LOS FUEGOS DE LAROYA.


Laroya es un municipio español de la provincia de Almería, Andalucía. En el año 2011 contaba con 184 habitantes. Su extensión superficial es de 21 km² y tiene una densidad de 6,0 hab/km² Se encuentra situada a una altitud de 860 metros y a 75 kilómetros de la capital de provincia, Almería.

Consta de un núcleo urbano más algunas viviendas diseminadas, conocidas como cortijos. Se encuentra situada en la Sierra de los Filabres, a unos 8 km de Macael, en la Comarca del Mármol.

Laroya es un pueblo muy famoso en Almería por un extraño suceso que ocurrió en 1945. En el verano de ese año se produjeron muchos incendios espontáneos (??) que causaron un revuelo en la sociedad almeriense y española. A día de hoy nadie ha podido encontrar una explicación razonable para los "Fuegos de Laroya".

A mediados del siglo pasado, unos misteriosos fuegos asolaron durante varias semanas una pequeña zona de la provincia de Almería. Combustiones espontáneas que, día y noche, atormentaron y en algunos casos chamuscaron a los vecinos de Laroya.

Todo ocurrió el día 16 de junio de 1945 sobre las cinco de la tarde. El ambiente en la población era extraño, ya que había una densa niebla, poco habitual en esas fechas, y en todas partes se respiraba una especie de olor a azufre o algo similar. La niña de catorce años María Martínez Martínez, vecina de la población, jugaba por el cortijo Pitango y, según los testimonios, pudo ver una especie de bola de color azulada “como bajar del cielo” y que prendió el mandil que llevaba puesto. El impresionante susto de la niña la hizo reaccionar y de inmediato apagó las llamas que por su cuerpo se estaban extendiendo. Los jornaleros qu trabajaban en el cortijo, alertados por los gritos de la pequeña, fueron en su ayuda. No daban crédito ante tal asombroso fenómeno.

Pero más tarde se percataron de que también a la misma hora de lo ocurrido, en la ladera contigua de la montaña, y concretamente en el cortijo Franco, comenzaron a arder de manera similar, de forma inexplicable, unos capazos y unos montones de trigo, que además estaba verde.
En ambos casos, el fuego se inició sin ninguna causa conocida. Los habitantes de Laroya estaban completamente atemorizados, pues, al no poder entender la situación, temían que volviese a producirse e incendiara a alguien más. Y así fue, al poco volvía a producirse otro extraño fuego inexplicable, y luego otro, y así muchos otros conatos que aparecían por doquier, hasta que esa misteriosa niebla “pululante” en el lugar se levantó, alrededor de las once de la noche.

Cuando todo se calmó, hubo una reunión de vecinos en la que acordaron realizar una batida por la zona, pues todo apuntaba a que algún pirómano estaba por el lugar haciendo de las suyas. Con candiles, lucernas y farolillos fueron a buscar por entre la maleza y algunos recovecos para identificar al posible causante. Pero su búsqueda resultó del todo infructuosa.
A la mañana siguiente, atemorizados, los vecinos de Laroya corrieron al retén de la Guardia Civil de Macael para advertirles de lo que estaba ocurriendo y pedirles “ayuda urgente”. De este modo, y comandados por el cabo Santos, partieron veloces cuatro guardias al galope con sus caballos por el rudo camino de los Filabres en dirección a Laroya. Según un testimonio, nada más llegar al pueblo, mientras estaban entrevistándose con un vecino, pudieron ver con sus propios ojos cómo la chaqueta de un agente, que había dejado colgada en una percha, ardía sin remedio. Igual ocurrió con una escoba, con una silla y otros utensilios que estaban por allí. Incluso vieron cómo una pobre gallina que andaba picoteando el suelo comenzaba a arder de manera espontánea. El cabo Santos les pidió paciencia aunque los vecinos le dijeron que no podían perder tiempo: “¡Se nos quema todo!”, y en ese momento, en el cortijo de Estella, con los guardias presentes como testigos, observaron todos el fuego extenderse por la techumbre de la casa, la cuadra, la despensa y hasta los embutidos que allí tenía almacenados.

