaboración con el cine de mayor éxito. Vangelis también firma las bandas sonoras de películas como "Bladerunner", "Missing", "Antarctica" y "Mutiny on the Bounty". En 1994, Vangelis publica el álbum "Themes", en el que se recogen sus mejores colaboraciones con el género cinematográfico.
En el año 2004 crea la banda sonora de la película "Alejandro Magno".
Un ratito, me gusta. Sobre todo cuando leo.
RUIDO
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"La radio fue el pequeño arroyo en el que todo empezó. Llegaron después otros medios técnicos para reproducir, multiplicar, aumentar el sonido, y el arroyo se convirtió en un inmenso río. Si antaño se escuchaba música por amor a la música, hoy aúlla constantemente por todas partes 'sin preguntarse si queremos escucharla', aúlla por los altavoces en los coches, en los restaurantes, en los ascensores, en las calles, en las salas de espera, en los gimnasios, en las orejas taponadas por los walkman, música reescrita, reinstrumentada, acortada, desgajada, fragmentos de rock, de jazz, de ópera, flujo en que todo se entremezcla sin que se sepa quién es el compositor (la música convertida en ruido es anónima), sin que se distinga el principio del fin (la música convertida en ruido no sabe de formas): el agua sucia de la música en la que muere la música."
EL HOMBRE COMPLETAMENTE FELIZ MONOLOGO. Groucho Marx
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Pues sí, caballeros, y disculpen si les llamo caballeros, pero es que no los conozco muy bien; aquí donde me ven soy un hombre completamente feliz...Y no , no estoy loco...Por aquello de que sólo los locos son verdaderamente felices y los demás, los cuerdos, lo somos a ratos porque "la felicidad completa no existe", según los grandes pensadores. Bien, yo les digo a estos buenos señores, y les repito a ustedes, que soy enteramente feliz. O sea, desde que me levanto hasta que me acuesto. Bueno, después de acostarme soy un poco más feliz, si cabe, por hacer lo que están pensando y luego, cuando duermo, como sueño con lo feliz que he sido ó con lo feliz que seré al día siguiente ... ¡duermo con una cara de felicidad!
EL SECRETO
¿Mi secreto?, me preguntan, pensando sin duda que soy un asqueroso millonario. Pues no, no soy un asqueroso millonario. Ni tan siquiera un millonario a secas. La verdad es que dinero no me falta y vivo bien...Muy bien...Claro que, para ser feliz, hay que vivir bien.
Antes les dije que no estaba loco. Ahora, que no soy tonto. Pero no es el dinero mi secreto para ser feliz. Mi secreto está, y ya se lo digo sin más rodeos, en que disfruto con las cosas que a todos gustan, por supuesto; pero también, y aquí está el quid de la cuestión, gozo con las cosas que a los demás les parecen desgracias. Sí, así de sencillo. Vean: me levanto, un día cualquiera, a las 9 de la mañana, ¿Y cómo me levanto? ¡Feliz!. Eso es, ya lo van entendiendo. Me ducho, me afeito, me visto, desayuno, salgo a la calle y...¿qué ocurre? ¿No lo adivinan? ¿No? Bien sencillo: que me llevo la primera alegría del día al ver la polución de la ciudad. Miles de coches, decenas de autobuses y centenas de chimeneas de calefacción contaminando el aire. ¡Qué felicidad! ¡Cómo disfruto del panorama! Veo a la gente llorar por la irritación que le producen en los ojos los gases y yo, en cambio, ¡Lloro de alegría!
Sigo andando hasta el trabajo, veo el escaparate de una carnicería, pienso que sus productos tendrán encefalopatía espongiforme, ó fiebre aftosa...¡Y río de felicidad! Más adelante, me cruzo con una prostituta con todas las pintas de ser también drogadicta, pienso en el SIDA...Y se me saltan las lágrimas...¡Pero de felicidad otra vez!
Sigo andando y la mayoría de la gente que pasa a mi alrededor fuma compulsivamente...Me imagino que se están clavando puñales en el pecho...Pienso en el cáncer...¡Y otra vez las lágrimas de felicidad!
Son las diez de la mañana. Llego a mi negocio, abro la puerta con llave y paso la mano por el ataúd modelo EGIPCIO, dos mil quinientos dólares venta al público,...Pienso que sin duda venderé hoy media docena de ellos...¡Y vuelvo a llorar de felicidad!
FIN
LAPIDACION
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En el mes de abril del 2007, la lapidación de una chica de 17 años de la secta yazidí, una antigua minoría religiosa kurda que venera al Diablo, recrudeció la violencia en el norte de Irak. Doaa Aswad Dekhil se enamoró de un musulmán y se convirtió al islam con la intención de casarse con él. De vuelta a su casa, 2.000 personas de su pueblo, Bashika, cerca de la localidad de Mosul, observaron cómo un grupo de ocho o nueve hombres, presuntamente de su familia, la apedrearon hasta la muerte mientras un vecino anónimo grabó la escena con el teléfono móvil.
Las imágenes no tardaron en colarse en Internet y lo que se ve en ellas pone los pelos de punta. Una chica morena vestida de rojo intenta evitar las piedras. Está cubierta por su propia sangre. La muchacha intenta levantarse, pero alguien la empuja y otra persona le machaca la cabeza con un trozo de hormigón.
"Nunca habíamos visto en Irak un incidente de estas características, tan cruel y fuerte", confirmaba en Madrid la ministra de Derechos Humanos de Irak, Wijdan Mijail Salim. La ministra aseguró que varios hombres fueron detenidos por el asesinato de la joven, pero no concretó el número. La muerte de la joven fue condenada por Amnistía Internacional, que puntualizó que existen algunas dudas sobre qué pasó realmente:
"Algunos informes afirman que se convirtió al islam, pero otros lo niegan". La organización asegura que la chica tardó 30 minutos en morir y que un líder religioso de la secta intentó acogerla en su casa.
La venganza llegó días después, cuando 21 seguidores de la secta yazidí murieron en una emboscada tendida por un grupo armado en la ciudad de Mosul.
En la confesión de los yazidís (unos 300.000 fieles) dijeron venerar a Satán, al que consideran el verdadero dominador del universo. Por eso son también conocidos como los Adoradores del Diablo.
Los fieles pueden comer cerdo y beber alcohol, pero de ninguna forma pueden comer lechuga. Su religión -una mezcla de islam, judaísmo y cristianismo- tiene muchas reglas: los varones no deben arrancarse ni un solo pelo, ni lavarse, ni siquiera la cara, y las mujeres tienen que ir siempre de blanco, y no pueden aprender a leer ni a escribir. El azul es un color prohibido.
UNA HORA PERDIDA
Perpetrado por Oskarele
¿Qué es una hora? Coge un día (lo que tarda la Tierra en dar una vuelta sobre si misma), lo divides entre 24, y tienes una hora. También es el tiempo disponible que me queda, tras terminar de currar, para comer, echar un cigarrico, antes de dormir una siesta, e irme a currar de nuevo. Y también es el tiempo que he perdido hoy conversando con una linda voz por teléfono para intentar solucionar una injusticia que dañaba gravemente mi dignidad, mi orgullo y mi roto monedero. Os voy a transcribir la conversación, con algunas licencias poéticas, para que entendáis el origen de mi desdicha.
(Tras un “breve” preludio músico-robótico de cinco minutos en los que tuve que conversar con la voz grabada de una señora…)
Hola, le habla Claudia Noseque Nosecuantos, del servicio de atención al cliente de Timofónica Vomistar ¿En qué puedo ayudarle?
Buenas Claudia. Le habla Oscar FC, usuario indignado con sus malditos jefes.
¿En qué puedo ayudarle señor FC?
Pues muy sencillo señorita, llamaba porque he recibido una carta de una gestoría de cobros que trabaja para ustedes en la que me reclaman 48 pavos que supuestamente les debo a ustedes. Deuda que, así de primeras, se la han sacado ustedes de la manga, que no pienso pagar y que quiero que me explique a que se debe. ¿Me entiende usted doña Claudia?
Por supuesto, señor FC. ¿Dígame su DNI?
…
Espere un momento mientras accedo al archivo y compruebo a que se refiere ese importe pendiente…
Señora, que no tengo ningún importe pendiente
Bueno, eso es lo que vamos a comprobar. Espere un momento por favor.
(5 minutos de música hipnótica y desesperante, pensada y diseñada pa cansar al personal, con la intención de que deje de dar por culo y pague lo que deba para no oírla nunca más en la vida)
Don Oscar, estamos comprobando sus datos, espere por favor…
(Otros 5 minuticos más de musiquilla chunga. El nivel de indignación del que escribe se va poco a poco disparando. Aumenta mi sudoración debido al stress, a la emoción sexual que me produce hablar con esta linda voz sudamericana y al calor que hace en mi despacho)
Señor Oscar, disculpe la tardanza. Efectivamente vemos que tiene usted un importe pendiente que asciende a un montante de 48 Leuros con 35 céntimos.
¿Y pa eso tanto tiempo Claudia?
Señor Oscar, no se altere. Son los datos que tenemos en nuestra disposición. Lo que si es cierto es que también tiene usted un importe a su favor de 19 leuros, que, al restarlos al importe anterior, dejan su deuda en un total de 29 leuros.
Pues mu bien. Ahí tenemos la primera incoherencia. En la cartica que he recibido me reclaman los 48 pavos. Así que a ver cómo le ponemos al niño. ¿Me puede usted decir a que se debe ese importe?
