¿EXISTIÓ REALMENTE JESÚS? PARTE 4. LA FAMOSA CARTA DE PLINIO EL JOVEN.

Perpetrado por Oskarele

Ya hemos hablado de las menciones que historiadores como Flavio Josefo (su famoso “testimonio flaviano) o Tácito hacen sobre el nazareno, escuetas y dudosas, además de algo tardías y posiblemente de fuentes interesadas. Hay algún que otro aporte más de fechas tempranas sobre esta enigmática figura de Jesús, como por ejemplo una famosa carta (entre los entendidos del tema) que Plinio el Joven, experto en derecho, político, escritor y científico romano, que vivió entre el 61 y el 113 d.C. La carta estaba dirigida al entonces emperador Trajano y fue escrita entre el 100 y 113 d.C. desde Bitinia (un territorio al noroeste de Asia Menor, actual Turquía) donde era embajador y donde supuestamente murió en el 113.

En esa época publico sus “Epístolas”, agrupadas en nueve libros, de gran valor documental, aunque también poético y literario, tomando como modelo a Cicerón, aunque las circunstancias históricas y los gustos literarios de las épocas respectivas son muy distintos. A estos nueve libros de cartas se añadió un décimo, de incalculable valor histórico, en el que se recopila su correspondencia con el emperador Trajano. En él se alternan las consultas de Plinio sobre cuestiones concretas y las respuestas del más alto mandatario Romano.

Pues bien, en la famosa carta, publicada en este volumen X, dice lo siguiente:

“Señor, es regla mía someter a tu arbitrio todas las cuestiones en las que tengo alguna duda. ¿Quién mejor para encauzar mi inseguridad o para instruir mi ignorancia? Nunca he llevado a cabo investigaciones sobre los cristianos: no sé, por tanto, qué hechos ni en qué medida deban ser castigados o perseguidos. Y harto confuso me he preguntado si no se debería hacer diferencias a causa la edad, o si la tierna edad ha de ser tratada del mismo modo que la adulta; si se debe perdonar a quien se arrepiente, o bien si a quien haya sido cristiano le vale de algo el abjurar; si se ha de castigar por el mero nombre (de cristiano), aun cuando no hayan hecho actos delictivos, o los delitos que van unidos a dicho nombre. Entre tanto, así es como he actuado con quienes me han sido denunciados como cristianos. Les preguntaba a ellos mismos si eran cristianos. A los que respondían afirmativamente, les repetía dos o tres veces la pregunta, amenazando con suplicio; a quienes perseveraban, les hacia matar. Nunca he dudado, de hecho, fuera lo que fuese lo que confesaban, que tal contumacia y obstinación inflexible merece castigo al menos. A otros, convictos de la misma locura, he hecho trámites para enviarlos a Roma, puesto que eran ciudadanos romanos. Y muy pronto, como siempre sucede en estos casos, propagándose el crimen al igual que la indagación, se presentaron numerosos casos distintos. Me fue enviada una denuncia anónima que contenía el nombre de muchas personas. Quienes negaban ser o haber sido cristianos, si invocaban a los dioses conforme a la fórmula que les impuse, y si hacían sacrificios con incienso y vino a tu imagen, que a tal efecto hice instalar, y maldecían además de Cristo –cosas todas ellas que, según me dicen, es imposible conseguir de quienes son verdaderamente cristianos– consideré que debían ser puestos en libertad. Otros, cuyo nombre me había sido denunciado, dijeron ser cristianos pero poco después lo negaron; lo habían sido, pero después habían dejado de serlo, algunos al pasar tres años, otros más, otros incluso tras veinte años. También todos estos han adorado tu imagen y las estatuas de nuestros dioses y han maldecido a Cristo. Por otro lado, ellos afirmaban que toda su culpa o error había consistido en la costumbre de reunirse un día fijo antes de salir el sol y cantar a coros sucesivos un himno a Cristo como a un dios, y en comprometerse bajo juramento no ya a perpetuar cualquier delito, sino a no cometer hurtos, fechorías o adulterios, a no faltar a nada prometido, ni a negarse, a hacer un préstamo del depósito.

Terminados esos ritos, tienen por costumbre separarse y volverse a reunir para tomar alimento, por lo demás común e inocente. E incluso de estas prácticas habían desistido a causa de mi decreto por el que prohibí las asociaciones, siguiendo tus órdenes. He considerado necesario arrancar la verdad, incluso con torturas, a dos esclavas que se llamaban servidoras. Pero no conseguí descubrir más que una superstición irracional y desmesurada. Por eso, tras suspender las indagaciones, acudo a ti en busca de consejo. El asunto me ha parecido digno de consultar, sobre todo por el número de denunciados: Son, muchos, de hecho de toda edad, de toda clase social, de ambos sexos, los que están o estarán en peligro. Y no es sólo en las ciudades, también en las aldeas y en los campos donde se ha difundido el contagio de esta superstición. Por eso me parece necesario contenerla y hacerla acallar. Me consta, de hecho, que los templos, que habían quedado casi desiertos, comienzan de nuevo a ser frecuentados, y que las ceremonias rituales que hace tiempo habían sido interrumpidas, se retoman, y que se vende en todas partes la carne de las victimas que hasta la fecha tenían escasos compradores. De donde puede deducir qué gran cantidad de hombres podría enmendarse si se aceptase su arrepentimiento. (Plin. J., Epist. X, XCVI, C. Plinius Traiano Imperatori)

RESPUESTA DE TRAJANO: 

"Querido Plinio, tú has actuado muy bien en los procesos contra los cristianos. A este respecto no será posible establecer normas fijas. Ellos no deberán ser perseguidos, pero deberán ser castigados en caso de ser denunciados. En cualquier caso, si el acusado declara que deja de ser cristiano y lo prueba por la vía de los hechos, esto es, consiente en adorar nuestros dioses, en ese caso debe ser perdonado. Por lo que respecta a las denuncias anónimas, estas no deben ser aceptadas por ningún motivo ya que ellas constituyen un detestable ejemplo: son cosas que no corresponden a nuestro siglo”. (Plin. J., Epist. X, XCVI, C. Plinius Traiano Imperatori)

Pa empezar esto no demuestra que haya existido nunca Jesús (a pesar de que en él un magistrado romano se hace eco tres veces de Cristo como persona real y objeto de culto de una secta), pero sí que en fechas tan tempranas como principios del siglo II (hacia el 110, como hemos dicho), el cristianismo, los seguidores del nazareno, a quien honraban y consideraban ya como un Dios, eran numerosos, y en una zona tan alejada de Israel o de Roma como Bitinia (en el norte de la actual Turquía, recuerden).

Es curioso, si repasan la carta, como explica el procedimiento para comprobar si eran o no cristianos los acusados de serlo: eran liberados los que “Quienes negaban ser o haber sido cristianos, si invocaban a los dioses conforme a la fórmula que les impuse, y si hacían sacrificios con incienso y vino a tu imagen, que a tal efecto hice instalar, y maldecían además de Cristo –cosas todas ellas que, según me dicen, es imposible conseguir de quienes son verdaderamente cristianos– consideré que debían ser puestos en libertad”. Por otro lado se ejecutaba a los que resultaban ser cristianos, métodos que Trajano apoyó en su respuesta.

Es significativo que trata al cristianismo como una superstición incómoda y en auge, pese a las persecuciones, y se sorprendía del gran número de denuncias anónimas que se recibían en este campo (curiosamente Trajano le respondió apoyando su actitud, pero ordenándole que no diera curso a las denuncias anónimas.) 

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