Durante dos semanas hubo más de trescientos fuegos espontáneos en toda la zona. El mismo cura de la aldea pasaba mañana, tarde y noche tocando las campanas, “avisando a fuego”.

Los diarios de la época reflejaron los hechos ocurridos en la población de Laroya y, como consecuencia, curiosos de todas partes acudieron a la localidad para ver los misteriosos fuegos o para ayudar en caso de necesidad.
Tras analizar los detalles, los ingenieros que estudiaban el caso plantearon varias hipótesis. Sobre todo, se centraban en un hecho ocurrido en Almería durante el mes de noviembre de 1741, donde según las crónicas, una nube impulsada por un fuerte viento del este se desplazó hasta las montañas que coronan la capital. De repente dejó caer una lluvia de “chispas”, que prendieron fuego a muchos lugares del campo, e incluso a una escuadra inglesa, comandada por M. de Court, que estaba en el puerto de Almería.

Dicho fenómeno fue asociado al cercano volcán italiano Etna, que tras un fuerte viento depositó una especie de carga en una nube que se trasladó hasta nuestro país. Los ingenieros comprobaron que las horas de acción de tales fenómenso de 1741 coincidían con la de los fuegos de Laroya.
Esta explicación fue descartada. También se descartó la hipótesis, especialmente reseñada, de la actuación humana como productora de las combustiones espontáneas, pues había numerosos testigos y pruebas que corroborasen la espontaneidad de los fuegos.
Los científicos salieron del pueblo tal como habían venido, sin una clara causa de los fenómenos.
Y de allí a las “maldiciones“, “brujerías“, “aparecidos”, “demonios” y demás yerbas…

Los fuegos siguieron produciéndose, y los científicos enviados por el Gobierno sólo sabían hacer una cosa: echarse las manos a la cabeza. Cierto día, mientras estaban tomando datos y concentrados plenamente en sus aparatos, vieron que en el cortijo Pitango se declaraba espontáneamente un fuego que calcinó 30 kilos de harina que habían en una caldera. Muchos de los investigadores comenzaron a asustarse pues ni comprendían ni controlaban la naturaleza de los fenómenos. No tenían hipótesis científicas para esclarecer el asunto, no sabían qué ocurría y, por ello, optaron por desistir en su empeño y abandonar la investigación sin datos concluyentes.
Tras esto, el Gobierno terminó por silenciar el sorprendente hecho.

Una de las personas que vivieron estos extraños episodios declaró muchos años después:”Los científicos no explicaron nada. Todos tuvimos la sensación, y más con el tiempo, d que se nos ocultaba algo. “No era normal que nadie nos diese una explicación, la Guardia Civil ordenó callar a todo el mundo. A veces nos llegaba algún periódico, y veíamos como ya se había dejado de hablar del asunto, pero aquí lo sufrimos durante dos meses más. Aquel fuego aparecía de día, de noche… con llamas que flotaban en las habitaciones. Había mucho miedo. Estábamos aterrados, se lo juro. Yo era tan sólo una niña, pero ¡como me acuerdo del sonido de las campanas tocando “a fuego” para avisar que ya había aparecido otro, y otro! Aún recuerdo a las niñas quemadas, como María Martínez o Mari Molina, a las que se les prendió el vestido y estuvieron a punto de abrasarse vivas. Aquello era una cosa invisible. Casi todos creíamos que se venía encima el fin del mundo. Entiéndame… ¡Es que nadie nos explicaba nada!”.

Fuentes: http://es.wikipedia.org/wiki/Laroya
http://tejiendoelmundo.wordpress.com/2009/08/05/expedientes-x-el-enigma-de-los-fuegos-de-laroya/
http://es.wikipedia.org/wiki/Fuegos_de_Laroya

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