Un momento por favor, que consulte las facturas en cuestión...
(17 minutos, 32 segundos de la puta musiquilla. Mi indignación se convierte en ira y en ganas de entrar a disparar aleatoriamente en la central de Timofónica. Mi pareja, Raquel, intenta calmarme facilitándome un cigarrico artesanal. Pero ni con esas?. Tras varios “espere un momento señor Oscar”, volvemos a la acción)
¿Señor Oscar?
Hombre Claudia, cuánto tiempo. Dime. ¿Qué tal todo?
Pues parece ser que ese importe pendiente se debe a dos planes especiales que usted contrató, “Planazo megaguaydelamuerte”, que no pagó cuando se dio usted de baja para pasarse a Garrafone.
¿Cómo? (Explosión de ira, me levanto y empiezo a dar vueltas por la habitación). Vamos a ver como se lo explico señora. Esos putos planazos de lo que usted me habla se lo sacaron ustedes de la manga, cuando me queje me reconocieron que era un error, pero aun así, durante los tres siguientes meses me los siguieron cobrando, a pesar de que ya no estaba con ustedes. Y siempre me reconocían que era un error. Y ahora tienen los cojones de mandarme una carta amenazándome con meterme en una lista de morosos por el mismo concepto. Me tienen sus jefes hasta los mismos.
Señor Oscar. No se excite. Efectivamente parece ser que es un error porque los importes de esos meses que usted habla se le devolvieron. Espere un momento mientras anulo las facturas para que su cuenta quede a cero.
(Entro en cólera)
Señora Claudia. A ver si es verdad que hablamos de un momento. Llevo ya aquí más de cuarenta minutos, mi tiempo vale dinero, lo tengo muy escaso, son las 3 menos cuarto, no he comido y me tengo que ir a currar. Y por favor, si tengo que esperar otra vez, no me ponga usted otra vez la puta musiquita sino quiere ser responsable de una tragedia.
(5 minutos de silencio. El cigarrico artesanal parece que ha conseguido el efecto esperado y me he relajado un poco. La bella voz contesta de nuevo, rebosante de amabilidad y sosiego)
¿Señor Oscar?
Dime Claudia. ¿Cómo ha ido la cosa?
Finalmente hemos conseguido anular esos importes que se le reclamaban. Ya no aparece usted con ninguna deuda pendiente. Esta en paz con Vomistar. Eso si, le recuerdo que Vomistar tiene pendiente un importe a su favor de 19 euros que les serán ingresados en su cuenta a lo sumo en un mes. En caso de que no sea así, por favor, no dude en ponerse en contacto con nosotros. ¿Desea algo más Don Oscar?... ¿Señor Oscar?
Una hora perdida…
CIENCIAS OCULTAS. ROMÁNICO. SAN BARTOLOME DE UCERO.
Por Bicho
Siguiendo con estos “paseíllos campestres” hoy nos acercamos a otra ermita templaría. El Cañón de Río Lobos en Soria es un lugar realmente precioso que merece la pena visitar; caminar por él es una labor sencilla, ya que el terreno es plano. En la parte que da al pueblo de Ucero se encuentra la Ermita de San Bartolomé de Ucero, un edificio románico/gótico (estilo Cisterciense) tardío de la primera mitad del siglo XIII; este formaba parte de un cenobio templario del que sólo se conserva la capilla, ya que ha tenido alguna reforma (cambio de ubicación del portón de entrada, por ejemplo), aunque mantiene ciertas cosas interesantes, aunque de índole diferente al artículo anteriormente expuesto.
Dice el folleto que dan a la entrada:
Entre otras figuras hallamos un hombre con tonel, un juglar o gaitero con instrumento, dos personas agarradas en actitud de bailar y una cabeza tonsurada (¿representando al Abad de la Cofradía?). Tendríamos entonces los elementos de una romería: parte religiosa y parte profana. Escena no rara representada en el románico del siglo XIII.
Y tambien dice: En los astiales de las capillas encontramos sendos rosetones, que son estupendos ejemplos de celosías románicas con tracería musulmana, y de las más bellas de su género.
Lo que no dice es que ese “gaitero” es una referencia al dios “Pan”, un símbolo que significa que dentro se realizaban iniciaciones, y por lo tanto el significado del resto de los canutillos debe ser leído desde una óptica diferente, no común.
Igualmente, otro canutillo representa a un cordero, signo inequívoco de iniciación y no de chuletillas....que podría pensarse.
En los tiempos actuales estamos acostumbrados a escuchar que el pentagrama invertido es un símbolo del mal, pero esto no es cierto. Como símbolo del mal es un invento de algún tonto, hacia el año 1600. Esta Ermita es muy anterior y se puede apreciar claramente que aquello por donde entra la luz a lo que signifique el templo, es a través de lo representado por esos pentagramas formados por corazones. Así que estos deben representar un estado de consciencia determinado; que si hablásemos de Tarot, estaríamos hablando de la clave 12.
Tampoco pasa desapercibido el Crismón (esa figura con forma de cayado en medio de una X), símbolo de la ascensión de la Kundalini e iluminación del corazón.
En el interior, en el lado que da al Norte todavía se puede ver una loseta que es diferente de todas las demás. Este lugar se considera que era la parte donde comenzaba la iniciación del candidato. Al colocarnos en el sitio constatamos que debajo debía de haber algún tipo de arroyo de agua que potenciaba la corriente telúrica del lugar, como así nos fue constatado por el guarda del lugar. Este estar en contacto con las energías terrestres era un elemento común e importante en este tipo de templos, en los cuales para entrar hay que descender unos peldaños…..hay que adentrarse en la tierra, símbolo del polvo y por lo tanto del hombre con el fin de conocer lo superior en él.
En L.V.X.
Bicho
LAO TSE, Filósofo chino
“Treinta radios se unen en el centro;
Gracias al agujero podemos usar la rueda.
El barro se modela en forma de vasija;
Gracias al hueco, puede usarse la copa.
Se levantan muros en toda la tierra;
Gracias a las puertas se puede usar la casa.
Así pues, la riqueza proviene de lo que existe,
Pero lo valioso proviene de lo que no existe”
LAO TSE, Filósofo chino, cuya existencia histórica se debate, pero que pal caso es lo mismo. Extraído de su supuesta obra, el "TAO TE CHING". Las verdaderas autoría y fecha de composición o de compilación del libro son aún objeto de debate y polémica... pero pal caso es lo mismo.
VIENDO BALLENAS.
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Si de ballenas se trata, vamos a Puerto Madryn.
La ciudad de Puerto Madryn pertenece al Departamento Viedma de la provincia de Chubut, en plena Patagonia argentina, sobre la costa atlántica. Fue fundada el 28 de julio de 1865, fecha de llegada, a bordo del Velero Mimosa, de los colonos galeses a la costa de Chubut frente a lo que hoy es la ciudad.
Puerto Madryn es una de las ciudades más pujantes de la Patagonia debido a que nuclea distintas actividades económicas: su puerto de aguas profundas permite una intensa actividad pesquera, produce aluminio en su planta de ALUAR (Aluminio Argentino SA), y tiene una dinámica industria turística. Esta ciudad es pionera de la actividad subacuática del país y es punto de apoyo para visitar la sorprendente y única Península Valdés.
UNA HISTORIA CORTITA
El Golfo Nuevo era conocido por navegantes ingleses y fue prolijamente relevado por la gente del almirante Fitz Roy desde 1826 a 1836. Movidos por la organización de Lewis Jones (tipógrafo), Edwin Roberts y el capitán sir Love Jones Perry (del castillo de Madryn en Arfon, de ahí el nombre del puerto), el 28 de julio de 1865 arribaron a la Bahía Nueva 153 galeses.
A pesar de que pocos de ellos eran labriegos su objetivo era cultivar el valle inferior del río Chubut y por tanto su estadía en el puerto fue corta. En pocos meses se trasladaron a las márgenes del río donde se dedicaron al cultivo de trigo.
El trazado del ferrocarril Trelew - Bahía Nueva, el inicio de la pesca a comienzos de siglo y la radicación de ALUAR en los años setenta cimentaron un crecimiento importante e ininterrumpido.
LAS BALLENAS
Desde Puerto Pirámides, muy cerquita de Puerto Madryn, parten las embarcaciones que llegan hasta unos pocos metros de estas ballenas.
Son lanchas o gomones, para vivir la experiencia inolvidable de acercarse a una de ellas.
Es ideal hacer esta visita entre septiembre y diciembre. En esa época el número de ballenas es grande y las posibilidades de avistaje rápido es mayor. Pero aún a fines de diciembre es posible tener la suerte de encontrar algún espécimen rezagado.
Se sale del pequeño puerto. La embarcación se llena de aventureros vestidos en los impermeables que la empresa facilita para mantenerse secos, arriba de los cuales todos deben colocarse el salvavidas obligatorio. Todo está muy organizado para que uno se sienta seguro.
Se arriba hasta donde está la ballena luego de navegar un tiempo, generalmente no más de 15 minutos (la distancia depende de la época del año). Los capitanes intercambian información y así saben donde están las ballenas cada día.
Entonces se apaga el motor de la embarcación para no molestarlas, y por unos momentos parece sólo existir la naturaleza. Ahí nomás, al alcance de la mano, asoma su piel. Y viendo más allá, se observa que el largo de la ballena sobrepasa al de la lancha. Es imponente.
