ALMAS ENCOGIDAS, ALMAS EXPANDIDAS.


Hacia 1996 el ex sacerdote Matthew Fox (estadounidense) y el biólogo Rupert Sheldrake (británico) mantuvieron un diálogo rico, profundo y regocijante que fue recogido en el libro “Ciencia y espiritualidad”. Lo leí hace poco con emoción y agradecimiento. Fox y Sheldrake intercambian ideas sobre el alma, la gracia, la alabanza, el significado del agradecimiento, el misterio que nos rodea (sólo el 1% de la materia que constituye el universo es conocida), la educación, la oscuridad. Una conversación exquisita y sutil en tiempos torpes y desalmados. Dicen allí (lo dice Fox) que cuando todo lo que nos interesa es lo que se puede pesar, medir y contar, cuando valoramos lo productivo y rentable por sobre lo espiritual y lo moral, el alma encoge. Sheldrake explica que el aliento vital presente en todo lo que vive en el universo es espíritu. Y el alma es aquella porción del espíritu que alienta en cada ser. De ese modo todo ser vivo tiene alma y ni esta ni el espíritu, entendidos así, se limitan a lo religioso. En todo caso lo exceden y lo comprenden.
El alma encogida duele, produce angustia existencial, tedio vital. El encogimiento se inició, acuerdan Fox y Sheldrake, hace tres siglos (con el positivismo) y quizás está hoy en su punto álgido. La enfermedad del alma encogida, que se anuncia con síntomas como el egoísmo, la indiferencia, la banalidad, el desprecio de los valores morales, la rapiña, la mentira como base de la existencia, la destrucción del medio ambiente, el maltrato a las demás personas y a las otras especies, la manipulación, la hipocresía, el cinismo, la discriminación, el prejuicio, tiene un nombre. Se llama pusilanimidad. Fox dice que así la había bautizado Tomás de Aquino. El pusilánime es lo opuesto del magnánimo. La palabra magnanimidad se origina en dos vocablos: magna (grande) y ánima (alma). Es el símbolo del alma extendida, ensanchada, abierta al mundo. Los magnánimos actúan del modo exactamente opuesto a los pusilánimes.(…).

Sinay.

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