CUESTIONES DE HOMBRES.

Por Sergio Sinay.

Entre las muchas cosas que un hombre no puede permitirse (hacer malos negocios, llorar por cualquier cosa, ser un perdedor, ignorar cómo funciona un auto, enfermarse con frecuencia, etc., etc., etc.) hay una que se destaca especialmente: un hombre no puede permitirse dejar insatisfecha a una mujer en la cama.
Así rezan esos mandatos que no están escritos en ningún lado, pero que se han transmitido de generación en generación a lo largo de decenios o de centurias. No sólo se trata de conquistar a cuánta mujer se ponga a tiro. Además hay que llevársela a la cama y "matarla", "reventarla", "hacerla de goma", "gastarla" o cualquier otro verbo de los que tipifican al vocabulario masculino. El rendimiento es un ingrediente sagrado en el evangelio en el cual nos enseñaron a creer a los varones. El rendimiento físico, deportivo, comercial, intelectual y, por supuesto, el sexual. ¿Qué varón que se precie -o que se aprecie- no ha tenido los legendarios "tres al hilo y sin sacarla"? No importa si puede o no puede, ni siquiera vale la pena preguntar si eso es posible. Todo varón debe contarle en algún momento de su vida -generalmente más temprano que tarde- a los demás hombres del entorno, del planeta y de la historia que él ya ha cumplido con esa cuota. A fuerza de ser relatada tantas veces por tantos varones, ya no importa la realidad de esta promesa. Cada hombre sabe, muy probablemente, que él miente y que miente para refrendarse como varón. Lo que seguramente ignora es que todos sus congéneres están mintiendo como él. Y que, como él, sienten alivio cuando son creídos y sufren en la más profunda soledad de sus almas (el único lugar en el que un hombre se permite sufrir espiritualmente) cada vez que los "tres al hilo y sin sacarla" quedan en un nuevo intento fallido.

Confesión y alivio
Coordiné durante largo tiempo grupos de hombres que se proponen trabajar en sí mismos, en la revisión de sus modelos, en la búsqueda de una manera más feliz, menos exigida y rígida de vivenciar su identidad masculina. Una y otra vez ocurre en los grupos que todos los hombres se sorprenden, y todos comparten un inmenso alivio, cuando alguno de ellos se atreve con la confesión: no es verdad, jamás pudo cumplir con la cuota.
Así hemos crecido los hombres durante generaciones (algún cambio en las nuevas camadas no es significativo ni habla de un “nuevo varón”): yendo ciegamente al frente, a cumplir mandatos sobre los cuáles no teníamos a quién preguntar y que no se nos ocurría cuestionar. Es que los mandatos traían su reaseguro: el que los cuestionaba bien podía ser un maricón. Hemos ido siempre a los frentes de batalla (la guerra, los negocios, el trabajo, las rutas, los campos deportivos, la política, la pareja) sin opción: a matar o morir. Y, en esa concepción, la cama es un frente de batalla. Y, como en los demás, también en este es "de hombres" hacerse solo, por la propia, sin mayores explicaciones. Un hombre, por el sólo hecho de haber nacido varón, tiene que saber.
Nos pidieron rendimiento sexual. Nos mandaron a que las satisficiéramos, las "matáramos", las hiciéramos "de goma", las "reventáramos", a que las "gastáramos", pero nadie nos dijo qué cosas hacen de un hombre un buen amante, un amante amoroso. Venimos con un arma entre las piernas (o una herramienta) y sólo es cuestión de usarla. Nos dijeron que esa herramienta (nosotros, en fin) siempre está lista, que siempre quiere, que siempre puede, que tiene una vida y una identidad propias. Nos enseñaron -sin decírnoslo- a dudar de nosotros mismos si es que las cosas no eran así. Y, si no, viagra y a otra cosa. Hay que rendir. Hay que ser hombre.

