LA REGLA DE ORO


No es una historia nueva, pero sí olvidada. Un día se acercó un hombre al rabino Hillel desafiándolo a que le transmitiese todas las enseñanzas de la Torá durante el breve tiempo en que uno puede mantenerse parado sobre una sola pierna. Hillel era sabio y viejo. Vivió, se calcula, entre el año 70 a.C. y el 10 d.C. Se dice que descendía del rey David y se cree que pudo haber sido maestro de Cristo. Le sobró tiempo para dar su respuesta a la desafiante pregunta de aquel hombre: “No hagas a los demás lo que no quieres para ti. Esa es la ley principal, el resto son comentarios. Ahora ve y aplícala”.
Esa es la Regla de Oro (que está formulada con leves variantes en todas las culturas) sobre la que se funda la moral de todos los tiempos. Esa es la regla que, en cuanto se olvida, rasga el tejido humano, empeora el mundo, oscurece la vida. Así como es de sencilla es de compleja y profunda. No es una regla que se pueda aplicar por conveniencia, para ganarse el cielo, reputación o amigos. Como toda conducta moral tiene su premio en sí misma, no necesita de testigos, no se remite a fines ulteriores. Es un fin en sí. Tratar a los otros como se espera ser tratado requiere tomar conciencia del otro y, también, aprender a resignar. A menudo pedimos que alguien se sacrifique por nosotros de un modo que no estamos dispuestos a adoptar como conducta propia. También solemos tratar a “algunos otros” (conocidos, cercanos, queridos, socios o cómplices) según la Regla de Oro, pero la olvidamos cuando el otro es “anónimo” o juega en un equipo diferente del nuestro (ya sea político, ideológico, comercial, religioso, familiar, nacional o deportivo).
La Regla de Oro brilla por su ausencia cuando una sociedad se crispa, cuando se divide primero en dos grandes bloques (“ellos” contra “nosotros”, “pueblo” contra “antipueblo”, “nacionales y populares” contra “oligarcas y destituyentes”, “progresistas” contra “reaccionarios” o como quiera que se denominen o bauticen). Y es pisoteada cuando hasta los bloques empiezan a fragmentarse y ya no hay nada más que el uno contra uno, el sálvese quien pueda, el viva yo y muera el otro (vemos entonces luchas de pobres contra pobres, de corruptos contra corruptos, de hermanos contra hermanos, de cónyuges contra cónyuges, etcétera).
Las sociedades que olvidan la Regla de Oro retroceden a la más absoluta oscuridad, al umbral primitivo de la especie, recorren el camino de la historia en sentido inverso. Y en esa triste marcha se oye como música de fondo la carcajada siniestra de los oportunistas, de los mercaderes, de los egoístas, de los canallas. Los que lucran con el olvido de esa ley esencial.
La Regla fue dicha también por Jesús, en el Sermón de la Montaña (“Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos.”), por Platón (“Que me sea dado hacer a otros lo que quisiera que me hagan a mí”), por Confucio (“No hagas a otro lo que no te gustaría que te hicieran”). Para que se cumpla debe ser cada uno el que comienza, porque si esperamos que sea el otro quien lo inicie seguirán riendo los canallas.

Sinay.

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