NO, NO ESTUVO EN FRANCIA

Perpetrado por Oskarele.

Pues, aunque reconozco que hubiese estado bonico, no. No parece que la Magdalena haya estado alguna vez en Francia. O mejor dicho, no hay evidencia de que emigrase a nuestro vecino país tras la muerte del nazareno. O mejor dicho, las evidencias que hay son más que dudosas y para nada pueden ser tomadas en serio desde el punto de vista de un profesional de la Historia.

Esto no quita que la idea sea tremendamente sugerente, romántica y atractiva. Imagínense: María de Magdala, aquella “de la cual habían salido siete demonios”, terminó sus días aquí al lado; aquella que estuvo presente en la crucifixión y la resurrección; aquella que según los Evangelios Apócrifos era considerada su “compañera” o su discípulo favorito. Aquella que muchos han considerado esposa de Cristo y, yendo más allá, madre de su prole. Aquella señora, extendiéndonos, que también ha sido identificada —ayudando a enturbiar aun más su ya de por si complicada biografía— con otras mujeres que aparecen en los Evangelios: con la adultera a la que Jesús libra de ser lapidada, con la pecadora que unge con perfume sus pies y los enjuaga con sus cabellos o con María de Betania, hermano de Lázaro, el colega al que el nazareno rescató, dicen, de la muerte. Como sabemos, Saunière también las asociaba.

En definitiva, aquella señora de la que no tenemos constancia histórica, ni siquiera, de que haya existido…

Sea como sea, en Francia se adoran los restos de la Magdalena. Mejor dicho, los supuestos restos de la Magdalena. ¿Cómo puede ser esto? Vayamos por partes: al parecer, desde tiempos inmemoriales, se dice que poco después de la muerte del nazareno llegó un barco procedente de Palestina a las Costa Azul francesa. Exactamente a una pequeña localidad llamada Saintes-Maries-de-la-Mer, en la Camargue. En él iban, cuenta la leyenda, nuestra protagonista junto con sus hermanos —Marta y Lázaro de Betania—, así como varios personajes más, entre ellos Maximino y José de Arimatea o María Jacobi y María Salomé (de ahí lo de las “Santas Marías de la Mar”)… además de una esclava llamada Sara… de la que hablaremos en otro momento ―solo decir por ahora que hay quien dice que era en realidad hija de la Magdalena y del nazareno―.

Según esta historia, tras desembarcar, María comenzó a predicar las enseñanzas de Jesús, para, finalmente, retirarse en plan ermitaña a una gruta cerca de Aix, en la Provenza, conocida desde entonces como “La cueva santa”, donde permaneció como treinta años. Al término de su vida, unos ángeles la llevaron en presencia de san Maximino, entonces primer obispo de Provenza, quien le prestó los últimos auxilios. Allí acabó falleciendo —sigue gritando la leyenda―, siendo fue enterrada en un sarcófago de alabastro, como recordatorio del vaso de esencia de nardo con el que ungió una vez, o dos, al nazareno.

Recordemos por un momento que estamos en el siglo I… pues bien, siete siglos después, en el siglo VIII, los moros invaden parte del sur de Francia. Los que custodiaban las reliquias de la Magdalena, temerosos, las cambiaron de sitio… y aquí se pierden en las arenas movedizas del olvido histórico… hasta que llega el momento en el que, por diferentes motivos en los que no vamos a entrar, interesar desenterrar muertos, a ser posible santos, para darle vidilla a las rutas comerciales europeas.

Así, de pronto, surge la idea de que un tal Gerardo de Roussillon (Conde de Provenza), cuando fundó la Abadía borgoñesa de Vézelay, en el siglo IX, trasladó allí las reliquias de la Magdalena. De hecho, en el año 1103 el papa Pascual II autorizó por bula la romería de Vézelay y estimuló al pueblo para que creciese la devoción a esta Santa Penitente. Allí, precisamente, Bernardo de Claraval predicó la segunda cruzada (1146-1147). También allí, en 1190, Ricardo Corazón de León y Felipe Augusto se reunieron para disponer la tercera cruzada.

Pero no estaba claro que esos fuesen sus auténticos restos. Y uno de los que pensaba esto la acabó liando: Carlos II de Sicilia (1248-1309), Conde de Provenza, e hijo del rey Carlos de Anjou, y gran devoto de la Magdalena, acudió a San Maximino para investigar que fue de las reliquias originales… y así fue como el 9 de septiembre de 1279 encontró el supuesto sepulcro, acompañado de este texto: “El año de la Natividad del Señor 710, el sexto día del mes de diciembre (…) el cuerpo de la muy amada Mª Magdalena, ha sido trasladado muy secretamente y durante la noche, desde su sepulcro de alabastro a este de mármol de donde se ha sacado el cuerpo de Sidonio, para que esté más oculto y al abrigo de la invasiones “. ¡Toma ya!