Analfabetismo sexual
Con estos mandamientos sexuales incorporados a nuestra identidad los varones no podíamos ser otra cosa más que objetos sexuales. Por supuesto, no de la misma manera en que las mujeres lo han sido o lo son, sino a nuestra manera. En cierto modo podría decirse que los hombres somos objetos sexuales de nosotros mismos. Somos prisioneros de los mandatos que ponen al rendimiento como una deidad. El rendimiento por sobre la calidad, así en la vida como en los negocios, en el deporte, en las relaciones humanas, y -por supuesto- en la cama. Si una mujer puede ser ingresada al récord, poco importa la calidad de la relación sexual a través de la cual eso ocurre.
¿Sobre qué se basa una buena relación sexual? ¿Qué papel tienen en ella los sentimientos? ¿De qué manera investigar en la profundidad y la extensión de las sensaciones? ¿Podemos también pedir, además de dar? ¿Podemos manifestar nuestros deseos, aún los más íntimos, sin que eso nos haga sentir vulnerables ante nuestra compañera? Tal como nos preparan para la vida, tal como nos dicen -nuestros antecesores, los otros varones, la cultura e incluso las expectativas femeninas, fundadas en un modelo complementario del nuestro- los varones no hemos podido ser, durante generaciones, otra cosa sino analfabetos sexuales.
¿Cuánto dura, para un analfabeto de este tipo, un buen encuentro sexual? ¿De qué ingredientes, además, se compone? ¿Qué importancia tienen los deseos de su compañera? Ignora las respuestas. En todo caso si algo indicaba el mandato -aunque no de una manera tan explícita- era que había que "ponerla y acabar". La palabra precoz indica que algo ocurre antes de tiempo o que se adelanta en su acontecer al momento indicado. ¿Cuál debería ser, para hombres educados en el modelo imperante, el "momento indicado" de la culminación de un acto sexual? Simplemente cumplen con lo enseñado: la ponen y acaban. ¿Hay una mujer, otra persona, el otro polo de esta relación humana junto con ellos? ¿Hay sensaciones propias que necesitan más tiempo para desarrollarse? ¿Hay sentimientos que se sofocan sin florecer? Si hay todo esto, nadie se los explicó. Los varones que lo descubrieron lo fueron haciendo por su cuenta, a fuerza de su propio dolor, de su propio fracaso, de su propio descubrimiento de sí mismos a través de vivencias no siempre fáciles ni felices.
Más que una presumida destreza, lo que muchas veces se termina por demostrar es ignorancia sexual. A menudo los hombres ignoran si realmente desean a una determinada mujer o si sólo "deben" acostarse con ella porque la situación lo indica; ignoran si realmente el estilo sexual de una mujer determinada los excita o si el excitarse es un trabajo que corre por cuenta de sí mismos; ignoran las señales de su propio cuerpo acerca de la posibilidad o la conveniencia o el deseo de mantener una relación sexual.
Lo que a menudo los hombres ignoran el pene lo sabe. El psicólogo norteamericano Herb Goldberg -veterano en la corrdinación de grupos terapéuticos masculinos- es quien primero habló de esta sabiduría del pene. E incluyó a la eyaculación precoz y la impotencia entre los síntomas de esa sabiduría. Según él, la eyaculación precoz puede interpretarse a menudo como la expresión del deseo de no mantener una relación prolongada con una mujer que el hombre percibe que no se siente auténticamente atraída por él, o que no lo ama, o que lo está "usando". O con una mujer a la que teme no poder satisfacer, o respecto de la cual se siente menos. El pene puede estar diciendo lo que el hombre ni se atreve a pensar: "Terminemos cuanto antes con esto, porque no es éste el lugar ni la persona con quién deseo estar, y tampoco es el modo en el que me quiero relacionar. Me estoy desmereciendo como persona y como hombre". Quizá es más fácil convertir toda la cuestión en un problema "médico" para dejarlo de esta manera en manos de un especialista, que asumirlo como una cuestión de mirarse a sí mismo, de internarse en las ricas, profundas y a menudo ignoradas profundidades de la propia identidad.
La impotencia puede, vista así, otra muestra de la sabiduría peneana. “Definitivamente no es este el momento, ni el modo de mantener un contacto sexual”, dice el pene. “Ya que no lo decís vos, lo digo yo. Hoy no, aquí no, así no, bajo esta presión de rendimiento no. Esperemos, busquemos otra oportunidad y hagámoslo distinto. Tengo derecho a negarme puesto que soy el que cumple la tarea. Y me niego”.
Seguramente habrá menos eyaculadores precoces, menos acomplejados de impotencia, menos consumidores voraces de pastillitas azules o de otro color y, por lo tanto, más hombres y mujeres felices cuando los modelos de identidad y de relación respondan menos a los mandatos externos y más a la manifestación del propio ser, al reconocimiento de las propias necesidades, al respeto del propio ritmo y al saludable hábito de mirar a la compañera no como una vagina sino como una persona. Una mujer. Una mujer que nos mira. Cuando, en fin, los hombres tengamos menos miedo de mirar en nuestro interior, reconocernos, autorizarnos, escucharnos. Querernos.

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