LA VIDA ¿ES UNA LUCHA?


Luchamos contra el cigarrillo, contra la obesidad, contra los impulsos, contra el cáncer, contra la celulitis, contra la pereza, contra los deseos, contra el adversario deportivo, contra el opositor político, contra el copropietario en la reunión de consorcio, contra el competidor comercial o profesional, contra la tentación. ¿Cuántas veces por día nos ponemos en actitud de lucha? ¿Cuántas veces empleamos esta palabra? ¿Cuántas veces nos guía este concepto? Decimos: “Lucho contra mi miedo”, “Lucho contra mis fantasmas”, “Voy a pelear hasta lograrlo”. Y hasta despedimos a alguna persona querida con la frase: “Fue un luchador”. Nos preguntan ¿”Cómo estás?” Y respondemos: “Ya lo ves, en la lucha”. Por último, definimos a la vida como “una lucha”.
Si la vida es, en efecto, una lucha, todo lo que la constituye estará atravesado por el espíritu de pelea, de confrontación, de disputa. También nuestros vínculos. Así, luchamos por un amor, peleamos para lograr que nuestros hijos crezcan en un camino recto, combatimos por enderezar una amistad.

Quién es el otro?

Lucha, dice el diccionario, es “la pelea entre dos, en que, abrazándose uno al otro, procura cada cual dar con su contrario en tierra”. Se trata, entonces, de una práctica que sólo termina cuando uno se impone sobre otro. Convertida en un modo de encarar la vida, nos predispone a una suerte de enfrenamiento perpetuo. ¿Contra quién? Contra las circunstancias, contra el destino, contra emociones, contra ideas, contra obstáculos y, básicamente, contra otros.
El otro encarna, en esencia, lo diferente. Lo que no se pliega, en imagen y semejanza, a mi deseo. Una actitud, una opinión, un sentimiento, una elección, bastan para establecer diferencias y para manifestarlas. ¿Qué hacer con ellas? La respuesta a esta pregunta es, en cierto modo, la declaración de una manera de vivir y de vincularse. Nuestra vida es una vasta, rica y compleja trama de vínculos. Existimos vinculados, esa es una condición esencial del ser. Y, en tanto así ocurre, habitamos un inmenso mar de diferencias. No hay dos personas iguales, aunque compartan la misma sangre.
Ante esta evidencia podemos descalificar a lo diferente, podemos combatirlo, empeñarnos en cambiarlo para que sea semejante a nosotros. O podemos aprender de la diversidad, integrarnos con lo distinto, reconocernos como expresiones disímiles de una misma materia prima, lo humano.
En nuestras declaraciones solemos adherir, mayoritariamente, a la segunda opción. Es lo “correcto”, se lo observe desde donde se lo mire, ya sea desde lo moral, lo político o lo afectivo. Pero en la práctica, en la vivencia real de nuestros vínculos, con frecuencia elegimos la opción “lucha”. Luchar contra, luchar para, luchar por.

Con o contra?

Estoy convencido que en la base de los sufrimientos, disconformismos, sinsabores, desilusiones, frustraciones y demás variantes del malestar existencial que tiñe a nuestros tiempos, está la precaria concepción de la vida como lucha. Es una concepción dualista, que no consigue la integración ni la armonización de lo diverso. Propone sesgar y dividir en dos: malo y bueno, amor y odio, blanco y negro, cuerpo y alma, hombre y mujer, cielo y tierra, sentimiento y pensamiento. Luego de crear la división insta a elegir por uno o por otro, los enfrenta. Desalienta e impide toda posibilidad de comprender a lo diferente como parte distinta y necesaria de una totalidad más vasta y trascendente.
Esta concepción nos mantiene en un estado precario de evolución de la conciencia. Nos hace ignorantes, al no enseñarnos que somos parte de un todo mayor, y más significativo, que la suma de esas partes. Nos sumerge en la angustia de percibirnos sólo como olas –siempre fugaces- y no como mar, como hojas (que duran una estación y viven angustiadas por la brevedad de su existencia) y no como árboles, como células y no como organismos.
Esta mirada da como resultado una manera de estar en el mundo, un modo de vincularse. Vivimos en una cultura que dirime sus diferencias en dirección de uno u otro término (hombre versus mujer, Oriente versus Occidente, pobres versus ricos, hijos versus padres, y así hasta el infinito). Una cultura de competencia, de lucha, de exclusión, descalificadota de lo distinto. Para vivir así, en la lucha, es preciso crear, todo el tiempo y en todas partes, campos de batalla, vivir como guerreros, matar para que no nos maten, excluir para que no nos excluyan, someter para que no nos sometan. Y aunque matemos, excluyamos y sometamos no alcanzamos la felicidad, vivimos infelices, sin encontrar un sentido esencial al hecho de existir. Esto es lo que vemos en el mundo que propone la lucha y niega las diferencias: familias en conflicto, parejas en crisis, empresas en bancarrota, deportistas sanguinarios, ejércitos aniquiladores.

Otra opción
Pero no es el único mundo posible. Se puede vivir de otra manera, podemos construir vínculos de cooperación, de integración. Podemos hacer de nuestras diferencias elementos de aprendizaje y de suma. Vivir con otros, entre otros, vivir con el otro es el arte de armonizar las diferencias. Ya no se trata de una simple declaración de principios. Hoy esto es una condición de supervivencia, de superación, de trascendencia. Hoy somos deudores de una materia fundacional: integración de las diferencias. No hay amor posible si no se fundamenta en esto. Empezar a trabajar en ello, aprenderlo de una manera experiencial, vivencial, aplicarlo a la vida de cada día, al encuentro de cada instante con el amado con la amada, con el hijo y la hija, con el amigo, con el adversario, con proveedor, con el cliente es una prioridad.
Es necesario crear espacios de aprendizaje y habitarlos. Hay formas de aprender y aplicar esto. Urge que nos dediquemos a aprender esas formas, a desarrollarlas, a transmitirlas, a compartirlas. Edward Said, un lúcido intelectual palestino, dice: “Debemos dedicarnos, sobre todo, a crear campos de comprensión en lugar de campos de batalla”.
Tiziano Terziani, un hombre sabio, que durante años trabajó como periodista y hoy habita en la India, recuerda que “la armonía, como la belleza, está en el equilibrio de los opuestos, y la idea de eliminar uno de los dos es sencillamente sacrílega”. Y propone reemplazar “la lógica de la competitividad por la ética de la existencia”. Terziani es autor de un libro bello, profundo e imprescindible: Cartas contra la guerra. Una pequeña joya, de esas que a cada tanto alumbra el alma humana. Allí escribe: “Sólo si conseguimos ver al universo como un todo en el que cada parte refleja la totalidad y en el que la gran belleza está en su diversidad, comenzaremos a entender quiénes somos y en dónde estamos”. ¿Qué más agregar? Comencemos. Comencemos por donde cada uno pueda. Por el prójimo más próximo.

S.Sinay.

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