DESAHUCIO.


Fulgencio García.

Los pobres desgraciados abandonaban lo que fue su hogar, empujados por los gritos de la policía y las impertinencias soeces del abogado y del apoderado del banco. Todos dirigidos por ese hombre de negro. Las tres voces disonantes armonizaban en compás de poca espera, y les obligaban a salir del inmueble que, años atrás, les vendieron como oro y hoy se destapara como aire. Desde hacía meses vivían de la beneficencia pero, como casi todo, también se había agotado. Al salir del portal el bebé imploró como solo un bebé sabe hacerlo, y el abogado amenazó a la madre con la mirada. Ella le respondió: “Qué quiere, es el único que tiene algo que decir hoy”. Afuera, los vecinos aullaban contra el sistema, contra el desahucio… Pero la mirada vidriosa del apoderado del banco, hipotecas en mano, hizo que se disolviera la manifestación tan rápido como se había organizado. El hombre de negro sonreía mientras tachaba de su lista ese nombre y esa dirección. Levantó la mirada y, entre la muchedumbre, sentí cómo sus ojos se clavaban en mí…

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