FLUYE EL GANGES, FLUYE LA VIDA.

Por Sergio Sinay.

“Ya hicieron lo que tenían que hacer en esta vida y ahora simplemente se trata de dejarlos ir”, dice Ray, el guía, con tono didáctico y sereno. Estamos en un bote él, el barquero, mi mujer (Marilen) y yo. Navegamos lentamente mientras atardece sobre el Ganges, el río sagrado que desciende de la cadena del Himalaya. Es un crepúsculo sereno y pese a que mucha, muchísima, gente desfila por las riberas del río y por las callejuelas medievales de la antigua Varanasi, hay paz y diría que también silencio, como si los sonidos se diluyeran en el aire mientras las figuras humanas se mezclan en formas y colores con un toque impresionista. Ahora estamos frente al crematorio, un espacio en donde los muertos son envueltos en mantos blancos o de colores, según el sexo o el estado civil, y son cubiertos de flores antes de depositarlos en la pila funeraria en la que pronto arderán. El hijo mayor, o su hermano si no tuviera hijos, encenderá el fuego e iniciará la despedida. Toda la familia permanecerá allí durante las tres o cuatro horas que le llevará al cuerpo convertirse en cenizas. Luego esas cenizas se echarán al río, el hijo o hermano tomará un cuenco, lo llenará con agua de esa corriente y, de espaldas a los restos de la hoguera y de frente al Ganges, arrojará hacia atrás la vasija, sin volverse. Cuando esta caiga y se rompa, se habrá cortado el lazo con el muerto. Este quedará en libertad. De eso habla Ray, de ese ritual de desapego.



Me pregunto, mientras estoy allí, en tiempo real, ante esa ceremonia tan lejana de mis hábitos y experiencias como lo está la India del lugar donde nací, si es la fe en la armonía de los procesos y los ciclos lo que hace que lo que estamos viendo (la cremación de un cuerpo) no tenga visos dramáticos. No hay llantos desgarradores, nadie se descompone, algunas vacas y cabras circulan con confianza entre las personas (la confianza de quien sabe que no será dañado). Algunos monos corren y saltan por los techos de las construcciones cercanas. El fuego junto al agua, los dos grandes elementos purificadores que las más antiguas culturas (aunque provengan de las antípodas geográficas, como hindúes e incas, egipcios y aztecas) veneran y a los que suelen entregarse con familiaridad. El muerto ha hecho lo suyo en esta vida y parte. Se le agradece el haber estado y se lo honra dejándolo ir. Ray nos dice que no hay cementerios en India, salvo algunos, muy pequeños, de colectividades extranjeras que usan enterrar a los suyos. De manera que el crematorio en la ribera del Ganges funciona las veinticuatro horas, a cielo abierto. Mientras tanto, en otros lugares de la ciudad nacen niños. También durante las veinticuatro horas, todos los días del año. Y el río fluye, con sus altas y sus bajas, todos los días del año, durante las cuatro estaciones. En ese momento recuerdo algo que leí en un libro de Andreas Moritz, un médico naturista alemán. El río no retiene, dice Moritz, y sin embargo siempre tiene. Siempre tiene porque no retiene.



Siento un cierto alivio al presenciar este rito. Cierta confianza básica y profunda en los ciclos de la vida y de la naturaleza. La sensación de que, después de todo, estamos en un hogar seguro, a buen recaudo. Cuando el bote regresa al punto de partida, en las escalinatas por las que se asciende a la ciudad vieja, siete sacerdotes empiezan a oficiar una ceremonia que se repite en cada anochecer. Nos quedamos en el bote, como tantos otros, mientras muchas más personas se acomodan en las escalinatas. Somos centenares de testigos. Los sacerdotes soplan unos bellos y enormes caracoles que suenan como trompetas celestiales. Luego queman sándalo y alcanfor en unos hermosos y grandes incensarios. Coordinadamente desparraman el humo en dirección de los cuatro puntos cardinales. “Están purificando al universo y a sus habitantes”, nos explica Ray. Ray es un bello hombre, fino y elegante, de tez blanca y modales tranquilos. A veces nos sigue, a veces nos lidera. Es bueno tenerlo cerca. Parece que estuviera allí desde siempre. La ceremonia termina, el bote se acerca a la orilla. Bajamos. La noche cae sobre el Ganges. Mañana, al amanecer, Ray nos traerá otra vez y subiremos al mismo bote, ahora para ver la salida del sol sobre el río. Y la vida seguirá repitiendo serenamente sus ciclos.

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