De vez en cuando emite algún sonido que acompaña el soplido del viento en esta parte del mar. Y el cielo y los acantilados a lo lejos enmarcan esta escena.
La ballena "posa" para los turistas.
Si tenemos suerte la ballena saltará, mostrando gran parte de su enorme cuerpo fuera del agua elevando su masa en un gesto que por lo elegante parece desafiar la gravedad, o elevará su cola regalándonos las clásica fotografía.
Claro, los clicks de las cámaras fotográficas no dejan de sonar, ni los comentarios asombrados y el movimiento de los pasajeros que buscan el mejor lugar para no perderse un detalle. El capitán y los ayudantes asisten a los turistas, organizando el movimiento de gente para que nadie se quede sin ver y dando explicaciones.
El avistaje de ballenas dura 45 minutos, ese tiempo está regulado para evitar molestar a los animales.
Vale ir! Es una preciosa experiencia- Recuerdo que mis hijos volvieron con la idea fija de ser oceanógrafos. ;D
LOS HEREDEROS de KAFKA.
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Recorriendo carpetas, leyendo artículos de PLQHQ, me he detenido a disfrutar de algunas entregas soberbias de Moser. Hablo de la desopilante literatura de KAFKA. Y no lo he escrito en mayúsculas accidentalmente.
Amante de las paradojas y los retratos exagerados de un mundo que sufre la inclemencia de una justicia ciega e irracional, Franz Kafka (1883 / 1924) jamás imaginó en vida (¡y hay que ver que imaginó monstruosidades!) que su legado se convertiría en un capítulo más de su obra. La existencia a veces es cruel con quienes respiran cerca del abismo.
La obra de Franz Kafka ha sido estudiada en exceso, sobre todo porque las emociones del ser humano que la imaginó en infinitas pesadillas eran inestables. El carácter fragmentario y desopilante de sus escritos reflejaban los cambios de una época que se transformaba a pasos agigantados. Vivió a caballo de dos siglos, el diecinueve y el veinte, y apenas publicó en vida.
Por suerte su testamento fue traicionado, porque su deseo era que se destruyeran todas las páginas que había escrito. Consideraba su obra inmadura, imperfecta y poco trascendente. Este abogado de la ciudad de Praga, marcado por un padre autoritario, no pudo convivir con la grandeza de su obra y los terrores que lo acosaban como ser humano. Había recreado los mitos constitutivos de Occidente, pero apenas podía advertirlo.
Cada realidad tiene otra que la mejora. Kafka hubiera destruido su obra y hoy no podríamos hablar de temas kafkianos, aludiendo a esos gobiernos irracionales que en busca de una verdad muerta convierten la justicia en un asunto personal y despótico. Cuando la gente es detenida y enjuiciada sin entender de qué son culpables, lo primero en lo que pensamos en la fragilidad de ese genio desmesurado que fue Franz Kafka.
Ahí entra en escena Max Brod, su albacea, poeta, ensayista, dramaturgo, y crítico literario. Este hombre lo traiciona (para tristeza de una relación fraternal) y lo protege (para bien de la humanidad).
A veces los seres humanos deben sopesar lo que la posteridad tomará en cuenta cuando se echen las cartas y se evalúe lo que era correcto y lo que no debió ocurrir. Hoy podemos felicitar a Brod por haber traicionado al amigo.
Max Brod huyó en 1939 de los nazis y se refugió en Israel, donde fueron a parar todos los papeles que se encontraban en su poder. Brod se instaló en Tel Aviv y vivió, primero con su esposa (que falleció más tarde) y después con una secretaria y amiga personal, Esther Hoffe, hasta 1968, año de su muerte.
El legado de Kafka pasó así de las manos de Brod a las de Hoffe, con la expresa indicación en su testamento de que lo ordenara y lo protegiera más tarde en una institución respetada, como la Biblioteca Nacional de Israel.
Si Kafka se salvó gracias a Brod, Hoffe se ha convertido en su Savonarola personal.
Esther no sólo irrespetó de la peor manera el legado de su amante Brod, sino que vendió en dos millones de dólares el manuscrito de El Proceso a una universidad alemana y les donó a sus hijas el resto de los materiales.
Tanto Esther Hoffe, quien ya falleció a los 102 años, como sus hijas Ruth y Hava, han realizado un manejo absolutamente inescrupuloso del legado de uno de los escritores más significativos de la historia de la literatura universal. Sin duda no estaban a la altura del propósito para el que fueron destinadas por el albacea que intentó burlar al destino.
Las últimas noticias que han trascendido hablan de textos que se estarían perdiendo (serían robados) en la casa de Tel Aviv donde aparentemente las hermanas Hoffe guardan parte del legado. Un apartamento curioso, habitados por gatos y textos kafkianos.
La Biblioteca Nacional de Israel, que ha iniciado un pleito con las hermanas por la posesión de los manuscritos, tiene indicios de que el patrimonio del autor de “Ante la ley’’ está siendo liquidado. En setiembre de 2009 se denunció un robo, sin mencionar quién lo habría realizado. En mayo de 2010 hubo otras dos incursiones a la casa de los gatos.
Todo esto sin contar textos que han aparecido en el pasado en subastas públicas. En 2006 se vendió una carta de Kafka a Brod en 60 mil euros. Y dos años más tarde escritos de amor del escritor checo se vendieron en 25 mil euros.
El dicho popular suele indicarnos que Dios le da pan a quien no tiene dientes. Así como Brod pasó a la historia como un preservador de uno de los hitos de la cultura universal, las hermanas Hoffe ya entraron en el palacio helado donde van a parar las criaturas que sólo saben convivir con el caos y la estupidez. Mala suerte.
WOODY ALLEN. Fiesta de disfraces.
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Les voy a contar una historia que les parecerá increíble. Una vez cacé un alce. Me fuí de cacería a los bosques de Nueva York y cacé un alce. Así que lo aseguré sobre el parachoques de mi automóvil y emprendí el regreso a casa por la carretera oeste. Pero lo que yo no sabía era que la bala no le había penetrado en la cabeza; sólo le había
rozado el cráneo y lo había dejado inconsciente.
Justo cuando estaba cruzando el túnel el alce se despertó. Así que estaba conduciendo con un alce vivo en el parachoques, y el alce hizo señal de girar. Y en el estado de New York hay una ley que prohíbe llevar un alce vivo en el parachoques los martes, jueves y sábados. Me entró un miedo tremendo...
De pronto recordé que unos amigos celebraban una fiesta de disfraces. Iré allí, me dije. LLevaré el alce y me desprenderé de él en la fiesta. Ya no sería responsabilidad mía. Así que me dirigí a la casa de la fiesta y llamé a la puerta. El alce estaba tranquilo a mi lado. Cuando el anfitrión abrió lo saludé: "Hola, ya conoces a los Solomon". Entramos. El alce se incorporó a la fiesta. Le fue muy bien. Ligó y todo. Otro tipo se pasó hora y media tratando de venderle un seguro.
Dieron las doce de la noche y empezaron a repartir los premios a los mejores disfraces. El primer premio fue para los Berkowitz, un matrimonio disfrazado de alce. El alce quedó segundo. ¡Eso le sentó fatal! El alce y los Berkowitz cruzaron sus astas en la sala de estar y quedaron todos inconscientes. Yo me dije: Ésta es la mía. Me llevé al alce, lo até sobre el parachoques y salí rápidamente hacia el bosque. Pero... me había llevado a los Berkowitz. Así que estaba conduciendo con una pareja de judíos en el parachoques. Y en el estado de Nueva York hay una ley que los martes, los jueves y muy especialmente los sábados...
A la mañana siguiente, los Berkowitz despertaron en medio del bosque disfrazados de alce. Al señor Berkowitz lo cazaron, lo disecaron y lo colocaron como trofeo en el Jockey club de Nueva York. Pero les salió el tiro por la culata, porque es un club en donde no se admiten judíos.
Regreso solo a casa. Son las dos de la madrugada y la oscuridad es total. En la mitad del vestíbulo de mi edificio me encuentro con un hombre de Neanderthal. Con el arco superciliar y los nudillos velludos. Creo que aprendió a andar erguido aquella misma mañana. Había acudido a mi domicilio en busca del secreto del fuego. Un morador de los árboles a las dos de la mañana en mi vestíbulo.
Me quité el reloj y lo hice pendular ante sus ojos: los objetos brillantes los apaciguan. Se lo comió. Se me acercó y comenzó un zapateado sobre mi tráquea. Rápidamente, recurrí a un viejo truco de los indios navajos que consiste en suplicar y chillar. Fin.
Qué decir?...toy perturbada ;D
MARIE ANTOINETTE Matrimonio de conveniencia
(β)
“María Antonieta no ha encontrado en el Bosque de Compiegne, ni a un hombre, ni a un amante, ha encontrado un esposo por razón de Estado”.
A pesar de que en Austria se llevó con toda pompa el matrimonio per procurationem, el verdadero se va a realizar en Versalles con la presencia de Luis Augusto Duque de Berry Delfín de Francia , el 16 de Mayo de 1770 en la capilla mandada construir por Luis XIV.
El mismo día de la boda se produce un escándalo de protocolo: las princesas de Lorena, alegando su parentesco con la nueva Delfina, se permitieron bailar antes que las duquesas, grandes damas de la nobleza, que murmuran ya contra "la Austríaca", por la tarde 132 personas mueren asfixiadas en la calle, en medio del regocijo público.
