UN TAL JESÚS. UNA PEQUEÑA BIOGRAFÍA INTRODUCTORIA, PARTE 4. RESUCITANDO DE ENTRE LOS MUERTOS.

Perpetrado por Oskarele

Como íbamos diciendo, y por si alguien no lo sabe, el nazareno rebelde aquel, un tal Jesús, fue crucificado tras un más que dudoso proceso judicial y con bastante mala leche por parte de judíos y romanos. Pero la historia no termina aquí, según contaron sus biógrafos evangélicos y según mantiene la tradición. De hecho, lo que sucede a continuación es una parte esencial de la doctrina de los seguidores de esta religión, incluso 2.000 años después, aun pareciendo, como lo parece algo absurdo. Pero en fin, como siempre en estas cosas se trata de fe, y cada cual tiene fe en lo que quiere o en lo que puede. Vamos al lio.

José de Arimatea era uno de los seguidores de Jesús más destacados. Pero también era su tío abuelo, porque era hermano menor del padre de María. Así se convirtió en su tutor cuando palmó San José. Pero además era miembro del Sanedrín y decurión del Imperio Romano, una especie de ministro, encargado de las explotaciones de plomo y estaño. Y aparte, estaba forrao.

Pues bien, los cuatro evangelistas coinciden (algo que no suele suceder mucho) en implicarlo en los acontecimientos posteriores a la muerte del nazareno: este señor le solicitó al procurador romano Poncio Pilatos que le permita dar sepultura al cuerpo de Jesús. Y le fue concedido. Así, con la ayuda de Nicodemo, desclava el cuerpo de la cruz y lo sepulta en su propia tumba (es decir, en lo que iba a ser su propia tumba, un sepulcro nuevo, recién excavado en la roca, y bastante cerca del Gólgota). Además fueron estos dos los que lo envolvieron en lienzos de lino y cerraron la tumba con una gran piedra.

Esto sucede el viernes por la tarde. Al día siguiente era Sabbat, la festividad judía en la que no se puede trabajar ni hacer casi nada. Pero aun así, según narran los evangelios, el Sanedrín pidió que los romanos pusiesen una guardia armada en la puerta, para evitar que se produjese aquello que los rumores ya apuntaban: que robasen el cadáver y que luego sus seguidores dijesen que había resucitado, como había asegurado el nazareno.

Pues bien, según dicen estos textos, al tercer día después de su muerte, resucitó. Y en esto de nuevo vuelven a coincidir, como en algo bastante curioso: en que la primera en descubrirlo fue María Magdalena, personaje interesantísimo que se va mereciendo un artículo. En el resto de cosas las versiones varían:

El evangelio de Mateo cuenta que la Magdalena y “la otra María” fueron al sepulcro el domingo tempranico. Pero de pronto un “ángel del señor bajó del cielo”, provocando un “gran terremoto”, y removió la piedra que cerraba el sepulcro, sentándose sobre ella, ante el pavor de los guardias romanos que se quedaron “como muertos”. No es de extrañar pues “su aspecto era como un rayo”. Pues bien, el ángel les comentó a las señoras: “sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí, ha resucitado, como dijo. Venid, ved el sitio donde estaba” y además les encargó que fueran a buscar a los apóstoles y le dijera que en la Galilea podrían verle. Pero la movida no termina aquí: cuando las dos Marías se marchan corriendo en busca de los colegas, de pronto, el nazareno se les apareció y les repitió que fueran a Galilea.

Mateo también cuenta que los guardias, una vez recuperados del acojone, fueron a buscar a los sacerdotes, que les sobornaron para que contasen que los apóstoles habían robado el cadáver. Y finalmente termina diciendo que los once apóstoles restantes (Judas se había suicidado), efectivamente fueron a Galilea y se encontraron con el Nazareno en el sitio señalado. Y allí les dijo: “id pues, y haced discípulos míos en todos los pueblos (…) yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. (Citas extraídas de Mt 28)

La versión del texto de Marcos, sintomáticamente, es diferente: en vez de dos mujeres, son tres las que van: la Magdalena, Salomé y María la de Santiago (igual es esta la “otra María” que comentaba Mateo). Van con la intención de ungir el cadáver con perfumes, pero al llegar vieron que la piedra que cerraba el sepulcro estaba movida (una notable diferencia respecto a Mateo). Allí, dentro de la tumba, encontraron a un señorito vestido una túnica blanca, que les dijo: “No os asustéis. Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado. No está aquí” y continuó diciéndole más o menos lo mismo que el ángel del que hablaba Mateo, que fuesen a comentarles a los discípulos que Jesús les esperaría en la Galilea… pero, curiosamente, dice que salieron escopeteadas por el miedo y que “no dijeron nada a nadie porque tenían miedo”…

