ECCE HOMO (en defensa de las buenas malas obras de arte)

Por Samson Van Halen

Seguramente, no nos reiríamos si Doña Cecilia hubiera perpetrado su acción sobre un Ecce Homo de Mantegna o de Tiziano. En tal caso, estaríamos preguntándonos preocupadamente sobre el nivel de preparación de nuestros restauradores, sobre la amenaza de nuestro patrimonio cultural o sobre la decadencia misma de nuestra sociedad. Tampoco nos reiríamos si fuésemos dueños del Ecce Homo de Elías García Martínez y hubiéramos encargado a Doña Cecilia el arreglo de tal pintura que, si bien carece de escaso valor artístico o crematístico, tendría un cierto valor personal. Por lo tanto, la desfiguración o tuneado del Ecce Homo que pintó García Martínez mueve a risa porque no es un Ecce Homo de propiedad universal (una obra maestra del arte) ni tampoco de propiedad particular (un bien con valor sentimental). El Ecce Homo en cuestión es motivo de mofa porque su propiedad es intermedia, es decir, incrustada entre lo máximamente público (cuya destrucción nadie se atreve a cuestionar) y lo máximamente privado (cuya destrucción nadie toleraría), inserta en una tierra de nadie como es un espacio sagrado cuya titularidad jurídica es la Iglesia Católica (para mayor vergüenza suya). Esa tierra de nada o esa nada en la tierra que hoy en día es lo religioso es lo que permite el acceso de la risa sobre el despropósito ejecutado por Doña Cecilia. Lo repito: si la infamia se hubiese llevado a cabo en una pinacoteca con una obra maestra o en un domicilio particular con una obra mediocre, todos estaríamos rasgándonos las vestiduras ante la profanación de lo sacro-moderno (la obra de arte y la propiedad privada).

Abandonado y olvidado en su propio limbo (el Santuario de la Misericordia en la localidad zaragozana de Borja), la pintura en cuestión mueve a risa también por otras dos razones: a) porque lo tuneado es la figura de un dios; b) porque el tuneador es una octogenaria. Por un lado, la risa como profanación. Por otro, lo anciano como objeto de risa. En cualquier caso, figuras de lo risible clásicas e inmemoriales. No obstante, sobre lo que me gustaría reflexionar es acerca de cómo se banaliza en lo tocante a nuestra relación con lo histórico. Esta banalización consiste en el siguiente simulacro: el operado por Doña Cecilia al considerarse ella misma una restauradora e incluso más, una artista capacitada para restaurar una obra de arte (aunque sea una obra de arte mediocre). Es muy probable que la difusión mediática de restauraciones haya hecho mella en la señora, que ya cuenta con una página en la Wikipedia. En este simulacro, juega un papel fundamental la ignorancia, tanto técnica (como restauradora), artística (como pintora) y estética (como espectadora). Esta ignorancia es responsable de no ver a la humilde obra de arte como algo sagrado a respetar. La buena intención de la señora camufla su arrogancia. Evidentemente, Doña Cecilia no se hubiera atrevido con una obra de postín (eso es lo esperable), pero con la de un don nadie como García Martínez sí se atrevió, porque tal vez ella se consideraba superior al autor del Ecce Homo, de alguna manera legitimada a manipularlo sin ton ni son para así cumplir con el simulacro de la restauración. La fea humildad de la pintura era una acicate para jugar a ser artista y esa humildad llevó a la soberbia de lo monstruoso. Si la obra de García Martínez había pasado con más pena que gloria, abandonada a la decadencia propiciada por los elementos, anónima en su fealdad mediocre y sin realce, ahora se encuentra deformada en lo grotesco, irreconocible en su ser, pero famosa en todo el mundo en virtud, no de ella misma, sino de la acción bienintencionada de la ignorancia arrogante de Doña Cecilia, convertida en heroína viral y mediática. Los aplausos que ha generado este pequeño crimen contra una desvalida e insignificante obra de arte señalan la crueldad de una ciudadanía banal y aburrida en tiempos de estiaje que propone que la hazaña quede como tal, con una total falta de respeto a la memoria (o al olvido) de un artista sin historia que tal vez puso lo mejor de sí mismo en ese Ecce Homo sin valía alguna, sin la posterioridad de lo genial, pero con la defectuosa humanidad de lo artesano. Tal vez la pintura de García Martínez sea una chapuza, pero no fue una chapuza lo suficientemente chapucera para lograr la fama (éxito que su autor quizá jamás se propuso). En cambio, la chapuza sobre la chapuza (la metachapuza) sí ha sido todo un acontecimiento planetario, señal de que en estos tiempos aplaudimos lo grotesco y lo monstruoso en la medida en que lo informe interrumpa nuestro sesteo existencial. La metachapuza de Doña Cecilia y la excitación delirante de sus corifeos representan la prepotencia de nuestro presente de ignorancia sobre los productos humildes de nuestra historia que no merecen conservación alguna. De la misma manera que la vieja pintura por decrépita y quasi anónima podía y debía ser deformada sin ningún escrúpulo, la bienintecionada octogenaria acabará siendo devorada por los que la ríen su inocente gracia. De momento, ya ha sido elevada a los altares y comparada con Goya, Munch o Modigliani. Tiempos virales, tiempos banales. El esperpento del esperpento del esperpento. Así, ad infinitum et ad nauseam. Ecce Homo Digitalis.

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