Joven, bella, inteligente, heredera de Habsburgo y con un árbol genealógico impresionante, su llegada aviva también los celos del pequeño mundo de la nobleza versallesca y de las múltiples y dudosas alianzas; pero la joven Delfina tiene miedo de acostumbrarse a su nueva vida. Su espíritu se pliega mal a la complejidad y a la astucia de la "vieja corte" y al libertinaje del rey Luis XV y de su amante Madame du Barry.
Este suceso es totalmente íntimo y familiar, sólo a personajes aristocráticos le es permitida la entrada; las familias más selectas de Francia son invitadas, claro antes se revisa exhaustivamente su árbol genealógico, que debe contar por lo menos con cien ramas con excelentes enlaces.
El Arzobispo de Reims es quien bendice el joven matrimonio. Marie Antoinette hace su entrada con un hermoso vestido rosa y plata.
La misa comienza y se tiende el dosel de plata sobre la pareja.
Luis XV firma el contrato matrimonial y tras él en un riguroso orden jerárquico, los parientes más cercanos de la familia real.
El inmenso pergamino aún existe como testimonio de que fue sólo a Marie Antoinette a la que se le escapó una mancha de tinta, tras la cual todos los invitados murmuraron “mal augurio”.
Firmó como “MARIE ANTOINETTE JOSEPHA JEANNE”, nombre que le dieron los franceses, ya que en Austria su madre la llamaba Toinette de cariño y la bautizaron con el nombre de María Antonia Josefa Juana.
Terminada la ceremonia todo es felicidad y regocijo. El pueblo celebra.
Medio París se traslada a Versalles llenando sus jardines. Lo más sorprendente fue por la noche: los imponentes juegos artificiales.
Dentro del palacio seis mil invitados escogidos entre la nobleza, solo para observar cómo se lleva a cabo el banquete de bodas donde veintidós miembros de la familia real comen mientras ellos parados en silencio recorren la mesa.
El fondo musical compuesto por ochenta músicos para tocar la tonadilla de moda. Terminado el banquete, atraviesan la doble fila de la guardia francesa que le rinde homenaje a los recién casados. La ceremonia ha terminado.
Se dirigen a su habitación la joven pareja escoltados por el Rey Luis XV y la Duquesa de Chartes, ambos entregan respectivamente los camisones de dormir.
Se acercan al lecho de los novios el Arzobispo de Reims para bendecirlo, la corte se retira junto con el Rey y se quedan los novios solos.
Marie Antoinette, al día siguiente, escribe en su diario la famosa palabra “RIEM, Nada”.
Su marido la evita (el matrimonio no se consuma hasta julio de 1773), ella trata de amoldarse al protocolo y a la ceremonia francesa y aborrece tener su corte.
Así empieza una de las etapas que marcarán la forma de ser de Marie Antoinette, y no solo de ella sino tambien de Luis, su corte y el poder del antiguo régimen que se debilita frente a sus súbditos.
Continuará.
CUATRO FRASES QUE LE HACEN CRECER LA NARIZ A PINOCHO. Eduardo Galeano.
(β)
Va la cuarta y última.
"La naturaleza está fuera de nosotros"
En sus 10 mandamientos, Dios olvidó mencionar a la naturaleza. Entre las órdenes que nos envió desde el monte Sinaí, el Señor hubiera podido agregar, pongamos por caso: "Honrarás a la naturaleza de la que formas parte". Pero no se le ocurrió. Hace cinco siglos, cuando América fue apresada por el mercado mundial, la civilización invasora confundió a la ecología con la idolatría. La comunión con la naturaleza era pecado. Y merecía castigo. Según las crónicas de la Conquista., los indios nómadas que usaban cortezas para vestirse jamás desollaban el tronco entero, para no aniquilar el árbol, y los indios sedentarios plantaban cultivos diversos y con períodos de descanso, para no cansar a la tierra. La civilización que venía a imponer los devastadores monocultivos de exportación no podía entender a las culturas integradas a la naturaleza, y las confundió con la vocación demoníaca o la ignorancia. Para la civilización que dice ser occidental y cristiana, la naturaleza era una bestia feroz que había que domar y castigar para que funcionara como una máquina, puesta a nuestro servicio desde siempre y para siempre. La naturaleza, que era eterna, nos debía esclavitud. Muy recientemente nos hemos enterado de que la naturaleza se cansa, como nosotros, sus hijos, y hemos sabido que, como nosotros, puede morir asesinada. Ya no se habla de someter a la naturaleza, ahora hasta sus verdugos dicen que hay que protegerla. Pero en uno u otro caso, naturaleza sometida y naturaleza protegida, ella está fuera de nosotros. La civilización que confunde a los relojes con el tiempo, al crecimiento con el desarrollo y a lo grandote con la grandeza, también confunde a la naturaleza con el paisaje, mientras el mundo, laberinto sin centro, se dedica a romper su propio cielo.
LA ULTIMA PRESENTACION EN VIVO LOS BEATLES.
(β)
El concierto sorprendió a los londinenses ya que no fue anunciado.
Luego de 42 minutos llegó la Policía y obligó a que el show pare, alegando quejas por el ruido.
Para hacer rock no es necesaria mucho preparativo, sólo músicos entregados y los instrumentos. Al menos eso fue lo que demostraron Los Beatles en 1969, improvisando un concierto que pasaría a la historia; no sólo por realizarse en el techo de Apple Records, ubicado en Savile Row, sino porque fue la última oportunidad que la banda más importante de la historia tocó en vivo, al menos para el público.
La separación de la banda de Liverpool era inminente y querían despedirse con un filme que reflejara la creación del último disco de la banda. Así nació “Let it be”, homónimo del álbum, una película controversial que mostró la tensión que se vivía entre los ingleses. Para cerrar la cinta necesitaban una presentación en vivo. Después de barajar muchas posibilidades, decidieron usar el techo de su compañía discográfica, Apple Records.
A pesar de haber sido siempre un cuarteto, ese día se les unió el tecladista Billy Preston, quien colaboró intensamente en las grabaciones de “Let it be”.
El fuerte viento obligó a John Lennon a pedirle el saco de piel a su amada Yoko Ono. Ringo Starr hizo lo mismo al prestarse la casaca roja de su esposa, Maureen.
Luego de 42 minutos de concierto llegó la Policía que obligó a que el show pare, alegando quejas por el ruido. Desde ese día no se escuchó nada más de los Beatles en vivo.
Cabe aclarar que luego de las grabaciones de "Let it be" decidieron regresar al estudio y crear un último disco, así nació "Abbey road".
LA VIDA DEBERÍA SER AL REVÉS!!!
LA VIDA DEBERÍA SER AL REVÉS!!!
(Texto Quino, foto HugoVlad)
SE DEBERÍA EMPEZAR MURIENDO Y ASÍ ESE TRAUMA ESTÁ SUPERADO.
LUEGO TE DESPIERTAS EN UNA RESIDENCIA MEJORANDO DÍA A DÍA. DESPUÉS TE ECHAN DE LA RESIDENCIA PORQUE ESTÁS BIEN Y LO PRIMERO QUE HACES ES COBRAR TU PENSIÓN.
LUEGO EN TU PRIMER DÍA DE TRABAJO TE DAN UN RELOJ DE ORO.
TRABAJAS 40 AÑOS HASTA QUE SEAS BASTANTE JOVEN COMO PARA DISFRUTAR DEL RETIRO DE LA VIDA LABORAL.
ENTONCES VAS DE FIESTA EN FIESTA, BEBES, PRACTICAS EL SEXO Y TE PREPARAS PARA EMPEZAR A ESTUDIAR.
LUEGO EMPIEZAS EL COLE, JUGANDO CON TUS AMIGOS, SIN NINGÚN TIPO DE OBLIGACIÓN, HASTA QUE SEAS BEBÉ. Y LOS ÚLTIMOS 9 MESES TE PASAS FLOTANDO TRANQUILO, CON CALEFACCIÓN CENTRAL, ROOM SERVICE ETC…
Y AL FINAL ABANDONAS ESTE MUNDO EN UN ORGASMO.
(Texto Quino, foto HugoVlad)
SE DEBERÍA EMPEZAR MURIENDO Y ASÍ ESE TRAUMA ESTÁ SUPERADO.
LUEGO TE DESPIERTAS EN UNA RESIDENCIA MEJORANDO DÍA A DÍA. DESPUÉS TE ECHAN DE LA RESIDENCIA PORQUE ESTÁS BIEN Y LO PRIMERO QUE HACES ES COBRAR TU PENSIÓN.
LUEGO EN TU PRIMER DÍA DE TRABAJO TE DAN UN RELOJ DE ORO.
TRABAJAS 40 AÑOS HASTA QUE SEAS BASTANTE JOVEN COMO PARA DISFRUTAR DEL RETIRO DE LA VIDA LABORAL.
ENTONCES VAS DE FIESTA EN FIESTA, BEBES, PRACTICAS EL SEXO Y TE PREPARAS PARA EMPEZAR A ESTUDIAR.
LUEGO EMPIEZAS EL COLE, JUGANDO CON TUS AMIGOS, SIN NINGÚN TIPO DE OBLIGACIÓN, HASTA QUE SEAS BEBÉ. Y LOS ÚLTIMOS 9 MESES TE PASAS FLOTANDO TRANQUILO, CON CALEFACCIÓN CENTRAL, ROOM SERVICE ETC…
Y AL FINAL ABANDONAS ESTE MUNDO EN UN ORGASMO.
