NO ENTENDÍA POR QUÉ

Perpetrado por Oskarele

Es duro ver morir. Es duro. Y difícil seguir viviendo tras la muerte de alguien querido. Especialmente cuando esa persona ha sido nuestra compañera en este valle de lagrimas por el que caminamos, queramos o no, hasta la muerte. Y es terrible ver la desolación reflejada en los ojos de los que se quedan, de los que ya nunca vivirán igual, de los que han perdido para siempre a la persona amada, arrebatada por esa ladrona furtiva que es la vida cuando se acaba.

Ayer asistí a un velatorio. Falleció la abuela de mi pareja. Y entre llantos, crucifijos e hipocresía varia, hubo una cosa que me llamó especialmente la atención de este ritual de duelos y quebrantos: la serenidad y la templanza de la persona que más afectada debía estar por la muerte de esta señora. Su marido, hombre andaluz, a fuerza de golpes fuerte, como dijo aquel poeta, combatiente en mil batallas, unas perdidas, como aquella guerra entre hermanos, otras ganadas, como aquella guerra contra el hambre y la miseria. Aquel señor, mientras sus vástagos lloraban la muerte de la dama, permanecía impertérrito, solemne, brillante, a apenas dos metros de su compañera de toda la vida, de su espina dorsal, de su amante, esposa y amiga.

Y especialmente me perturbó su actitud ante el rito. Ella, la que había sido un pilar básico en el edificio de su vida, había muerto y descansaba en paz tras una dura y terrible agonía, broche final, injusto y terrible a una vida de carencias, dolor y sudor derramado, dentro de un rectángulo de madera, con un velo ocultando su bello rostro hoy maltrecho por el sinsentido del vivir y del paso del tiempo. Ella, su talón de Aquiles y su paño de lágrimas, su risa y su llanto, estaba de cuerpo presente, en una pequeña habitación, aislada de sus dolientes familiares por un odioso cristal. Eso sí, acompañada de un crucifijo de metal malo que presidia la sala.

Y él, jornalero de profesión y poeta autodidacta de corazón, permanecía a su vera, separado por el maldito cristal de su mujer, de su vida, de su muerte.

Impactante fueron las palabras que tuvimos nada mas aparecer un servidor y su afectada pareja en el acto fúnebre. “Dios me lo dio, Dios me la quitó”, recordando a aquel personaje bíblico puteado hasta niveles que rozan la saña por un tal Yahvé y que, pese a todo, sigue sin renegar de él, saliendo su fe hasta mas fortalecida. Pero la reflexión de este jornalero andaluz no era esa. “Maldito sea ese Dios. ¿Para qué me la dio si tenía pensado quitármela?”, o algo así me dijo. “Sí, dicen los creyentes que Dios nos deja a nuestra entera libertad, que no interviene en los asuntos mundanos para que seamos nosotros los que tomemos responsabilidad de nuestras vidas. No es justo. ¿Puede evitar el mal y el sufrimiento, pero no lo hace? ¿Para qué queremos entonces a Dios?”. Imagínense la rabia y la impotencia expresada desde el insondable dolor del que acaba de perder la batalla de la vida por la muerte de su dama. Imagínense el tremendo conflicto espiritual que supone para una persona educada siempre en la esperanza religiosa ver, una vez más, que ese supuesto Dios, supuestamente omnipotente, no hace nada, como siempre, para ayudarle. “¿Por qué nos hizo así? Sí es tan bueno y poderoso, ¿Por qué no evita la muerte? ¿Por qué no evita el dolor”

Me dejó totalmente impresionado, conmovido y emocionado ver a una persona de noventa y tantos años con esa serenidad y esa terrible lucidez en un momento tan crítico y doloroso como ese, con su dama de cuerpo presente, planteándose una reflexión absolutamente existencial y filosófica.

No entendía por qué. No entendía porque aquel Dios que le habían vendido, y en el que, con su mas y sus menos, creía, les había abandonado, entregando a los brazos de la despiadada muerte a la señora que tanto amó.

“Al fin y al cabo lo hizo con su hijo. ¿Por qué no hacerlo con nosotros?”

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