PANEM ET CIRCENSES


Los emperadores se consideraban “amigos del pueblo”. Ellos sabían lo que tenían que dar a la plebe para que ésta les mostrase verdadera adoración. Juvenal lo dice bien claro: “la plebe sólo desea con codiciosa ansiedad dos cosas: pan y circo -panem et circenses-”. Los excesos de un Calígula y un Nerón en nada afectaban al populacho mientras se repartiera trigo y se organizaran de tanto en tanto unos buenos combates de gladiadores o batallas simuladas.

En el año 70 el príncipe Tito destruyó Jerusalén y, cuando accedió al trono construyó el anfiteatro Flavio, el mayor del mundo, llamado a partir de la Edad Media Coliseo debido probablemente a que muy cerca se encontraba una estatua de Nerón de 36 metros de altura conocida como “el coloso”.

A parte de las mensuales distribuciones de alimentos que se hacían desde el Pórtico de Minucius, los emperadores tenían que distribuir también diversión. En Roma la mitad de la población no trabajaba y la otra mitad quedaba libre después del mediodía. El tiempo de ocio era pues, mucho, y las personas que entretener, alrededor de trescientas mil. El régimen imperial había cortado la ilusión política de muchos de aquellos ciudadanos ociosos, los cargos políticos estaban repartidos entre los funcionarios imperiales y la antigua ocupación política de los hombres libres había que reconvertirla en diversión. Los diversos espectáculos, costeados por los emperadores, vinieron a ocupar la inactividad y a ocupar el tiempo libre. Dion Casio cuenta que en cierta ocasión que Augusto le reprendió al pantomimo Pylades por alborotar Roma, él le contestó: “César, te conviene que el pueblo se interese por nosotros”.

Los espectáculos servían también para popularizar a los emperadores. Ellos participaban con toda la pompa de su realeza en aquellos eventos, disponían de un lugar privilegiado (el pulvinar imperial), desde donde entraban en contacto con su pueblo: se apasionaban, sufrían, reían y lloraban con él. Próximo y distante, humano y divino al mismo tiempo, el césar sentía al pueblo y el pueblo a su césar. Él era el artífice de aquel espectáculo, él había corrido con los gastos y el público lo adoraba por ello. Era la hora del pueblo y los emperadores lo sabían, por eso aprovechaban para hacerse presentes en medio de la turba.

El espectáculo preferente, más que el teatro e incluso que la lucha de gladiadores, eran las carreras en el circo. Roma disponía de un lugar privilegiado para llevarlas a término con toda la grandiosidad requerida. Se trataba del Circo Máximo, remodelado y engrandecido en diversas ocasiones.
Como ningún emperador quiso ser menos que su antecesor, las carreras llegaron a ocupar toda la jornada, de tal forma que podemos imaginar el circo como una gran ciudad dentro de Roma, donde miles de personas pasaban el día. Por esa razón el circo contaba con tiendas, restaurantes, tabernas, casas de apuestas y prostíbulos. Todo lo que un romano podía necesitar para pasárselo bien...pero también había reparto de diferentes comidas gratis.
Las carreras del circo se completaban con el teatro y los espectáculos del grandioso Coliseo: las luchas de gladiadores, las naumachiae (representaciones de batallas navales) y las venationes (espectáculos con animales).

El Coliseo, al igual que el Circo Máximo y la infinidad de circos, anfiteatros y teatros que salpicaban todo el Imperio son una muestra de que el pueblo romano no sólo necesitaba satisfacer el estómago, sino también alimentar el ocio, ese tiempo insulso e incontrolable tan peligroso para los que quieren gobernar sin contar con los gobernados.


bicho.

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