“TOMAR LAS DE VILLADIEGO”
(β)
Cuando alguien se ausenta de forma precipitada, generalmente para huir de algún contratiempo o peligro, o abandona su hogar para no sufrir un daño, se dice que esa persona ha tomado las de Villadiego.
Nadie sabe con seguridad cúal es el origen de esta popular expresión, pero hipótesis no faltan. Algunos suponen que las de Villadiego alude a las alpargatas que se fabricaban en el pueblo burgalés de Villadiego.
Para otros, se refiere a las alforjas que se confeccionaban en esa villa. Y los hay que aseguran que el dicho no tiene nada que ver con alpargatas ni alforjas, sino con calzas, o sea, lo que hoy conocemos como calzones. De hecho, también se dice tomar las calzas de Villadiego. Tal expresión puede leerse por primera vez en la célebre comedia del siglo XV La Celestina, cuando Sempronio dice a Pármeno: "Apercíbete a la primera voz que oyeras a tomar calzas de Villadiego". Y este segundo contesta: "Calzas traigo, y aun borceguíes de esos ligeros que tú dices para mejor huir que otro".
Cervantes, en los versos preliminares de El Quijote, da por supuesto que la alocución alude a las calzas y lo relaciona con poner pies en polvorosa.
Hay expertos que aseguran que el origen del modismo está en la encomienda-privilegio que el rey Fernando III, el Santo, concedió a los judíos de Villadiego, prohibiendo que los prendiesen, proporcionándoles un lugar seguro y obligándoles a llevar un distintivo para que se reconociesen a simple vista. El distintivo eran las calças típicas del lugar de Villadiego. Así, cuando arreciaron las persecuciones contra los hebreos de Burgos y Toledo, éstos huían abandonando las ropas castellanas y se vestían las calzas de Villadiego. De este modo, eran protegidos por los procuradores del monarca hasta llegar a su nueva tierra en calidad de colonos y pecheros de Fernando III.
En fin…soldado que huye sirve pa otra vuelta…
UN MUNDO SIN NOVELAS Mario Vargas Llosa.
(B)
He releído varias veces el texto que sigue a esta breve introducción con el propósito de elegir un fragmento. Juzgué largo el contenido para un sólo post. Pero me he decidido a ponerlo completo porque no tiene desperdicio y siento que fracturaría su riqueza argumentativa. Espero que les guste tanto como a mí.
"La literatura es vista hoy en día como un entretenimiento, del que se puede prescindir en función del gusto individual. Este texto de Vargas Llosa es una apasionada defensa de la literatura como la mejor herramienta de comunicación entre los hombres y como el medio para crear ciudadanos libres y críticos. Un mundo sin literatura sería un mundo sin lenguaje y, por ello, sin ideas nuevas."
Muchas veces me ha ocurrido, en ferias del libro o librerías, que un señor se me acerque con un libro mío en las manos y me pida una firma, precisando: "Es para mi mujer, o mi hijita, o mi hermana, o mi madre; ella, o ellas, son grandes lectoras y les encanta la literatura". Yo le pregunto, de inmediato: "¿Y, usted, no lo es? ¿No le gusta leer?" La respuesta rara vez falla: "Bueno, sí, claro que me gusta, pero yo soy una persona muy ocupada, sabe usted". Sí, lo sé muy bien, porque he oído esa explicación decenas de veces: ese señor, esos miles de miles de señores iguales a él, tienen tantas cosas importantes, tantas obligaciones y responsabilidades en la vida, que no pueden desperdiciar su precioso tiempo pasando horas de horas enfrascados en una novela, un libro de poemas o un ensayo literario. Según esta extendida concepción, la literatura es una actividad prescindible, un entretenimiento, seguramente elevado y útil para el cultivo de la sensibilidad y las maneras, un adorno que pueden permitirse quienes disponen de mucho tiempo libre para la recreación, y que habría que filiar entre los deportes, el cine, el bridge o el ajedrez, pero que puede ser sacrificado sin escrúpulos a la hora de establecer una tabla de prioridades en los quehaceres y compromisos indispensables de la lucha por la vida.
Es cierto que la literatura ha pasado a ser, cada vez más, una actividad femenina: en las librerías, en las conferencias o recitales de escritores, y, por supuesto, en los departamentos y facultades universitarios dedicados a las letras, las faldas derrotan a los pantalones por goleada. La explicación que se ha dado es que, en los sectores sociales medios, las mujeres leen más porque trabajan menos horas que los hombres, y, también, que muchas de ellas tienden a considerar más justificado que los varones el tiempo dedicado a la fantasía y la ilusión. Soy un tanto alérgico a estas explicaciones que dividen a hombres y mujeres en categorías cerradas y que atribuyen a cada sexo virtudes y deficiencias colectivas, de manera que no suscribo del todo dichas explicaciones. Pero de lo que no hay duda es que los lectores literarios —hay muchos lectores, pero de bazofia impresa— son cada vez menos, en general, y que, dentro de ellos, las mujeres prevalecen. Ocurre en casi todo el mundo. En España, una reciente encuesta organizada por la SGAE (Sociedad General de Autores Españoles) arrojó una comprobación alarmante: que la mitad de los ciudadanos de ese país jamás ha leído un libro. La encuesta reveló, también, que, en la minoría lectora, el número de mujeres que confiesan leer supera al de los hombres en un 6.2% y la tendencia es a que la diferencia aumente. Yo me alegro mucho por las mujeres, claro está, pero lo deploro por los hombres, y por aquellos millones de seres humanos que, pudiendo leer, han renunciado a hacerlo. No sólo porque no saben el placer que se pierden, sino, desde una perspectiva menos hedonista, porque estoy convencido de que una sociedad sin novelas, o en la que la literatura ha sido relegada, como ciertos vicios inconfesables, a los márgenes de la vida social y convertida poco menos que en un culto sectario, está condenada a barbarizarse espiritualmente y a comprometer su libertad.
Me propongo en este texto formular algunas razones contra la idea de la literatura, en especial de la novela, como un pasatiempo de lujo, y a favor de considerarla, además de uno de los más estimulantes y enriquecedores quehaceres del espíritu, una actividad irremplazable para la formación del ciudadano en una sociedad moderna y democrática, de individuos libres, y que, por lo mismo, debería inculcarse en las familias desde la infancia y formar parte de todos los programas de educación como una disciplina básica. Ya sabemos que ocurre lo contrario, que la literatura tiende a encogerse e, incluso, a desaparecer del currículo escolar como si se tratara de una enseñanza prescindible.
Vivimos en una era de especialización del conocimiento, debido al prodigioso desarrollo de la ciencia y la técnica, y a su fragmentación en innumerables avenidas y compartimentos, sesgo de la cultura que sólo puede acentuarse en los años venideros. La especialización trae, sin duda, muchos beneficios, pues ella permite profundizar en la exploración y la experimentación, y es el motor del progreso. Pero tiene, también, como consecuencia negativa, el ir eliminando esos denominadores comunes de la cultura gracias a los cuales los hombres y las mujeres pueden coexistir, comunicarse y sentirse de alguna manera solidarios. La especialización conduce a la incomunicación social, al cuarteamiento del conjunto de seres humanos en asentamientos o guetos culturales de técnicos y especialistas a los que un lenguaje, unos códigos y una información progresivamente sectorizada y parcial, confinan en aquel particularismo contra el que nos alertaba el viejísimo refrán: no concentrarse tanto en la rama o la hoja como para olvidar que ellas son partes de un árbol, y éste, de un bosque. De tener conciencia cabal de la existencia del bosque depende en buena medida el sentimiento de pertenencia que mantiene unido al todo social y le impide desintegrarse en una miríada de particularismos solipsistas. Y el solipsismo —de pueblos o individuos— produce paranoias y delirios, esas desfiguraciones de la realidad que a menudo generan el odio, las guerras y los genocidios. Ciencia y técnica ya no pueden cumplir aquella función cultural integradora en nuestro tiempo, precisamente por la infinita riqueza de conocimientos y la rapidez de su evolución que ha llevado a la especialización y al uso de vocabularios herméticos.
