NOSTALGIA OCHENTERA/CANSINO PRESENTE



NOSTALGIA OCHENTERA
Perpetrado por Oskarele

Estoy harto de espirales nostálgicas de treintañeros con dos copas de menos. Estoy harto de que ante la aparición en una conversación de palabras clave como “Marco”, “Barrio Sésamo”, “Movida” o “Los Goonies”, la conversación acabe destruida y desvirtuada, transformándose en una lucha dialéctica con el imposible objetivo de averiguar quién se acuerda de más cosas de aquellos maravillosos años. “¿Te acuerdas de “La Aldea del Arce?” o “¿Recuerdas “El chip prodigioso”?, ya no se hacen pelis como esa”, o las más terrible “¿Duran Duran? ¿Cómo no voy a acordarme? La música no es lo que era” o “que buenas eran las zapatillas Puma”… malditos ochenta. Estoy harto de los ochenta.

Es realmente agobiante ver como para muchos de mis congéneres con treintaytantos o cuarentaypico cualquier tiempo pasado fue mejor, cualquier peli pasada fue mejor y cualquier serie de dibujitos animados fue mejor. Creo que se confunde calidad con sentimiento, y, lo que es peor, el pasado con el presente. Cuando recordamos aquellas fantásticas peleicas del “Equipo A” o las increíbles invenciones de “MacGyver”, o lo bien que nos quedaban las hombreras y los pelos escaldados, nuestros recuerdos aparecen distorsionados por el filtro de cómo los guardamos en su momento. Cuando veíamos “Verano Azul” o “Fragel Rock” éramos unos críos, con un criterio no tan formado, en la mayoría de los casos, como el que tenemos ahora. Además la información y la exposición al ocio que teníamos no es ni de coña la que tenemos ahora o la que tienen los niños ahora. Teníamos poco y parecía mucho. En definitiva, muchas de aquellas cosas, como, por ejemplo, “El Coche Fantástico”, Alaska o el “Un, dos, tres”, han quedado guardadas en nuestra memoria como cosas maravillosas porque así las percibimos en su momento. Pero, ¿Han probado a ver hoy en día, por decir algo, “Mi amigo Mac” o “La mujer de rojo” o cualquier película de Chuck Norris o de Lorenzo Lamas?

Por otro lado la nostalgia es traicionera porque los recuerdos son traicioneros. Tendemos a recordar las cosas buenas, agradables y bonitas mucho mas buenas, agradables y bonitas de lo que en realidad fueron. Y, curiosamente, incluso los malos recuerdos son adornados en muchas ocasiones (todos habréis escuchado eso de “algún día nos reiremos de esto”…)

Esto hace que con el paso de los años y de las décadas, cuando rememoramos nuestra infancia y juventud, tendemos a exacerbar y sobrestimar el valor de las pelis que vimos, los actores o músicos que idolatramos o la ropa que llevábamos. Claro, y obviamente, en muchos casos acertamos y nuestro criterio actual, formado a base de experiencia, coincide con nuestro criterio de entonces (sí, me siguen gustando los Fragel, y los Goonies, y ¡Alaska!). Pero en general creo que si repasamos con un poco de criterio nuestros nostálgicos recuerdos nos daremos cuenta del daño que hace eso de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Que no digo que para algunos haya sido así. O para muchos. Pero eso siempre dependerá de las circunstancias concretas de cada uno y no se puede plantear como una regla general. Ni mucho menos.

En fin, que está muy bien recordar, que está muy bien la nostalgia como entretenimiento del alma,  pero que no cualquier tiempo pasado fue mejor por el mero hecho de haber pasado. Un poquito de criterio y de afán de superación, por favor. 


CANSINO PRESENTE.
Con Fulgen García al micro...

El criterio y el afán de superación no tienen nada que ver con la nostalgia. La nostalgia no tiene nada que ver con superarse día a día. Todos los días sufrimos para superarnos, para aguantar el exceso de trabajo y la falta de remuneración adecuada. Así que cuando alguien nos habla de “Las Brujas de Eastwick”, de “Fama” o de “Mazinger Z” no es un entretenimiento del alma sino un despertar de los recuerdos lo que nos sucede. O no tanto un despertar como un sacudir. Sacudimos la memoria para devolver a los lodos del presente los polvos del pasado. Entiéndanme. Uno tenía sus ocho o diez años, Naranjito era el máximo representante del diseño patrio frente a robots japoneses y niñas montañeras suizas, y los madelman y los geyperman peleaban en las estanterías de las jugueterías del centro de las ciudades (jugueterías, esos establecimientos en los que el juguetero te conocía y te esperaba en la puerta, sentado, paciente; no estas grandes superficies comerciales impersonales e impropias que nos aborregan sin pausa y sin prisa).  Eso es recordar los ochenta. Eso es tener de nuevo diez años. Es descubrir cada verano un cambio en tu cuerpo, un estirón, algo que se remueve arriba y, sobre todo, abajo. Estar orgulloso de que tu mayor aventura estaba en la calle, entre piedras y perros callejeros. Es ir al cine de verano en bici con los amigos (eso de colega quedaba aún demasiado lejos en el espacio tiempo), a la playa o a la plaza del pueblo a jugar a la pelota y pelearte con los chicos del barrio de al lado.

Uno de los momentos que más placer me provoca evocar aquellos maravillosos años es la tarde de domingo en el cine de reestrenos de mi pueblo. Poder disfrutar de dos películas en sesión continua, con mi bocadillo de chorizo o de atún y mayonesa y, por cien pesetas la entrada, gritar con un montón de personitas más mientras jaleábamos a Indy, o abucheábamos a Lex Luthor… ¿Cómo se puede insinuar siquiera que los ochenta son un pestiño? Nos llaman la generación que no ha madurado, se nos acusa por ser los principales consumidores de consolas y de video juegos pero, ¿quién no tiene un recuerdo enraizado en su cerebro de la década en la que Alaska nos enseñaba a vivir? Sí, nuestra patria común, nuestra memoria intelectual, comienza con el Conde Drako contando murciélagos, con aquella Cometa Blanca y el Baúl lleno de Libros, con Heidi y Candy, Candy, pero también con Koji Kabuto, con Aníbal Smith y, por encima de todos, con un coche que hablaba y tenía sentido del humor. La movida madrileña no solo sirvió a los cincuentañeros de hoy para quemarse las permanentes y diseñar hombreras con más tirantes que un puente de Calatrava. Sirvió para que los hermanos pequeños miráramos al futuro, comenzáramos a vivir y a sentir.

Siempre quise vestir de negro, dar puñetazos en Dolby Surround, tener una chica rendida a mis pies y fumar como un proscrito. Por desgracia, no crecí lo suficiente, no fui al gimnasio lo suficiente y no respiro lo suficiente. Por eso, y porque Peter Pan anida en todos y cada uno de nosotros (queramos o no), me doy la onanista oportunidad de cuando en cuando de volver a verme con el látigo y el sombrero, con el extraterrestre en la cesta o con Bud y Terence repartiendo a diestro y siniestro. Y porque, qué demonios, siempre quise y querré ser un Goonie.

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