Marcos continua diciendo que después se le apareció Jesús a la Magdalena (no dice nada de las otras dos señoras), y que esta fue la que le comentó a los apóstoles la movida y las indicaciones, pero que no fue creída. Aquí introduce otra novedad, pues Jesús se ve que se apareció de nuevo, “con una figura distinta” (¿¿?¿) a “dos de ellos en el camino”, pero tampoco los demás lo creyeron. Así que finalmente tuvo que aparecerse a los once, a los que regañó por no creerle y a los que ordenó que difundiesen su mensaje, y después “Jesús, el señor (…), subió al cielo y sentó a la diestra de Dios”. (Citas tomadas de Mc. 16)

La cosa cambia aun más en el Evangelio de Lucas: de nuevo un grupo de mujeres (entre ellas, la Magdalena, Juana y María de Santiago), van a ungir al difunto con perfumes. De nuevo encuentran la piedra de entrada removida y de nuevo el cuerpo no está. De pronto aparecen “dos varones con vestidos deslumbrantes” que les anunciaron que el nazareno había resucitado. Las damas fueron a decirle la buena nueva a los apóstoles, que no las creyeron, excepto Pedro que “se levantó y fue corriendo al sepulcro; se asomó y solo vio los lienzos y regreso a casa maravillado de lo ocurrido” (Lc 24, 12).

Al igual que cuenta Mateo, ese mismo día, se les apareció a “dos de ellos” (uno es un tal Cleofás, el otro no se sabe), que “estaban tan ciegos que no lo reconocían”, a pesar de que les acompañó durante un rato a pie, hasta que llegaron a la aldea a la que se dirigían, Emaus. Allí le invitaron a hospedarse, pues era “tarde y ya había declinado el día”. Le ofrecieron comer y al partir el pan el nazareno lo reconocieron, “pero él desapareció de su lado” (Lc, 24, 31). Al día siguiente le contaron la movida a los once apóstoles: “el señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón” (algo curioso, porque eso no se menciona en ningún lado).

Y de pronto Jesús se les apareció a todos los allí reunidos. Quedaron perplejos, pero les demostró que era él en carne y huesos, y comió en su presencia. “¿tenéis algo de comer?. Le dieron un trozo de pescado asado. Lo tomó y comió delante de ellos”. Después les explicó el sentido de su muerte y resurrección (“estaba escrito que el mesías tenía que sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día”). Después se los llevó a Betania, los bendijo y “mientras los bendecía, se separó de ellos y subió al cielo”. 


La cosa cambia también en el Evangelio de Juan: de nuevo es la Magdalena quien descubre la piedra removida y nota la ausencia del cadáver. Va en busca de Pedro y del “otro discípulo preferido de Jesús” (¿Juan?), que le acompañaron de nuevo al sepulcro. Pedro entró primero y efectivamente no encontró el cuerpo, el otro entro después y “vio y creyó”, pues aun no había entendido la profecía de que resucitaría al tercer día. Luego se volvieron a casa.

La Magdalena en cambio se quedó llorando junto al sepulcro, y como en otras versiones, se le aparecieron “dos ángeles con vestiduras blancas”. “¿Por qué lloras?”, le dijeron. “Porque se han llevado a mi Señor y no sé donde lo han puesto”. Y justo en ese momento lo vio, “pero no sabía que era Jesús”, hasta que le dijo “¡María!, y ella lo reconoció. Aquí el nazareno hace algo sumamente extraño: le dice “Suéltame, que aun no he subido con el Padre”. ¿Por qué no podía tocarle?... sea como sea, le ordenó que fuese a buscar a los demás y que les contase lo que había sucedido (Jn 20, 11-18).

Ese mismo día, por la tarde, Jesús se apareció a los discípulos: llegó, de pronto, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡La paz esté con vosotros!”. “Y les enseñó las manos y el costado”. Y después “sopló sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis sus pecados, les serán perdonados, a quienes se los retengáis, les serán retenidos”.

Y pasa a narrar el famoso suceso de Tomas, “el mellizo”, que no estaba con ellos cuando sucedió esto y que no se lo creía. “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creo”. Pero ocho días después, el nazareno volvió a aparecerse a todos los discípulos, incluido Tomás, al que, para lograr convencerlo, le dijo “trae tu dedo aquí y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente”. Finalmente, una vez convencido Tomás, le dijo: “Has creído porque has visto. Dichosos los que creen sin haber visto”, frase lapidaria como pocas…

Juan cuenta algunas cosas más que pasan después: más tarde se les aparece a siete de sus apóstoles cuando estaban pescando junto al Mar de Tiberiades. Estando en el barco lo vieron en la orilla, pero no lo reconocieron. Se produce aquí la famosa “pesca milagrosa”, pues los pescadores no habían pillado nada, pero el nazareno les insta a que vuelvan a meter las redes, que luego “no podían sacarla por la cantidad de peces”. Cuando llegaron a la orilla comieron con él panes y peces (Jn 21,1-14).

En fin, en las próximas entregas continuaremos hablando sobre la difusión del cristianismo, siguiendo con nuestra introducción a los planteamientos filosóficos cristianos en nuestra Historia del Pensamiento. 

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