La literatura, en cambio, a diferencia de la ciencia y la técnica, es, ha sido y seguirá siendo, mientras exista, uno de esos denominadores comunes de la experiencia humana, gracias al cual los seres vivientes se reconocen y dialogan, no importa cuán distintas sean sus ocupaciones y designios vitales, las geografías y las circunstancias en que se hallen, e, incluso, los tiempos históricos que determinen su horizonte. Los lectores de Cervantes o de Shakespeare, de Dante o de Tolstoi, nos entendemos y nos sentimos miembros de la misma especie porque, en las obras que ellos crearon, aprendimos aquello que compartimos como seres humanos, lo que permanece en todos nosotros por debajo del amplio abanico de diferencias que nos separan. Y nada defiende mejor al ser viviente contra la estupidez de los prejuicios, del racismo, de la xenofobia, de las orejeras pueblerinas del sectarismo religioso o político, o de los nacionalismos excluyentes, como esta comprobación incesante que aparece siempre en la gran literatura: la igualdad esencial de hombres y mujeres de todas las geografías y la injusticia que es establecer entre ellos formas de discriminación, sujeción o explotación. Nada enseña mejor que las buenas novelas a ver, en las diferencias étnicas y culturales, la riqueza del patrimonio humano y a valorarlas como una manifestación de su múltiple creatividad. Leer buena literatura es divertirse, sí; pero también aprender, de esa manera directa e intensa que es la de la experiencia vivida a través de las ficciones, qué y cómo somos, en nuestra integridad humana, con nuestros actos y sueños y fantasmas, a solas y en el entramado de relaciones que nos vinculan a los otros, en nuestra presencia pública y en el secreto de nuestra conciencia, esa complejísima suma de verdades contradictorias —como las llamaba Isaiah Berlin— de que está hecha la condición humana. Ese conocimiento totalizador y en vivo del ser humano, hoy, sólo se encuentra en la novela. Ni siquiera las otras ramas de las humanidades—como la filosofía, la psicología, la sociología, la historia o las artes— han podido preservar esa visión integradora y un discurso asequible al profano, pues, bajo la irresistible presión de la cancerosa división y subdivisión del conocimiento, han sucumbido también al mandato de la especialización, a aislarse en parcelas cada vez más segmentadas y técnicas, cuyas ideas y lenguajes están fuera del alcance de la mujer y el hombre del común. No es ni puede ser el caso de la literatura, aunque algunos críticos y teorizadores se empeñen en convertirla en una ciencia, porque la ficción no existe para investigar en un área determinada de la experiencia, sino para enriquecer imaginariamente la vida, la de todos, aquella vida que no puede ser desmembrada, desarticulada, reducida a esquemas o fórmulas, sin desaparecer. Por eso, Marcel Proust afirmó: "La verdadera vida, la vida por fin esclarecida y descubierta, la única vida por lo tanto plenamente vivida, es la literatura". No exageraba, guiado por el amor a esa vocación que practicó con soberbio talento: simplemente, quería decir que, gracias a la literatura, la vida se entiende y se vive mejor, y entender y vivir la vida mejor significa vivirla y compartirla con los otros.
El vínculo fraterno que la novela establece entre los seres humanos, obligándolos a dialogar y haciéndolos conscientes de un fondo común, de formar parte de un mismo linaje espiritual, trasciende las barreras del tiempo. La literatura nos retrotrae al pasado y nos hermana con quienes, en épocas idas, fraguaron, gozaron y soñaron con esos textos que nos legaron y que, ahora, nos hacen gozar y soñar también a nosotros. Ese sentimiento de pertenencia a la colectividad humana a través del tiempo y el espacio es el más alto logro de la cultura y nada contribuye tanto a renovarlo en cada generación como la literatura.
A Borges lo irritaba que le preguntaran: "¿Para qué sirve la literatura?" Le parecía una pregunta idiota y respondía: "¡A nadie se le ocurriría preguntarse cuál es la utilidad del canto de un canario o de los arreboles de un crepúsculo!" En efecto, si esas cosas bellas están allí y gracias a ellas la vida, aunque sea por un instante, es menos fea y menos triste, ¿no es mezquino buscarles justificaciones prácticas? Sin embargo, a diferencia del gorjeo de los pájaros o el espectáculo del sol hundiéndose en el horizonte, un poema, una novela, no están simplemente allí, fabricados por el azar o la naturaleza. Son una creación humana, y es lícito indagar cómo y por qué nacieron, y qué han dado a la humanidad para que la literatura, cuyos remotos orígenes se confunden con los de la escritura, haya durado tanto tiempo. Nacieron, como inciertos fantasmas, en la intimidad de una conciencia, proyectados a ella por las fuerzas conjugadas del inconsciente, una sensibilidad y unas emociones, a los que, en una lucha a veces a mansalva con las palabras, el poeta, el narrador, fueron dando silueta, cuerpo, movimiento, ritmo, armonía, vida. Una vida artificial, hecha de lenguaje e imaginación, que coexiste con la otra, la real, desde tiempos inmemoriales, y a la que acuden hombres y mujeres —algunos con frecuencia y otros de manera esporádica— porque la vida que tienen no les basta, no es capaz de ofrecerles todo lo que quisieran. La novela no comienza a existir cuando nace, por obra de un individuo; sólo existe de veras cuando es adoptada por los otros y pasa a formar parte de la vida social, cuando se torna, gracias a la lectura, experiencia compartida.
Uno de sus primeros efectos benéficos ocurre en el plano del lenguaje. Una comunidad sin literatura escrita se expresa con menos precisión, riqueza de matices y claridad que otra cuyo principal instrumento de comunicación, la palabra, ha sido cultivado y perfeccionado gracias a los textos literarios. Una humanidad sin novelas, no contaminada de literatura, se parecería mucho a una comunidad de tartamudos y de afásicos, aquejada de tremendos problemas de comunicación debido a lo basto y rudimentario de su lenguaje. Esto vale también para los individuos, claro está. Una persona que no lee, o lee poco, o lee sólo basura, puede hablar mucho pero dirá siempre pocas cosas, porque dispone de un repertorio mínimo y deficiente de vocablos para expresarse. No es una limitación sólo verbal; es, al mismo tiempo, una limitación intelectual y de horizonte imaginario, una indigencia de pensamientos y de conocimientos, porque las ideas, los conceptos, mediante los cuales nos apropiamos de la realidad existente y de los secretos de nuestra condición, no existen disociados de las palabras a través de las cuales los reconoce y define la conciencia. Se aprende a hablar con corrección, profundidad, rigor y sutileza gracias a la buena literatura, y sólo gracias a ella. Ninguna otra disciplina, ni tampoco rama alguna de las artes, puede sustituir a la literatura en la formación del lenguaje con que se comunican las personas. Los conocimientos que nos transmiten los manuales científicos y los tratados técnicos son fundamentales; pero ellos no nos enseñan a dominar las palabras y a expresarnos con propiedad: al contrario, a menudo están muy mal escritos y delatan confusión lingüística, porque sus autores, a veces indiscutibles eminencias en su profesión, son literariamente incultos y no saben servirse del lenguaje para comunicar los tesoros conceptuales de que son poseedores. Hablar bien, disponer de un habla rica y diversa, encontrar la expresión adecuada para cada idea o emoción que se quiere comunicar, significa estar mejor preparado para pensar, enseñar, aprender, dialogar y, también, para fantasear, soñar, sentir y emocionarse. De una manera subrepticia, las palabras reverberan en todos los actos de la vida, aun en aquellos que parecen muy alejados del lenguaje. Éste, a medida que, gracias a la literatura, evolucionó hasta niveles elevados de refinamiento y matización, elevó las posibilidades del goce humano, y, en lo relativo al amor, sublimó los deseos y dio categoría de creación artística al acto sexual. Sin la literatura, no existiría el erotismo. El amor y el placer serían más pobres, carecerían de delicadeza y exquisitez, de la intensidad que alcanzan educados y azuzados por la sensibilidad y las fantasías literarias. No es exagerado decir que una pareja que ha leído a Garcilaso, a Petrarca, a Góngora y a Baudelaire ama y goza mejor que otra de analfabetos semiidiotizados por los culebrones de la televisión. En un mundo aliterario, el amor y el goce serían indiferenciables de los que sacian a los animales, no irían más allá de la cruda satisfacción de los instintos elementales: copular y tragar.
Los medios audiovisuales tampoco están en condiciones de suplir a la literatura en esta función: la de enseñar al ser humano a usar con seguridad y talento las riquísimas posibilidades que encierra la lengua. Por el contrario, los medios audiovisuales tienden, como es natural, a relegar a las palabras a un segundo plano respecto a las imágenes, que son su lenguaje primordial, y a constreñir la lengua a su expresión oral, lo mínimo indispensable y lo más alejada de su vertiente escrita, que, en la pantalla, pequeña o grande, y en los parlantes, resulta siempre soporífica. Decir de una película o un programa que es "literario" es una manera educada de llamarlo aburrido. Y, por eso, los programas literarios en la radio o la televisión rara vez conquistan al gran público; que yo sepa, la única excepción a esta regla ha sido Apostrophes, de Bernard Pivot, en Francia. Ello me lleva a pensar, también, aunque en esto admito ciertas dudas, que no sólo la literatura es indispensable para el cabal conocimiento y dominio del lenguaje, sino que la suerte de las novelas está ligada, en matrimonio indisoluble, a la del libro, ese producto industrial al que muchos declaran ya obsoleto.
Entre ellos, una persona tan importante, y a la que la humanidad debe tanto en el dominio de las comunicaciones, como Bill Gates, el fundador de Microsoft. El señor Gates estuvo en Madrid hace algunos meses, y visitó la Real Academia Española, con la que Microsoft ha echado las bases de lo que, ojalá, sea una fecunda colaboración. Entre otras cosas, Bill Gates aseguró a los académicos que se ocupará personalmente de que la letra ñ no sea desarraigada nunca de los ordenadores, promesa que, claro está, nos ha hecho lanzar un suspiro de alivio a los cuatrocientos millones de hispanohablantes de los cinco continentes a los que la mutilación de aquella letra esencial en el ciberespacio hubiera creado problemas babélicos. Ahora bien, inmediatamente después de esta amable concesión a la lengua española, y entiendo que sin siquiera abandonar el local de la Real Academia, Bill Gates afirmó en conferencia de prensa que espera no morirse sin haber realizado su mayor designio. ¿Y cuál es éste? Acabar con el papel, y, por lo tanto, con los libros, mercancías que a su juicio son ya de un anacronismo pertinaz. El señor Gates explicó que las pantallas del ordenador están en condiciones de reemplazar exitosamente al papel en todas las funciones que éste ha asumido hasta ahora, y que, además de ser menos onerosas, quitar menos espacio y ser más transportables, las informaciones y la literatura vía pantalla, en lugar de vía periódicos y libros, tendrán la ventaja ecológica de poner fin a la devastación de los bosques, cataclismo que por lo visto es consecuencia de la industria papelera. Las gentes continuarán leyendo, explicó, por supuesto, pero en las pantallas, y, de este modo, habrá más clorofila en el medio ambiente.
