EL CINE SONORO Y LA REORGANIZACIÓN DEL NEGOCIO


Perpetrado por Oskarele

Como hemos visto el sonoro llegó para quedarse, contagiando de éxito a todos los estudios, gracias a los pioneros de la Warner y la Paramount. Para 1929 todos las “Majors” producían ya más de la mitad de sus películas con sonido. Para 1930 prácticamente toda la producción era sonora. Así, en apenas tres años, se había instaurado una nueva forma de hacer cine, pese  a las dificultades que conllevaba, tanto para los estudios y profesionales como para las salas de proyección.

A finales de 1928 de las 20.000 salas estadounidenses, solo unas 5.000 estaban equipadas para proyectar pelis sonoras. Era mucho, dado lo costosa de la empresa, pero poco dada el ansia de los espectadores, impacientes por ver y oir películas. Así que se realizaron enormes inversiones para adecuar en el menor tiempo posible el máximo número de salas. Claro, este gasto acabó pagándolo en última instancia el espectador, ya que los precios de las entradas a los cines subieron.

Por otro lado, los estudios también se tuvieron que adaptar, como ya comentamos en el artículo anterior, formando personal para las nuevas técnicas, preparando a actores y actrices y contratando a guionistas, ya que su trabajo pasaba a ser vital.




La cosa se hizo aun más fácil cuando las dos compañías que explotaban los dos procedimientos de grabación sonora, de los que hablamos en artículos anteriores, Vitaphone, que empleaba la grabación de sonido sobre disco, y Movietone, que registraba el sonido en la propia película cinematográfica, llegaron a un acuerdo sobre el intercambio de sistemas, permitiendo que los filmes grabados por los cacharros de cada uno pudiesen ser adaptados al otro sistema, lo que en la práctica supuso poner fuera de circulación el método, algo menos perfecto, de Vitaphone, elevando el método del sonido en cinta de Movietone como el modelo de sonido definitivo.

Otro problema estaba en la exportación de las películas para el extranjero. Esto era especialmente grave, pues la mayor parte de los beneficios de los productores residía en la explotación de los mercados de fuera de los USA, especialmente los europeos. No se podía forzar a los productores franceses, alemanes o españoles a proyectar películas cuyo idioma no conocían sus clientes, problema que en Inglaterra y en los países angloparlantes no se tuvo.

La solución al problema de exportar películas rodadas en ingles la dio un ingeniero llamado Edwin Hopkins, gracias a un procedimiento que había inventado para permitir a las grandes vedetes del mundo, cuya voz era difícilmente registrable, expresarse por mediación de actores invisibles pero fonogénicos. Fue lo que pronto se llamaría “doblaje”. Otro ingeniero, Jacob Karol, tuvo la idea de emplearlo para hacer pronunciar a esos actores invisibles que doblaban a los de verdad palabras diferentes a las que habían pronunciado los actores a los que se veía en la pantalla. Surge así el doblaje a otros idiomas, y desde entonces nada impedía que un film sonoro yanqui pudiese traducirse al español, al francés o al alemán.

Así el cine norteamericano consuma, en plena crisis mundial, una revolución necesaria para no morir en esos tiempos difíciles. De alguna forma había vuelto a nacer.

Eso sí, las víctimas de esta revolución tecnológica y comercial en los Estados Unidos serán las decenas de actores y actrices, muchos tremendamente populares que, de la noche a la mañana, vieron como sus carreras se hundían. Estrellas como Buster Keaton, Douglas Fairbanks, Lillian Gish, Mary Pickford, Gloria Swanson, Emil Jannings, Pola Negri o Louise Brooks pasaron rapidamente al olvido al no saber adaptarse al nuevo cine.



De ello se han hecho eco películas como la genial “Singin’ in the rain” (Cantando bajo la lluvia), dirigida en 1952 por Stanley Donen y Gene Kelly, o la más reciente “The Artist”, dirigida en 2011 por Michel Hazanavicius, que arrasó en la última entrega de los Oscars, que muestran el shock que supuso para muchas de las estrellas del antiguo cine silente la llegada de esta nueva forma de hacer cine.

Pero también esto significó la llegada de un aluvión de caras y voces nuevas: unos procedentes del vodevil y el teatro musical, como Al Jolson, Eddie Cantor, Jeanette MacDonald y los Hermanos Marx, otros del mundo del teatro, como James Cagney y Joan Blondell. Y muchos que directamente triunfaron gracias a una genial conjunción de voz y presencia, como John Wayne, Boris Karloff o Gary Cooper.

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