¿NECESITAMOS A DIOS PARA EXPLICAR EL MUNDO?


¿NECESITAMOS A DIOS PARA EXPLICAR EL MUNDO?
Oskarele al micro.

En última instancia, sí. Y antes de que comiencen a llamarme traidor o incoherente con mis ideas escépticas cercanas al ateísmo, quiero explicarme adecuadamente (dejando claro que me ha tocado defender en este debate esta postura): necesitamos un dios no para explicar el mundo, sino para explicar TOTALMENTE el mundo. Y no me refiero ni a aquel vengativo e irascible dios del pueblo de Abraham, ni al bondadoso y suavizado dios de los cristianos, ni a los dioses de los hindúes, ni a las antiguas divinidades de los celtas, los incas o los indios Hopi, ni al G.A.D.U. masónico o el Diseñador inteligente de los creacionistas. O mejor dicho me refiero a todos ellos. “Dios”, en definitiva, entendido como “última instancia”, como inteligencia creadora.

Me explico:

Aquello que puede ser explicado por la razón humana no necesita explicación divina. En consecuencia, a medida que la ciencia ha ido progresando el espacio que le queda a dios se ha ido achicando. Antiguamente los fenómenos y objetos físicos (el Sol, la Luna, los planetas, los truenos, los terremotos o la misma lluvia), se explicaban como obra de dios(es), mediante mitos. A medida que la ciencia ha encontrado explicaciones a través de la astronomía, la meteorología, la geología, la cosmología y la biología, la necesidad de un dios para explicar dichos fenómenos se ha reducido progresivamente.

En definitiva, la razón ha ido ganando terreno al mito.

Pero siempre queda un terreno árido, incomprensible e inexplicado. Y por su conquista luchan ambos polos: el Mito y la Razón. Dios y la Ciencia.

Dios, en definitiva, explica muchas cosas que aún no podemos explicar. Igual algún día conseguimos hacerlo, pero siempre quedaron más cosas por explicar. Esto es conocido en el mundillo como “El Dios de los huecos”, término que se utiliza para explicar un fenómeno desconocido agarrándose a la posibilidad de que este hueco en el conocimiento puede ser explicado por Dios. Es cierto que esto peca un poco de falacia (argumentum ad ignorantiam), pues el que exista un vacío sobre el conocimiento de algo no implica que la hipótesis de una deidad lo llene, más que nada porque no podemos demostrar que existe.

Pero, considerando la existencia de Dios como una hipótesis, desde el punto de vista del dios cristiano, sí se podría plantear.

Por ejemplo: la ciencia ha explicado qué es la vida, más o menos, pero no ha podido explicar cómo empezó la vida exactamente. Ese es un hueco que podría llenarse perfectamente con la hipótesis de Dios. Si Dios existe, la creación de la vida es cosa suya, y mientras la ciencia no lo demuestre, esta hipótesis debería ser admitida como posible.

Fred Hoyle, eminente matemático y astrofísico, hijo de la Gran Bretaña, dijo en una ocasión que “Más bien que aceptar la probabilidad fantásticamente pequeña de que las fuerzas ciegas de la naturaleza hubieran producido la vida, parece mejor suponer que su origen se deba a un acto intelectual deliberado”.

¿Cómo explicar la aparición de una estructura tan increíblemente compleja como una célula o un átomo? ¿Cómo explica la evolución la aparición de órganos complejos como el ojo de los animales, que parece surgir súbitamente? ¿Cómo explicar la aparición del ADN, la molécula clave de la vida?... la ciencia está en ello, pero la hipótesis de Dios, siempre entendido en los términos expuestos al principio, sí lo hace.

Aunque, eso sí, siempre nos falta explicar a Dios…

A ver lo que dice ahora el murciano. 


NO NECESITAMOS A DIOS PARA JUSTIFICAR EL MUNDO,
dice Fulgen.

“¡Parece que se acaba el mundo! ¡Dios mío!.. Es mentira: el mundo se acabará cuando el sol colapse, no cuando un ente abstracto creado por la mente humana para protegerse de manera razonada contra miedos irracionales quiera.” Este raciocinio extremo me provoca peleas constantes con la familia.

Dice mi oponente y, sin embargo, amigo, que “Dios, en definitiva, explica muchas cosas que aún no podemos explicar.” Esta sola sentencia anula cualquier posible argumentación a favor de un ente superior, llámese como se llame, que pueda ser el causante de este descacharrante mundo vivo. “Explica”. No, no explica. Justifica, esto es, exime de explicación alguna a toda la humanidad y fundamenta su verdad no en los hechos sino en la fe, algo que moverá montañas pero que no da respuestas concretas. Explica, esto es, da respuestas contrastadas y cotejadas… No, no explica. Hace que las mentes se dejen de inquietudes y acepten como verdad una sentencia absoluta repetida hasta la saciedad por tipos que se autoproclaman enviados de esas deidades, pero que no pueden explicar nada.

Estas personas que pretenden introducir una mano divina, una raza superior o cualquier otra cosa abstracta en la evolución de la vida en la Tierra suelen obviar que las condiciones para que surjan moléculas complejas son difíciles, pero no imposibles. Hay una probabilidad bastante alta de que existan miles de mundos habitados, con estructuras de desarrollo similares a las conocidas actualmente.
Algunos de los meteoritos caídos en nuestro planeta contienen ADN no cotejable en nuestro planeta, lo que corrobora este hecho. ¿Qué esperamos? ¿Que venga una raza de Linternas Verdes a salvarnos? ¿O que baje Dios (o Alá o Vishnú o Shiba) en un carro de fuego a castigarnos? Y, sobre todo, la pregunta del millón: ¿por qué siempre tendemos a ridiculizar al dios que conocemos y a respetar al que no conocemos? ¿Por si acaso…? Pero esto es otro debate.

Mi posición a este respecto no puede ser más inamovible: si se puede cuestionar, es porque existe una explicación y si esa explicación existe, es porque es comprensible, desarrollable, asumible por el intelecto humano. Eso excluye cualquier deidad. Son solo ganas de trascender, de no morir. De pervivir en el recuerdo. Es el miedo ancestral, desde que el homínido sin pelo toma conciencia de sí mismo, a desaparecer sin dejar rastro. Recuerdo una tira gráfica cómica del Maestro Ivá (Ramón Tosas, 1941-1993), publicado en El Papus, en el que un homo se aburría, y juntaba dos palos y una piedra, y empezaba a adorarlo. Otro se acercaba y le preguntaba que qué era eso; por señas, respondía que del cielo le había venido la orden de adorar la piedra o, si no, sería muerto de inmediato. El otro, por miedo, se postra y ora; así, durante tres o cuatro viñetas, hasta que un sexto o undécimo, no recuerdo, le dice: “¿Estás chalado? ¡Eso es una piedra! No te voy a dar mi caza para asegurarme algo que dices que ha dicho una piedra”. El otro, enfurecido, lo mata y quema y los demás, por miedo, vuelven al rezo impuesto. Pues eso es dios para mí: un invento de cuatro aprovechados que necesitan no trabajar y dedicarse a interpretar lo ininterpretable. A justificar lo injustificable. Pero nunca a explicar lo inexplicable. Así necesitamos un dios para justificarnos a nosotros mismos la realidad: somos materia muriente, y nuestra trascendencia es cero. No soportamos no ser únicos e irrepetibles.

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