¿A DONDE VA LA LUZ CUANDO SE APAGA?


Tan importante como encontrar 12 razones sobre si el semen produce el alma humana, las enumeró Tomás de Aquino en Suma contra los Gentiles, sería averiguar adónde va la luz cuando se apaga. Tranquilizaría al poeta y animará a quienes sostienen que no existen los misterios, sino enigmas que alguien descifrará algún día. La revolución científica, de Galileo para acá ha sido sobre todo ese convencimiento tozudo de que el poder de la ciencia no tiene límites; la decisión del hombre de rebelarse contra los moralistas por desacreditar la búsqueda de la felicidad; un revolcón al pesimismo de los pontífices de todo tipo, y, también, el zaratustrano grito de ¡al diablo con el infierno!

No hace falta remontarse a la Inquisición para afirmar que, desde el destronamiento de la teología como la emperatriz de las ciencias, las religiones no han dejado de recelar del progreso. El recuento de los absurdos teológicos es jugoso, pero viene a cuento una batalla contemporánea a la sufrida por Darwin a manos del fundamentalismo de las certezas. Se libró en torno al descubrimiento de la anestesia, cuando James Young Simpson, en 1847, recomendó la analgesia para mitigar el sufrimiento de las parturientas, y una intervención clerical le recordó la severa advertencia de Dios a Eva por su conducta bajo el manzano: 'Parirás con dolor'. Simpson apeló a que, también en el Génesis, Dios dormía a Adán para extraerle la costilla, pero los eclesiásticos seguían sin ver teológico extender ese beneficio a la mujer, lo que, al fin y al cabo, fue congruente con la irritación que el sexo causa en Roma desde que dejó de haber papas casados. Lo malo es que aquella posición teológica había ido más allá de la advertencia: una mujer escocesa fue quemada en 1591 por usar un misterioso analgésico en el parto. Así que esa rama de la medicina, y otras muchas , siempre toparon con el obstáculo de algún dogma genesiaco. ¡El parto sin dolor! La polémica fue tan agresiva que ni siquiera cesó cuando, en 1956, Pío XII proclamó que la Iglesia ya no se oponía a ese avance de la ciencia médica.

Pero las tribulaciones de Simpson eran nada en comparación con el sufrimiento de los primeros científicos que ridiculizaron principios sustentados en el Antiguo Testamento. El debate no fue, como ahora, sobre si los niños sin bautizar van al infierno, o sobre si el sida es una deriva divina del agustiniano castigo por pecados futuros o antepasados. Fue aún peor. El conflicto tuvo que ver con el libre albedrío reclamado por Erasmo, el kantiano Sapere aude -Atrévete a saber- que en el Siglo de las Luces puso fin al espantoso apagón cultural de la Edad Media, donde el pensar era la fe del carbonero o un asunto de clérigos que escribían en latín.

Muchos fueron los chamuscados en el largo conflicto entre verdad científica y verdad revelada. Que se lo digan al aragonés Miguel Servet, martirizado en Ginebra por Calvino; o a Giordano Bruno, quemado por orden del Papa en la romana plaza del Campo dei Fiori el 17 de febrero de 1600, atado a un palo y con la lengua presa a una paleta de madera para impedir que hablara. En 1889, miles de personas acudieron al mismo lugar de la hoguera para inaugurarle un monumento y al Vaticano, que ya había perdido el imperio y los ejércitos sin aprender nada de la historia, no se le ocurrió otra cosa que ordenar leer en las iglesias una exhortación de León XIII llamando 'mentiroso y malintencionado' a Bruno, tres siglos más tarde, otra vez humillado y ofendido.

¿Qué había hecho Bruno para suscitar tanta inquina? Se había atrevido a decir lo que había callado años antes Nicolás Copérnico para no poner patas arriba el dogma de la creación (el cielo y la tierra creados por Dios en una semana, y el hombre en el centro para adorar el prodigio). 'Los matemáticos escriben poco', se disculpó Copérnico. Pero Bruno lo dijo claro: 'Creer que no existen otros planetas que los que ya conocemos no sería más razonable que opinar que no vuelan más pájaros que los que vemos pasar asomándonos a una pequeña ventana'. Roma sostuvo que no fue para frenar la revolución copernicana por lo que ejecutó a Bruno, sino por sus herejías. Truculentas sutilezas. El poder de la Iglesia sucumbiría pronto al poder de los hechos, tozudos y tempranos. Apenas 33 años después de la quema de Bruno, el 'episodio Galileo' volvió a ridiculizar la dogmática sobre el perpetuo motor inmóvil. Voltaire calculó al cristianismo un millón de víctimas por siglo y Galileo Galilei fue la víctima emblemática, el héroe de la persecución oscurantista. Eppur si muove, murmuró en el momento de la condena, librado de la hoguera a cambio de retractarse. En efecto, la ciencia no ha parado de moverse y, pese a todo, a veces, el hombre también sigue pensando libre.

Juan G. Bedoya

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