ODENSE (DINAMARCA) Una ciudad de cuento de hadas



PEDRO JAVIER DÍAZ-CANO


No andaba equivocado el famoso escritor de cuentos Hans Christian Andersen cuando definió a su tierra, Odense, como el «jardín de Dinamarca», si tenemos en cuenta sus paisajes y los abundantes huertos frutales que la circundan. Odense es la capital de la isla de Fionia, y ésta es el paradigma de la Dinamarca más bucólica e idílica que uno pueda imaginarse.

Los daneses emplean la palabra hyggelig (pronúnciese jíkeli) para definir lo cálido, acogedor o cómodo. Ninguna otra expresión podría describir de mejor manera lo que se siente cuando se descubren estas tierras llenas de encanto y melancolía, de cadencia y bienestar en el sentido más espiritual de la palabra. Cada punto es un encantador redil de magia y fantasia. De ahí que no sea extraño que en Odense nacieran dos de los daneses más insignes: el propio Andersen y el compositor Carl Nielsen.

Para impregnarse de esta singularidad, no hay nada mejor que recorrer la isla de Fionia empezando por su capital. Odense, la tercera ciudad de Dinamarca después de Copenhague y Arhus, tiene unos 180.000 habitantes. Uno de los lugares que más llama la atención es, en su casco antiguo, la profusión de una especie de espejos retrovisores colocados junto a las ventanas de las casas. Un instrumento útil para que sus moradores puedan ver lo que sucede en la calle sin necesidad de asomarse. En realidad esta técnica reemplaza a la costumbre española de mirar tras las cortinas que tapan los cristales, ya que, siguiendo la tradición de los países luteranos, no existen visillos porque en las casas no hay nada que ocultar.

Deudora de su nombre al dios vikingo Odín, aquí fue donde vino al mundo en 1805 el escritor Hans Christian Andersen –coincidiendo con su nacimiento, el 2 de abril de cada año se celebra el día internacional del libro infantil y juvenil–.

Paradójicamente, el autor de cuentos tan populares como La Sirenita o El patito feo no fue profeta en su tierra hasta el final de su vida. Nació en el seno de una familia humilde, quedó huérfano de padre a los 11 años y, tres más tarde, se marchó a Copenhague en busca de fama y fortuna como artista teatral. Una aspiración que nunca llegó a consumar. Sin embargo, las lecturas que atesoró durante su infancia le hicieron olvidar muy pronto sus aficiones de actor para encaminar su vida hacia el difícil mundo de la literatura.

De hecho, cuando vivía en Odense fue continuamente despreciado por sus paisanos. Sin embargo, tras hacerse famoso internacionalmente como escritor de cuentos, se le rindieron todo tipo de homenajes. En la actualidad, Odense se ha convertido en una localidad de cuento de hadas y en ella todo gira alrededor de su hijo predilecto. Incluso se ha diseñado una ruta turístico-cultural, la Ruta Andersen, que recorre los distintos museos dedicados a su figura y el romántico parque bautizado con su nombre.

El recorrido comienza en la «Andersens Barndomshjem», la pequeña casa de la infancia de Andersen, que habitó con apenas dos años y donde se ha instalado una parte poco importante de las obras del célebre escritor de cuentos como complemento de su casa-museo. La casa-museo es centro de peregrinación constante para los curiosos y los amantes de la literatura, que llegan de todos los rincones del planeta siendo el segundo lugar más visitado de toda Dinamarca, después de la inevitable Sirenita de Copenhague, a la que, por cierto, él mismo inmortalizó en su popular narración. En este peculiar museo se exponen documentos pertenecientes al escritor, diferentes ediciones de sus obras y sus 156 cuentos, traducidos y leidos en todo el mundo. El museo incluye, asimismo, algunos objetos intrigantes: fragmentos de informes escolares, notas, manuscritos, su título de la Universidad de Copenhague, ilustraciones, recuerdos de sus viajes e incluso la cuerda que siempre llevaba consigo para salir de las habitaciones de los hoteles en caso de incendio.

La casa cultural del niño Fyrtojet (El encendedor de yesca) es el anexo de la casa-museo de Andersen y donde durante el verano se escenifican sus narraciones varias veces al día en un teatro al aire libre. El actor danés Torben Ivensen da vida al propio Hans Christian Andersen, como narrador de los cuentos, y el resto de personajes es interpretado por niños y jóvenes debidamente caracterizados.

En el interior de este centro cultural, creado expresamente para ellos, los pequeños pueden jugar a ser actores con maquillaje incluido, dibujar, pintar, tocar instrumentos, asistir a un teatro de marionetas y, por supuesto, leer los cuentos de Andersen.

La ruta finaliza en el Parque Andersen, que se emplaza detrás de la Catedral de San Canuto. Está presidido por una estatua del escritor, y se trata de un romántico jardín por donde discurre el río Odense creando un ambiente de verdor exuberante.

A las afueras de Odense, en el marco incomparable de la campiña danesa, el Den Fynske Landsby (Pueblo Fionés) es un museo al aire libre que evoca las casas rurales de Fionia del siglo pasado, perfectamente instaladas y restauradas, formando un poblado típico danés con molinos de agua y de viento. El descubrimiento de que algunas familias fionias todavía siguen utilizando los antiguos carromatos con toldo, como caravanas –con botella de butano a la vista en su parte trasera– para pasar sus vacaciones desplazándose a trote de caballo, entronca con el espíritu campesino, no exento de respeto por la naturaleza, de la gente de esta hospitalaria tierra.

Fionia surte de cereales a toda Dinamarca y los campos de trigo, avena, cebada, forrajes o centeno se suceden ante nuestra atónita mirada a bordo de un moderno automóvil. Sin embargo, una envidia sana merodea en el fuero interno de todo aquel amante de lo puramente idílico, ya que te das cuenta que el viejo armatoste con dos ruedas de madera se desplaza al ritmo ideal para disfrutar del paisaje y encaja perfectamente en el ambiente pastoril que se respira allá por dónde vayas.

Es una isla de cuento de hadas, la musa, sin duda, de las fantasías de Andersen, que hoy se han transportado a la realidad haciendo que sus pueblos parezcan salidos de su imaginación.

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