OPOSICIONES


Todos aquellos que alguna vez hayan pasado por el trance de opositar, me entenderán. Todos aquellos que piensen pasar por él, que tomen nota. Y para aquellos que ni lo hayan pasado ni piensen en opositar, tómenselo como una simple suma de anécdotas, una experiencia más, sin mayor importancia.

Mi hermana y yo un buen día decidimos opositar. Para prepararnos mejor, nos apuntamos a una Academia. Lo primero que nos enseñaron en aquella Academia era que allí no se iba a aprender nada. Solo se acudía para superar un examen. Eso, una vez aclarado, nos sirvió de mucho, porque no es lo mismo estudiar para retener, analizar, contextualizar, razonar, aplicar, etc. que estudiar para “devolver”, para aprobar un examen sin más. Esta es una de las razones por las que un profesor de Psicología que conocí años más tarde renegaba de las “Academias que preparan exámenes”, porque, decía, se perdía todo el espíritu con el que dichos exámenes se elaboraban. Se refería a los exámenes psicotécnicos, por supuesto.

Salvando esa “puntillosa” aclaración, lo que aprendimos en la Academia fue muy válido. Las profesoras que tuvimos (todas eran mujeres, cosas de la vida) fueron todas magníficas, profesionales, amigas, encantadoras, y no es por “dar coba” pues con ninguna tengo actualmente relación, pero es que eran así en realidad. Nos ofrecieron una serie de “normas” que debíamos tener en cuenta:

- No era la Academia un lugar para aprender ni cambiar hábitos de estudio. Si uno estaba acostumbrado a estudiar en voz alta, así debía seguir haciéndolo. Si por el contrario necesitaba absoluto silencio, eso debía buscar.
- No era la Academia un lugar para aprender matemáticas. Si uno resolvía los problemas matemáticos “por la cuenta de la vieja”, así debía seguir haciéndolo. Si por el contrario estaba acostumbrado a utilizar fórmulas matemáticas, aún complejas, esas debía seguir usando.
- No era la Academia un lugar para aprender cálculo mental. Quien estuviera acostumbrado a calcular con los dedos, debía seguir calculando con los dedos.

La Academia era, al fin y al cabo, un lugar donde nos entrenaríamos para resolver correctamente el mayor número de preguntas de un ejercicio en el menor tiempo posible. Ese era el único objetivo a conseguir: Aprobar y con nota.
Las oposiciones podían resultar una trampa mortal para los nervios de cada uno. Algunas de nuestras compañeras de clase abandonaban al primer intento. Todos, incluso los mejor preparados acudían a un examen de oposiciones con los nervios a flor de piel, y no cabía más remedio que aceptar eso. En la Academia aprendimos también que había una serie de “recetas” para que ese trago fuese lo menos traumático posible:

- No debíamos estrenar ese día ni ropa interior ni zapatos. Si unos zapatos nuevos nos hacen daño, o una ropa interior nos molesta, los nervios aumentan.
- No debíamos renunciar en todo caso a estrenar algo si con ello estábamos convencidos de “atraer la suerte”.
- No debíamos renunciar a la comodidad en el examen. Nos recomendaron pedir un cambio de ubicación si había algo que nos molestase (como excesiva o escasa luz, o excesiva o escasa calefacción) o llevarnos de casa aquello que nos hiciese falta, como uno o varios cojines, abanico, agua…. lo que fuese.
- No debíamos renunciar a nuestros hábitos o costumbres o supersticiones. Si pensábamos que atusarse el pelo, jugar con un collar, tocarse el pendiente, llevar la estampita de un santo, un muñeco de la suerte, o cualquier cosa, nos podía ayudar a relajarnos y responder mejor en el examen, debíamos llevarlo.
- No debíamos obsesionarnos con aquellas cuestiones que “no nos entraban”. Si había un concepto difícil para nosotros, debíamos reiterar un gesto habitual al estudiarlo, como utilizar alguno de los “amuletos” anteriores, o inventarnos uno nuevo (por ejemplo golpear el papel con el boli). Al responder la pregunta sobre ese tema, repitiendo el gesto, podría acudir fácilmente a nuestra memoria.
- No debíamos perder tiempo. Si una pregunta no nos resulta sencilla al primer intento, había que leer la siguiente, contestar a las que mejor nos salían, y dejar para el final aquellas que requerían mayor dedicación.

Estas explicaciones que parecen de “milagrería” no resultan baladíes. Una de las profesoras, para demostrarnos su utilidad, nos contó el caso de un alumno que tuvieron en la academia y que se presentaba a unas oposiciones donde era necesario superar unas pruebas físicas. El muchacho no había practicado deporte en su vida, por lo que acudió a una Academia donde prepararse las pruebas físicas. En aquella Academia le dieron una serie de “indicaciones” parecidas, pero referidas al ejercicio: Para subir la cuerda es mejor utilizar esta ropa y estas zapatillas; para correr esta otra ropa y estas otras zapatillas; y así con el resto de las pruebas. El día del examen, el “novato” llegó pertrechado con toda una colección de ropa y zapatillas provocando la risa de los demás opositores. Pero la risa se les heló rápidamente al comprobar como el “pardillo” superaba la prueba y los reidores no. Así son las cosas de los nervios y la preparación: Vale todo aquello que nos sirve para algo, pero nada sirve para todo.

Bien. Mi hermana y yo estuvimos aprendiendo todo esto (y algo más evidentemente) durante dos años. Durante aquellos dos años de preparación, nos presentamos a todas las plazas que salían: Cuerpos Generales, Sanidad, Ayuntamientos, Diputación, Junta, Universidad, Justicia… Todas, absolutamente a todas. ¡Era una fórmula impagable de preparación! (También consejo de la Academia). Y ocurrieron muchas anécdotas durante esos años, y además en todas las oposiciones, solíamos coincidir, casi siempre, las mismas personas:

- Allí estaba la chica rubia de impecable peluquería. Acudía siempre acompañada de un muchacho, que invariablemente, le besaba en la mejilla justo después de nombrarla y justo antes de entrar en el aula.
- Allí estaba la muchacha que siempre portaba una bolsa blanca con un enorme cojín azul en el que se acomodaba en su sitio asignado.
- Allí estaba la joven que colocaba un pequeño gatito tumbado delante de su papel en el pupitre y lo tocaba recurrentemente.
- Allí estaba la chica que nada más sentarse, y llevara el peinado que llevara, se sujetaba el pelo con un coletero de enorme pompón rosa.
- Y allí estaba la que más me llamó la atención a mí durante aquel tiempo: Una chica menuda, de pelo corto y pelirrojo que vistiera el tipo que ropa que vistiera (una vez llevaba un chandal bajo el abrigo), siempre iba calzada con unos preciosos zapatos de tacón alto y color morado. ¡¡Mira que eran bonitos aquellos zapatos!!

Yo no recuerdo haber tenido “algo” de esas características. Un amuleto. Al menos no lo suficientemente importante como para recordarlo después. Pero desde entonces me gusta desear suerte.

¡¡Suerte a todo aquel que se presente a un examen!!!

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