Unos meses después se abrió el sarcófago y se comprobó que los huesos estaban intactos. Ahora faltaba la sanción de Roma que, como era de esperar, no tardó: el 6 de abril de 1295, por bula, Bonifacio VIII declaró verdadero el hallazgo de los restos, concediendo a Carlos II de Sicilia la facultad de levantar una Basílica en honor a Santa María Magdalena, en el antiguo oratorio de San Maximino. Aquel lugar se convirtió en un importante centro de peregrinación. Uno de los más importantes junto al Vaticano y a Santiago. Y eso, precisamente, era lo que pretendía Carlos II de Anjou… Desgraciadamente, durante la Revolución Francesa, las reliquias fueron profanadas. Poco después se restauró el templo y se recuperó la cabeza… que sigue siendo venerada allí, en Saint Maximino, en la actualidad.

¿Qué hay de verdad en todo esto? Pues seguramente poco.

Pa empezar, muchos de los ingredientes que caracterizan la vida de la Magdalena en Francia parecen sacados de la leyenda de María Egipcíaca, una santa del siglo V que también fue prostituta convertida en ermitaña y cuya penitencia en los desiertos de Palestina duró cuarenta y siete años, para finalmente ser considerada santa.

Por otro lado, no está clara la antigüedad de esta tradición francesa, que, posiblemente, surge hacia el siglo XI… diez siglos después de los sucesos narrados. Así que igual no existía antes de la aparición de los dos diferentes restos mortales franceses. Así que igual es un caso de profecía autocumplida, permítaseme la licencia.

Por supuesto, hay enormes dudas sobre los restos supuestos de la Magdalena. Por un lado porque tenemos dos, los de Vézelay y los de San Maximino, como ya hemos mencionado. Por otro lado, porque todos sabemos de lo lucrativo que se convirtió durante la edad el trafico de reliquias… y no digamos los lugares de peregrinación.

Parece prácticamente probado que los documentos aportados por Carlos II de Anjou fueron falsificaciones (sobre todo por su utilización del sistema de calendario que regía en el siglo XIII, que era distinto del vigente en el siglo VIII). Pero además hay algo sumamente curioso: René de Anjou, doscientos años después del supuesto hallazgo realizado por su antepasado, realizó unas excavaciones en Saintes-Maries-de-la-Mer —en busca de restos de la Magdalena, a la que no encontró, aunque sí, supuestamente, a María Jacobi y María Salomé. ¿Por qué buscar algo que, supuestamente se había encontrado?

Por último, Francia no es el único sitio en el que se dice que se encuentran sus restos. En el monasterio ortodoxo de Simonopetra, en el Monte Athos, Grecia, se encuentra la mano izquierda de Santa María Magdalena, que es, además, responsable de varios y curiosos milagros… y es que la Iglesia Griega sostiene que la santa se retiró a Éfeso con la Virgen María y allí murió. De hecho, el patriarca de Jerusalén, Modesto, que murió el año 634 d.C., describió la llegada de la Magdalena a Éfeso con estas palabras: “Después de la muerte de Nuestro Señor, la Madre de Dios y María Magdalena se reunieron con Juan, el discípulo amado, en Éfeso. Fue allí que la portadora de mirra concluyó su carrera apostólica mediante el martirio, al rehusar hasta el último momento separarse del apóstol Juan y de la Virgen”. Años después, en 886, sus reliquias fueron transferidas a Constantinopla, donde seguirían a día de hoy.

Pero hay más: en una cripta del Monasterio de San Esteban, en la baja Sajonia (Alemania), y en Exeter (Inglaterra), se aseguraba en la segunda mitad del Siglo X que poseían restos de la santa (en la catedral de Exeter, concretamente, decían que poseían un dedo…). También a España llegaron las reliquias de santa María Magdalena: En Oviedo, en el catálogo de reliquias del Siglo XI, aparece un mechón del cabello con el que supuestamente María Magdalena le enjuagara los pies a Jesús.

Sobra decir que desde el punto de vista histórico las huellas de la Magdalena desaparecen por completo… de hecho no puede ni siquiera demostrarse su existencia… así que imagínense la veracidad que pueden tener las afirmaciones sobre que acabó sus días en Francia.

En esta ocasión me tocó bailar con la más fea. Perdonen mi escepticismo metódico. C’est la vie.

Imagen: Relicario con el cráneo de María Magdalena. Cripta de la Basílica de Santa María Magdalena en Saint-Maximin-la-Sainte-Baume (Var, Francia)

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