LA CENSURA DE NOMBRES PROPIOS.


Un caso particular de censura consiste en la prohibición de decir o escribir algunos nombres propios. De acuerdo con la semántica lógica, el nombre propio es un designador rígido: refiere pero no describe. Ello explica que, en ocasiones, erradicar este tipo de sustantivos pretenda escamotear una realidad. Desaparece aquello que no tiene nombre. En la Sudáfrica del apartheid a las ciudades blancas les correspondía un distrito segregado destinado a la población negra —por ejemplo, junto a Johannesburgo existía un distrito segregado llamado Soweto—; pues bien, en los mapas sólo aparecían los topónimos de las ciudades blancas. Del mismo modo, en 1576 Juan Bautista Cardona publicó un tratado (De expugnendis haereticorum propiis nominibus) en el que exigía la supresión, en cualquier lugar donde aparecieran, de los nombres de aquellos reformadores cristianos que la Iglesia católica consideraba heresiarcas —autores de una herejía, no simples herejes—. En definitiva, proscribiendo topónimos y antropónimos, se ha buscado evaporar lugares y personas.

No obstante, también se puede evitar un nombre propio sin por eso negar la existencia de la realidad a la que refiere. Esta censura acontece tanto por respeto como por rechazo. La reverencia religiosa lleva a que no se sepa cómo se pronuncian las cuatro letras del teónimo YHVH, que constituyen el nombre de Dios en la Biblia hebrea —Yahvé es solo una conjetura—. Desde el siglo v a. de C., los judíos consideraban que este nombre era mágico y, en su lugar, se le llamaba o bien Elohim (‘ser o seres divinos’) o bien Adonai (‘mi Señor’) y, por influencia griega, Kyrios. Con todo, fuera del ámbito religioso es más habitual el otro motivo para evitar el nombre propio: aquel que refleja un repudio. En 1940 la censura del bando vencedor de la Guerra Civil española impedía que se publicara en programas o críticas cinematográficas una serie de nombres de actores, directores y guionistas que habían apoyado a la República; entre ellos estaban Charles Chaplin, Bette Davis o Joan Crawford. Se podía admirar a los artistas en las pantallas, pero no leer sus nombres en los escritos. Esto explica que alguien como el menudo James Cagney se convirtiera en los carteles de la época en «el formidable actor de Contra el imperio del crimen». Lo mismo les sucedió a bastantes artistas españoles, algunos tan reconocidos como Jacinto Benavente. Nuestro premio nobel se renombró durante un tiempo como «el autor de La malquerida», debido, especialmente, a una inoportuna fotografía con el puño en alto.

Pero los nombres propios no solo refieren sino que también en muchas ocasiones connotan. En 2010 se cerró la caseta de una editorial egipcia de la feria del libro de Teherán porque vendía una Enciclopedia del golfo Arábigo, cuando el nombre oficial iraní es el de golfo Pérsico. Y, sin alejarnos demasiado de la zona, los talibanes afganos prohibieron en 1998 los nombres no musulmanes para los niños. Desaparecieron, así, nombres como Rita, Parkash o Guita, que antes de su llegada al poder eran populares por las exitosas películas de la cercana India. De todos modos, nada nos debe extrañar a los españoles: durante décadas nuestros registros civiles difícilmente admitieron nombres de pila que no fueran de vírgenes y de santos católicos, y, además, en castellano.

José Portolés Lázaro.

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