Yo no estaba presente —conozco estos detalles por la prensa—, pero, si lo hubiera estado, hubiera abucheado al señor Bill Gates por anunciar allí, sin el menor impudor, su intención de enviarnos al paro a mí y a tantos de mis colegas, los escribidores librescos. ¿Puede la pantalla reemplazar al libro en todos los casos, como afirma el creador de Microsoft? No estoy tan seguro. Lo digo sin desconocer, en absoluto, la gigantesca revolución que en el campo de las comunicaciones y la información ha significado el desarrollo de las nuevas técnicas, como Internet, que cada día me presta una invalorable ayuda en mi propio trabajo. Pero de allí a admitir que la pantalla electrónica puede suplir al papel en lo que se refiere a las lecturas literarias, hay un trecho que no alcanzo a franquear. Simplemente no consigo hacerme a la idea de que la lectura no funcional ni pragmática, aquella que no busca una información ni una comunicación de utilidad inmediata, pueda integrarse en la pantalla de un ordenador, al ensueño y la fruición de la palabra con la misma sensación de intimidad, con la misma concentración y aislamiento espiritual, con que lo hace a través del libro. Es, tal vez, un prejuicio, resultante de la falta de práctica, de la ya larga identificación en mi experiencia de la literatura con los libros de papel, pero, aunque con mucho gusto navego por el Internet en busca de las noticias del mundo, no se me ocurriría recurrir a él para leer los poemas de Góngora, una novela de Onetti o de Calvino o un ensayo de Octavio Paz, porque sé positivamente que el efecto de esa lectura jamás sería el mismo. Tengo el convencimiento, que no puedo justificar, de que, con la desaparición del libro, la literatura recibiría un serio maltrato, acaso mortal. El nombre no desaparecería, por supuesto; pero probablemente serviría para designar un tipo de textos tan alejados de lo que ahora entendemos por literatura como lo están los programas televisivos de cotilleo sobre los famosos del jet-set o El Gran Hermano de las tragedias de Sófocles y de Shakespeare.
Otra razón para dar a la novela una plaza importante en la vida de las naciones es que, sin ella, el espíritu crítico, motor del cambio histórico y el mejor valedor de su libertad con que cuentan los pueblos, sufriría una merma irremediable. Porque toda buena literatura es un cuestionamiento radical del mundo en que vivimos. En todo gran texto de ficción, y sin que muchas veces lo hayan querido sus autores, alienta una predisposición sediciosa.
La literatura no dice nada a los seres humanos satisfechos con su suerte, a quienes colma la vida tal como la viven. Ella es alimento de espíritus indóciles y propagadora de inconformidad, un refugio para aquel al que sobra o falta algo, en la vida, para no ser infeliz, para no sentirse incompleto, sin realizar en sus aspiraciones. Salir a cabalgar junto al escuálido Rocinante y su desbaratado jinete por los descampados de La Mancha, recorrer los mares en pos de la ballena blanca con el capitán Ahab, tragarnos el arsénico con Emma Bovary o convertirnos en un insecto con Gregorio Samsa, es una manera astuta que hemos inventado a fin de desagraviarnos a nosotros mismos de las ofensas e imposiciones de esa vida injusta que nos obliga a ser siempre los mismos, cuando quisiéramos ser muchos, tantos como requerirían para aplacárselos incandescentes deseos de que estamos poseídos.
La novela sólo apacigua momentáneamente esa insatisfacción vital, pero, en ese milagroso intervalo, en esa suspensión provisional de la vida en que nos sume la ilusión literaria —que parece arrancarnos de la cronología y de la historia y convertirnos en ciudadanos de una patria sin tiempo, inmortal— somos otros. Más intensos, más ricos, más complejos, más felices, más lúcidos, que en la constreñida rutina de nuestra vida real. Cuando, cerrado el libro, abandonada la ficción, regresamos a aquélla y la cotejamos con el esplendoroso territorio que acabamos de dejar, qué decepción nos espera. Es decir, esta tremenda comprobación: que la vida soñada de la novela es mejor —más bella y más diversa, más comprensible y perfecta— que aquella que vivimos cuando estamos despiertos, una vida doblegada por las limitaciones y servidumbres de nuestra condición. En este sentido, la buena literatura es siempre —aunque no lo pretenda ni lo advierta— sediciosa, insumisa, revoltosa: un desafío a lo que existe. La literatura nos permite vivir en un mundo cuyas leyes transgreden las leyes inflexibles por las que transcurre nuestra vida real, emancipados de la cárcel del espacio y del tiempo, en la impunidad para el exceso y dueños de una soberanía que no conoce límites. ¿Cómo no quedaríamos defraudados, luego de leer La guerra y la paz o En busca del tiempo perdido, al volver a este mundo de pequeñeces sin cuento, de fronteras y prohibiciones que nos acechan por doquier y que, a cada paso, corrompen nuestras ilusiones? Esa es, acaso, más incluso que la de mantener la continuidad de la cultura y la de enriquecer el lenguaje, la mejor contribución de la literatura al progreso humano: recordarnos (sin proponérselo en la mayoría de los casos) que el mundo está mal hecho, que mienten quienes pretenden lo contrario —por ejemplo, los poderes que lo gobiernan—, y que podría estar mejor, más cerca de los mundos que nuestra imaginación y nuestro verbo son capaces de inventar.
Una sociedad democrática y libre necesita ciudadanos responsables y críticos, conscientes de la necesidad de someter continuamente a examen el mundo en que vivimos para tratar de acercarlo —empresa siempre quimérica— a aquel en que quisiéramos vivir; pero, gracias a su terquedad en alcanzar aquel sueño inalcanzable —casar la realidad con los deseos— ha nacido y avanzado la civilización, y llevado al ser humano a derrotar a muchos —no a todos, por supuesto— demonios que lo avasallaban. Y no existe mejor fermento de insatisfacción frente a lo existente que la buena literatura. Para formar ciudadanos críticos e independientes, difíciles de manipular, en permanente movilización espiritual y con una imaginación siempre en ascuas, nada como las buenas novelas.
Ahora bien, llamar sediciosa a la literatura porque las bellas ficciones desarrollan en los lectores una conciencia alerta respecto de las imperfecciones del mundo real no significa, claro está, como creen las iglesias y los gobiernos que establecen censuras para atenuar o anular su carga subversiva, que los textos literarios provoquen inmediatas conmociones sociales o aceleren las revoluciones. Entramos aquí en un terreno resbaladizo, subjetivo, en el que conviene moverse con prudencia. Los efectos sociopolíticos de un poema, de un drama o de una novela son inverificables porque ellos no se dan casi nunca de manera colectiva, sino individual, lo que quiere decir que varían enormemente de una a otra persona. Por ello es difícil, para no decir imposible, establecer pautas precisas. De otro lado, muchas veces estos efectos, cuando resultan evidentes en el ámbito colectivo, pueden tener poco que ver con la calidad estética del texto que los produce. Por ejemplo, una mediocre novela, La cabaña del tío Tom, de Harriet Elizabeth Beecher Stowe, parece haber desempeñado un papel importantísimo en la toma de conciencia social en Estados Unidos sobre los horrores de la esclavitud. Pero que estos efectos sean difíciles de identificar no implica que no existan. Sino que ellos se dan, de manera indirecta y múltiple, a través de las conductas y acciones de los ciudadanos cuya personalidad las novelas contribuyeron a modelar.
La buena literatura, a la vez que apacigua momentáneamente la insatisfacción humana, la incrementa, y, desarrollando una sensibilidad inconformista ante la vida, hace a los seres humanos más aptos para la infelicidad. Vivir insatisfecho, en pugna contra la existencia, es empeñarse en buscar tres pies al gato sabiendo que tiene cuatro, condenarse, en cierta forma, a librar esas batallas que libraba el coronel Aureliano Buendía, de Cien años de soledad, sabiendo que las perdería todas. Esto es probablemente cierto; pero también lo es que, sin la insatisfacción y la rebeldía contra la mediocridad y la sordidez de la vida, los seres humanos viviríamos todavía en un estado primitivo, la historia se hubiera estancado, no habría nacido el individuo, ni la ciencia ni la tecnología hubieran despegado, ni los derechos humanos serían reconocidos, ni la libertad existiría, pues todos ellos son criaturas nacidas a partir de actos de insumisión contra una vida percibida como insuficiente e intolerable. Para este espíritu que desacata la vida tal como es, y busca, con la insensatez de un Alonso Quijano (cuya locura, recordemos, nació de leer novelas de caballerías), materializar el sueño, lo imposible, la literatura ha servido de formidable combustible.
