CUANDO SE PIERDE LA LINEA.


Si no es guiada por la política, la economía busca rentabilidad a cualquier precio, lo único que importa es que los números cierren y las personas se convierten en meros recursos descartables. Se establece la dictadura de los mercados.

Si a su vez la política no se orienta al bien común, si prioriza intereses personales o de grupos, y si desprecia o manipula a la justicia, una vez más las personas son la variable sacrificable (de esto sabemos mucho en carne propia y la historia nacional e internacional aporta trágicos testimonios sobre la cuestión). Las instituciones son entonces meras fachadas, la democracia se desvirtúa y se impone el autoritarismo.

Si la justicia se desentiende de su función esencial de restablecer el equilibrio cuando la ley (y las personas a las que esta protege y obliga) ha sido violada, y en cambio se convierte en instrumento de y para el poder, nuevamente el individuo es despreciado y canibalizado, queda desprotegido y a la intemperie (los jueces, que dicen hablar por sus fallos, lo confirman a diario con fallos que, a su vez, hablan de ellos). Así, la real inseguridad jurídica es la que sufren los ciudadanos.

Por fin, si la moral, que determina los deberes que los seres humanos tenemos entre y hacia nosotros, está postergada, anestesiada o ausente en la trama social, nada regulará las prácticas económicas, el ejercicio de la política ni el de la justicia. En ese caso prevalece la ley del más fuerte, del más corrupto, del más autoritario, del más hipócrita, del menos empático, del más egoísta, del más perverso, del menos escrupuloso.

Esta no es una simple especulación filosófica, sino una evidencia cotidiana.

La sociedad queda a la deriva cuando se corta en algún punto la línea ascendente e incluyente que va de la economía hasta la moral pasando por la política y la justicia.

El orden de esa línea no puede invertirse.

Si empezáramos por la moral, olvidando que economía, política y justicia son esenciales a la existencia social, nos convertiríamos en simples moralistas. Como ocurre con las muñecas rusas, la mayor de todas contiene a las demás, pero el juego se arma desde la más pequeña.

La moral, para tener entidad, no se basta a sí misma, debe encarnar en el acontecer humano. No puede existir si no se plasma en la vida y en las interacciones cotidianas. No puede subordinarse a ninguno de los planos anteriores. Tampoco la justicia puede postrarse ante la política ni la política doblegarse ante la economía. Cuando eso sucede las sociedades se descompensan gravemente.

Es fácil comprobarlo. Así estamos. Hay una asignatura pendiente: reconstruir la línea quebrada y devolverle su orden.

Sinay.

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