NUBE


(AL) Aquel día, como otros, después de tomar café, salieron de paseo por el muelle, el marino, el pintor y el médico. El aire tenía dulzuras de vino generoso y la luz color de membrillo maduro.

–Miren ustedes qué nube –dijo el médico, observando el firmamento–: diría que el cielo tiene una grave herida y el Surpemo Enfermero le ha aplicado el algodón de esa nube para que no se vaya en sangre.

–Magnífica nube –intervino el pintor–. ¿Dónde, dónde he visto yo, una nube tan bella? Tal vez en un banquete del Veronés o en una escena religiosa de Palma el Viejo… Fue en un techo de Tiépolo… Hércules llega triunfador en su carro y hay una nube así como esta.

–¡Qué nube!¡Qué nube! –exclamó el marino–, Me recuerda los cielos del Ecuador cuando, navegando de joven, pasábamos con el barco de un hemisferio al otro.

–¿De dónde habrá venido esta nube? –preguntó el pintor –, porque de Bilbao se ve enseguida que no es… por la cara y el tipo, y cuidado que es bonita– y volvió a mirarla.

La nube se esponjó tontamente, taraceando de platas prematuros las aguas.

– Estas nubes tan blancas y hermosas son siempre buen tiempo en la mar –opinó el marino con nostalgia.

– Pero son traidoras para los enfermos después de los días de lluvia –completó el médico.

– Qué delicia tan conmovedora la del cielo –suspiró el pintor–; ahora que los bilbaínos hemos dejado de ser millonarios y no tenemos nada que hacer, debiéramos dedicarnos a mirar más a lo alto. Nuestros mayores se pasaron la vida mirando al suelo; tenían la obsesión minera; eso ya no sirve para nada; los nietos de los ferrones debemos mirar al cielo… ¡Cómo apacigua el cielo! Y el pobre pintor casi lloraba.

–¡Vaya!¡Vaya! –intervino el médico–; la cosa no es para ponerse así.

– Me parece que va a saltar el Nordeste y barrerá el cielo y no veremos más esa nube –se dolió el marino.

– Sería una pena –musitó el pintor.

Y el médico opinó también.

– Sería una pena.

Continuaron su paseo.

“Cuentos y patrañas de mi ría: Tres en una o la dichosa honra”, Juan Antonio de Zunzunegui, Edición de Aldus, S.A. de 1942 (el librito tiene impreso su costo: “Diez pesetas”).

Fotografía cedida por Hugo Vlad

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