Onírico.

Por Fulgen García.

El atardecer se filtraba entre las sedas de las cortinas y las celosías de las ventanas. El olor de las especias del zoco se elevaba, tibio, calentado por el sol del final de la primavera, y se mezclaba con el dulzor del azahar y del jazmín. El amante, tendido sobre la cama, observaba cómo ella se desnudaba, cómo dejaba caer –uno tras otro- los velos que cubrían las curvas de su morena piel. Los últimos rayos de sol perfilaban sus caderas y tornasolaban las delicadas telas que caían y se posaban como pétalos sobre los azulejos del suelo. Su cuerpo se cimbreaba al compás de una melodía solo percibida por los armonizados cuerpos. Él no pestañeaba por no perder en el vacío de sus párpados cerrados ni uno solo de los segundos que las arenas del desierto le regalaban en ese ocaso mágico. Ya solo quedaba el hiyab, casi todo el cuerpo se insinuaba en los últimos rojos del día y las lámparas de aceite lo calentaban. Ella cruzó la mano derecha sobre su rostro. Soltó el enganche y el trozo de tela cayó como la cuchilla de una guillotina. La faz del hombre mudó su color y la copa de vino que mantenía en la mano rompió el cristal del silencio nocturno. Y entonces ese aullido animal volvió a rasgar las almas de los hombres honrados.

Fulgencio García.

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