Hagamos un esfuerzo de reconstrucción histórica fantástica, imaginando un mundo sin literatura, una humanidad que no hubiera leído novelas. En aquella civilización ágrafa, de léxico liliputense, en la que prevalecerían acaso sobre las palabras los gruñidos y la gesticulación simiesca, no existirían ciertos adjetivos formados a partir de las creaciones literarias: quijotesco, kafkiano, pantagruélico, rocambolesco, orwelliano, sádico y masoquista, entre muchos otros. Habría locos, víctimas de paranoias y delirios de persecución, y gentes de apetitos descomunales y excesos desaforados, y bípedos que gozarían recibiendo o infligiendo dolor, ciertamente. Pero no habríamos aprendido a ver detrás de esas conductas excesivas, en entredicho con la supuesta normalidad, aspectos esenciales de la condición humana, es decir, de nosotros mismos, algo que sólo el talento creador de Cervantes, de Kafka, de Rabelais, de Sade o de Sacher-Masoch nos reveló. Cuando apareció el Quijote, los primeros lectores se mofaban de ese iluso extravagante, igual que lo hacían los demás personajes de la novela. Ahora sabemos que el empeño del Caballero de la Triste Figura en ver gigantes donde hay molinos y hacer todos los disparates que hace es la más alta forma de la generosidad, una manera de protestar contra las miserias de este mundo y de intentar cambiarlo. Las nociones mismas de ideal y de idealismo, tan impregnadas de una valencia moral positiva, no serían lo que son —es decir, valores diáfanos y respetables— sin haberse encarnado en aquel personaje de novela con la fuerza persuasiva que le dio el genio de Cervantes. Y lo mismo podría decirse de ese pequeño quijote pragmático y con faldas que fue Emma Bovary —el bovarismo no existiría, claro está—, que luchó también con ardor por vivir esa vida esplendorosa, de pasiones y lujo, que conoció por las novelas, y que se quemó en ese fuego como la mariposa que se acerca demasiado a la llama.
Como las de Cervantes y Flaubert, las invenciones de todos los grandes creadores literarios, a la vez que nos arrebatan a nuestra cárcel realista y nos llevan y traen por mundos de fantasía, nos abren los ojos sobre aspectos desconocidos y secretos de nuestra condición, y nos equipan para explorar y entender mejor los abismos de lo humano. Decir "borgeano" es inmediatamente despegar de la rutinaria realidad racional y acceder a una fantástica, una rigurosa y elegante construcción mental, casi siempre laberíntica, impregnada de referencias y alusiones librescas, cuya singularidad no nos es, sin embargo, extraña, porque en ella reconocemos recónditas apetencias y verdades íntimas de nuestra personalidad que sólo gracias a las creaciones literarias de un Jorge Luis Borges tomaron forma. El adjetivo kafkiano viene naturalmente a nuestra mente, como el fogonazo de una de esas antiguas cámaras fotográficas con brazo de acordeón, cada vez que nos sentimos amenazados, como individuos inermes, por esas maquinarias opresoras y destructivas que tanto dolor, abusos e injusticias han causado en el mundo moderno: los regímenes autoritarios, los partidos verticales, las iglesias intolerantes, las burocracias asfixiantes. Sin los cuentos y novelas de ese atormentado judío de Praga que escribía en alemán y vivió siempre al acecho, no hubiéramos sido capaces de entender con la lucidez que hoy es posible hacerlo el sentimiento de indefensión y de impotencia del individuo aislado, o de las minorías discriminadas y perseguidas, ante los poderes omnímodos que pueden pulverizarlos y borrarlos sin que los verdugos tengan siquiera que mostrar las caras.
El adjetivo orwelliano, primo hermano de kafkiano, alude a la angustia opresiva y a la sensación de absurdidad extrema que generan las dictaduras totalitarias del siglo veinte, las más refinadas, crueles y absolutas de la historia, en su control de los actos, las psicologías y hasta los sueños de los miembros de una sociedad. En sus novelas más célebres, Animal Farm y 1984, George Orwell describió, con tintes helados y pesadillescos, una humanidad sometida al control de Big Brother, un amo absoluto que, mediante la eficiente combinación de terror y moderna tecnología, ha eliminado la libertad, la espontaneidad y la igualdad —en ese mundo algunos son "más iguales que los demás"— y convertido la sociedad en una colmena de autómatas humanos, programados ni más ni menos que como los robots. No sólo las conductas obedecen a los designios del poder; también el lenguaje, el Newspeak, ha sido depurado de toda coloración individualista, de toda invención y matización subjetiva, transformado en sartas de tópicos y clisés impersonales, lo que refrenda la servidumbre de los individuos al sistema. ¿Pero, acaso tiene sentido hablar todavía de "individuos" en relación con esos seres sin soberanía, ni vida propia, en esos miembros de un rebaño manipulados desde la cuna hasta la tumba por el poder de la pesadilla orwelliana? Es verdad que la profecía siniestra de 1984 no se materializó en la historia real, y que, como había ocurrido con los totalitarismos fascista y nazi, el comunismo totalitario desapareció en la URSS y comenzó a deteriorarse luego en China y en esos anacronismos que son todavía Cuba y Corea del Norte. Pero el vocablo orwelliano sigue ahí, vigente, como recordatorio de una de las experiencias político-sociales más devastadoras sufridas por la civilización, y que las novelas y ensayos de George Orwell nos ayudaron a entender en sus mecanismos más recónditos.
De donde resulta que la irrealidad y las mentiras de la literatura son también un precioso vehículo para el conocimiento de verdades recónditas de la realidad humana. Estas verdades no son siempre halagüeñas, a veces el semblante que se delinea en el espejo que las novelas y poemas nos ofrecen de nosotros mismos es el de un monstruo. Ocurre cuando leemos las horripilantes carnicerías sexuales fantaseadas por el divino marqués, o las tétricas dilaceraciones y sacrificios que pueblan los libros malditos de un Sacher-Masoch o un Bataille. A veces, el espectáculo es tan ofensivo y feroz que resulta irresistible. Y, sin embargo, lo peor de esas páginas no es la sangre, la humillación y las abyectas torturas y retorcimientos que las afiebran; es descubrir que esa violencia y desmesura no nos son ajenas, que están lastradas de humanidad, que esos monstruos ávidos de transgresión y exceso se agazapan en lo más íntimo de nuestro ser y que, desde las sombras que habitan, aguardan una ocasión propicia para manifestarse, para imponer su ley de los deseos en libertad, que acabaría con la racionalidad, la convivencia y acaso la existencia. No la ciencia, sino la literatura, ha sido la primera en bucear las simas del fenómeno humano y descubrir el escalofriante potencial destructivo y autodestructor que también lo conforma. Así pues, un mundo sin novelas sería en parte ciego sobre esos fondos terribles donde a menudo yacen las motivaciones de las conductas y los comportamientos inusitados, y, por lo mismo, tan injusto contra el que es distinto, como aquel que, en un pasado no tan remoto, creía a los zurdos, a los gafos y a los gagos poseídos por el demonio, y seguiría practicando tal vez, como hasta no hace mucho tiempo ciertas tribus amazónicas, el perfeccionismo atroz de ahogar en los ríos a los recién nacidos con defectos físicos.
Incivil, bárbaro, huérfano de sensibilidad y torpe de habla, ignorante y ventral, negado para la pasión y el erotismo, el mundo sin novelas de esta pesadilla que trato de delinear tendría, como su rasgo principal, el conformismo, el sometimiento generalizado de los seres humanos a lo establecido. También en este sentido sería un mundo animal. Los instintos básicos decidirían las rutinas cotidianas de una vida lastrada por la ucha por la supervivencia, el miedo a lo desconocido, la satisfacción de las necesidades físicas, en la que no habría cabida para el espíritu y en la que, a la monotonía aplastadora del vivir, acompañaría como sombra siniestra el pesimismo, la sensación de que la vida humana es lo que tenía que ser y que así será siempre, y que nada ni nadie podrá cambiarlo.
Cuando se imagina un mundo así, hay la tendencia a identificarlo de inmediato con lo primitivo y el taparrabos, con las pequeñas comunidades mágico-religiosas que viven al margen de la modernidad en América Latina, Oceanía y África. La verdad es que el formidable desarrollo de los medios audiovisuales en nuestra época, que, de un lado, han revolucionado las comunicaciones haciéndonos a todos los hombres y mujeres del planeta copartícipes de la actualidad y, de otro, monopolizan cada vez más el tiempo que los seres vivientes dedican al ocio y a la diversión arrebatándoselo ala lectura, permite concebir, como un posible escenario histórico del futuro mediato, una sociedad modernísima, erizada de ordenadores, pantallas y parlantes, y sin libros, o, mejor dicho, en la que los libros —la literatura— habrían pasado a ser lo que la alquimia en la era de la física: una curiosidad anacrónica, practicada en las catacumbas de la civilización mediática por unas minorías neuróticas. Ese mundo cibernético, me temo mucho, a pesar de su prosperidad y poderío, de sus altos niveles de vida y de sus hazañas científicas, sería profundamente incivilizado, aletargado, sin espíritu, una resignada humanidad de robots que habrían abdicado de la libertad.
Desde luego que es más que improbable que esta tremendista perspectiva se llegue jamás a concretar. La historia no está escrita, no hay un destino preestablecido que haya decidido por nosotros lo que vamos a ser. Depende enteramente de nuestra visión y voluntad que aquella macabra utopía se realice o eclipse. Si queremos evitar que con las novelas desaparezca, o quede arrinconada en el desván de las cosas inservibles, esa fuente motivadora de la imaginación y la insatisfacción, que nos refina la sensibilidad y enseña a hablar con elocuencia y rigor, y nos hace más libres y de vidas más ricas e intensas, hay que actuar. Hay que leer los buenos libros, e incitar y enseñar a leer a los que vienen detrás —en las familias y en las aulas, en los medios y en todas las instancias de la vida común— como un quehacer imprescindible, porque él impregna y enriquece a todos los demás.¨
Madrid, 23 de febrero de 2000
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